Las horas solitarias en el apagón
Vaya por delante los problemas y dificultades que tuvieron muchas personas y negocios en el histórico apagón del pasado lunes 28 de abril de 2025. Individuos atrapados en ascensores, gente sola y angustiada, hospitales recurriendo a generadores, ciudadanos retenidos en trenes, pérdidas económicas, calles sin semáforos. El suceso duró unas trece o catorce horas; tiempo suficiente para poner “patas arriba” nuestra forma de vida.
No obstante, en este escrito deseo compartir algunas reflexiones que me sobrevinieron ese día. Hubo situaciones que captaron mi atención, y tomé nota de ellas.
Empezado el apagón, caminaba por la tradicional calle de la Tenencia en Sada (A Coruña). Pasé por delante de una antigua casa; una señora en el balcón hablaba con otras personas en la calle, diciendo algo de la compra del pan y del colegio de los niños, y aclarando que no había comunicación telefónica. Esta imagen me hizo pensar en la conectividad físico-personal que suscita no tener el móvil operativo. Me agradó aquella escena pseudo costumbrista y la dinamización social momentánea suscitada por el contexto.
En paralelo, me surgía una inquietud: ¿habrá quedado atrapado alguien en el ascensor? No podía contactar con un familiar cercano, que a esa hora suele salir a pasear con el perro, así que me desplacé a A Coruña. Me cercioré de que este familiar estaba en casa. Ella misma se desplazó para comprobar que una señora mayor, amiga de la familia, estuviese bien. Otras personas sí quedaron atrapadas, siendo socorridas por vecinos, por técnicos, por la policía o los bomberos. En todo caso, en aquellas horas cada cual pensó en sus familiares cercanos, deseando y procurando que estuviesen bien. Reflexioné entonces sobre algo que es obvio, aunque a veces debe ser recordado: los lazos fuertes, sobre todo los lazos familiares, son fuente esencial de soporte y ayuda; son, en general, quienes miran en primer lugar por el bienestar de uno.
Estando en casa, alguien llamó a la puerta. Pero no a través del timbre, que no funcionaba; sino con los nudillos, al estilo antiguo. Abrí. Era una trabajadora del hogar del piso de arriba que cuida a dos personas de avanzada edad. Con una sonrisa y en las manos un bol nos pidió si podía calentar un poco de leche, porque ellas solo tienen vitrocerámica. Pasó a la cocina, y con el fuego a gas haciendo su parte charlamos agradablemente. Una hora después, una segunda trabajadora, que sustituía a la primera, bajó también y nos preguntó si podía hacer café. De nuevo una conversación plácida y tranquila con alguien a quien nunca había visto. Ambas eran de República Dominicana. La señora que vino en segundo lugar comentó que la gente confía demasiado en lo material y en lo banal y se olvida de lo realmente importante, hasta que algo sucede. Aquella tarde conocí a dos nuevas personas, y pasé un buen rato, unos minutos, socializando con ellas. Esto mismo, lo de socializar, lo estaban haciendo otros vecinos en mi edificio; incluso algunos se reunieron en alguna de las casas.
El móvil apenas respondía, la tele no se podía conectar; el ordenador tampoco y trabajar era imposible. ¿Qué hago? Cuesta creer que uno llegue a hacerse esta pregunta, pero nos remonta a la dependencia multidimensional y psíquica que tenemos de la tecnología. Cogí un libro de la biblioteca de casa. Su título, Las horas solitarias. Su autor, Pío Baroja (1918). El contenido, una colección de reflexiones, apuntes filosóficos, recuerdos personales y críticas sociales. Leí uno de los fragmentos. Luego leí otro. Me atrajo el modo en que estaba escrito, aunque discrepaba en alguna de sus reflexiones. No había móvil. Y seguí leyendo. Pasé una media hora con esta obra del autor de La busca y El árbol de la ciencia. A posteriori, el resultado, mi satisfacción por haber aprovechado el tiempo de modo productivo. Hoy tomo prestado el título de aquel libro, Las horas solitarias, porque, así como Baroja reflexionaba sobre lo cotidiano, yo lo hago sobre lo que fue cotidiano durante el día del apagón.
Bajé a la calle. Era un hervidero de gente. Había buen ambiente. Muchos niños estaban jugando. Pasé al lado de una terraza en una céntrica plaza de A Coruña. Me fijé en un grupo de chicas y chicos. Detrás de ellos, el local se veía en penumbra, pero con movimiento en el interior. Este grupo estaba relajado, bebiendo cañas y refrescos; no tenían prisa. Pero, sobre todo, me llamó la atención la forma en que interactuaban visualmente entre ellos, con una mezcla de sosiego y autenticidad, sin que un móvil en la mano interrumpiera cada palabra de quienes estaban reunidos.
La noche ya casi había caído. Escuchaba la radio a pilas y conversaba con mi familia, iluminados apenas por una linterna y unas pocas velas que tenía en casa. En la radio, unos comentaristas parece que hacen un chiste, pero no es un chiste, en todo caso es una broma sobrevenida por algo que ellos experimentan con satisfacción. Estaban comiendo unas patatas fritas. Retransmitieron incluso la apertura de la bolsa y el crujido de la patata. Comentaron que llevaban horas de retransmisión, que las máquinas expendedoras no funcionaban y que parecía un lujo tener aquel producto en sus manos. Pensé entonces. En situaciones de “caos” sobrevenido, la popular “pirámide de Maslow” recobra su vigencia. Si nos centramos en el primer escalón, las personas buscan cubrir sus necesidades básicas: comer, beber, mantenerse con vida. En los siguientes niveles, aparece la necesidad de seguridad y la de vínculos afectivos, sentirse acompañado. El apagón del 28 de abril dejó al descubierto lo que sigue siendo esencial: la compañía, un poco de luz, una bolsa de patatas para comer.
Este apagón cortó la electricidad; pero también encendió, por unas horas, la vida que habíamos dejado en segundo plano. @mundiario


