LAS COSAS COMO SON

¿Horas decisivas en Venezuela?

El despliegue naval y las señales de Washington apuntan a un pulso estratégico que combina lucha antidroga, tensiones geopolíticas y el incierto horizonte político venezolano.

Ilustración de la situación en el Caribe. / Mundiario
Ilustración de la situación en el Caribe. / Mundiario

La declaración del jefe del Pentágono, Pete Hegseth, anunciando una operación militar a gran escala “contra el narcoterrorismo” en América Latina, marca un giro que pocos gobiernos de la región estaban dispuestos a imaginar hace apenas unas semanas. El anuncio llegó tras el vigésimo ataque contra una narcolancha, un episodio que dejó cuatro muertos y que Washington ha convertido en símbolo de su nueva narrativa de urgencia. Mientras tanto, el silencio de la cúpula chavista sugiere más desconcierto que estrategia, justo cuando la tensión regional vuelve a niveles que recuerdan otras épocas.

El despliegue estadounidense es, objetivamente, extraordinario. El USS Gerald Ford, el portaaviones más grande y tecnológicamente avanzado del mundo, ingresó esta semana al área de responsabilidad del Comando Sur. Con él, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, ya hay más de una docena de buques en la zona: ocho buques de guerra, tres anfibios y un submarino de propulsión nuclear. El dispositivo, presentado como una ofensiva renovada contra el narcotráfico, ha desatado alarma en varias cancillerías y alimenta hipótesis más ambiciosas —y más arriesgadas— sobre el verdadero alcance del movimiento. El mero anuncio de la nueva operación militar estadounidense contra la droga dispara la tensión en el Caribe, al tiempo que el Pentágono difunde las primeras imágenes del portaaviones Gerald Ford, el más moderno del mundo, que ya opera en la zona.

Los indicios no ayudan a rebajar la tensión. Tanto The Miami Herald como The Wall Street Journal han informado de que la administración estadounidense ha identificado instalaciones militares venezolanas, supuestamente vinculadas a redes de narcotráfico, como posibles objetivos de bombardeo. The New York Times añade que Donald Trump sopesa opciones más amplias, entre ellas atacar unidades de élite de la Guardia venezolana, tomar campos petroleros e incluso forzar la salida de Nicolás Maduro. El Gobierno estadounidense no ha pedido autorización formal al Congreso para declarar la guerra, lo que refuerza la impresión de que se exploran vías legales alternativas, amparadas en las legislaciones antidroga, para justificar una acción más intrusiva.

El razonamiento de los asesores del presidente se apoya en una premisa conocida: que Maduro y su círculo íntimo serían nodos esenciales en un entramado transnacional de narcóticos. Este relato, que combina crimen organizado y erosión democrática, sirve para legitimar medidas excepcionales, pero también para diluir un debate que debería ser más transparente: cuáles son los límites de la acción exterior estadounidense y qué consecuencias tendría una operación directa en un país que, pese a su crisis, no deja de ser un Estado soberano.

Una mezcla de esperanza y temor

En Venezuela, la oposición interpreta el movimiento con una mezcla de esperanza y temor. María Corina Machado habló esta semana de “horas decisivas” para la transición, una frase que puede electrizar a parte de su base, pero que también ilustra la fragilidad de un escenario donde cualquier chispa puede desatar dinámicas incontrolables. Si algo enseña la historia reciente de la región es que los cambios promovidos desde fuera rara vez terminan como se diseñan sobre el papel.

La región, en conjunto, enfrenta un dilema incómodo. Por un lado, el creciente peso del crimen organizado y su capacidad para infiltrarse en estructuras estatales exige respuestas contundentes. Por otro, la militarización de los problemas latinoamericanos desde Washington ha demostrado en repetidas ocasiones que tiende a agravar las fracturas internas más que a resolverlas. El riesgo de que esta operación, presentada como una cruzada contra el narcotráfico, derive en una intervención abierta en Venezuela es algo que ni los gobiernos latinoamericanos ni la propia sociedad estadounidense pueden permitirse ignorar.

En este tablero complejo, lo prudente sería frenar la escalada y abrir espacios de negociación creíbles que permitan abordar, de una vez, la triple crisis venezolana: política, institucional y humanitaria. La alternativa —un choque directo entre Washington y Caracas— si algo no traerá es estabilidad. @mundiario

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