EE UU eleva la tensión en el Caribe con la Operación Lanza del Sur: silencio en el chavismo

La campaña contra el llamado narcoterrorismo inaugura una fase incierta en la relación con Venezuela, entre la presión militar y los riesgos de un conflicto regional.
El Pentágono. / Mundiario
El Pentágono. / Mundiario

La administración de Donald Trump ha decidido dar un paso más en su ofensiva contra el denominado narcoterrorismo en el Hemisferio Occidental. El anuncio del secretario de Defensa, Pete Hegseth, de la Operación Lanza del Sur  –en inglés Southern Spear– formaliza una campaña militar que, en realidad, ya venía ejecutándose desde septiembre: ataques extrajudiciales contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico en el Caribe y el Pacífico. Son ya veinte los ataques —el último, con cuatro muertos— y 80 los civiles fallecidos en estas operaciones, según cifras difundidas por el propio Pentágono. La escalada llega en un momento de máxima tensión con Venezuela, país al que Washington continúa señalando como epicentro regional del narcotráfico y donde muchos observadores sospechan que la Casa Blanca persigue un objetivo político: precipitar el fin del régimen de Nicolás Maduro. De momento hay silencio en la cúpula chavista ante esta escalada militar de Washington en Latinoamérica.

El tono de Hegseth no deja dudas sobre la narrativa elegida. En un mensaje en X, define a los narcotraficantes como “narcoterroristas” y presenta el operativo como un acto de defensa nacional. El hemisferio occidental, asegura, es “la vecindad de Estados Unidos”, y el país actuará para protegerse. Pero el propio secretario de Defensa tampoco aclara los límites de la misión, ni hasta dónde está dispuesto a llegar el Gobierno de Trump.

La coincidencia temporal añade inquietud. Tres días antes del anuncio se incorporó a la región el portaaviones Gerald Ford, el más grande y moderno del mundo, que se suma a una flotilla ya desplegada frente a las aguas territoriales venezolanas. Su llegada alimentó, dentro y fuera de Estados Unidos, especulaciones sobre un posible salto cualitativo: ataques directos sobre territorio venezolano o incluso una operación para desestabilizar al Gobierno chavista. El mero anuncio de la nueva operación militar estadounidense contra la droga dispara la tensión en el Caribe, al tiempo que el Pentágono difunde las primeras imágenes del portaaviones Gerald Ford, el más moderno del mundo, que ya opera en la zona.

En Caracas, el silencio inicial de la cúpula del régimen contrasta con las palabras que Maduro pronunció horas antes del anuncio. En una intervención callejera, el presidente venezolano denunció que las autoridades estadounidenses “persiguen” a migrantes de su país mientras amenazan con una invasión, pero envió un mensaje conciliador: “unámonos por la paz del continente”. Reclamó a Trump “no más guerras eternas” y repitió en inglés: “yes, peace”. Al mismo tiempo, decretó la máxima alerta en las Fuerzas Armadas, consciente de que cualquier error de cálculo podría desnudar las debilidades de su aparato militar.

La antesala de un cambio inminente

Desde el otro extremo político, la líder opositora María Corina Machado interpretó este clima como la antesala de un cambio inminente. Habló de “horas decisivas” y de un país “en el umbral de su libertad”, convencida de que la caída del chavismo sería pacífica y que la sociedad venezolana no se movilizaría para defender a Maduro. Su mensaje, repetido y amplificado por seguidores en el exterior, se instaló como contrapeso al discurso oficialista, aunque algunos analistas advierten de que subestimar la capacidad de resistencia del chavismo —incluida la posibilidad de una guerra irregular— sería un error.

El riesgo de una intervención estadounidense más profunda es evidente. Venezuela carece de capacidad militar para enfrentar a la primera potencia del mundo, pero el chavismo podría replegarse y organizar focos guerrilleros que prolongaran el caos y multiplicaran las víctimas. Aun así, muchos en la oposición creen que la caída de Maduro sería rápida y que las Fuerzas Armadas podrían fracturarse llegado el momento decisivo.

En la Casa Blanca, mientras tanto, persiste la ambivalencia. Trump ha recibido varias opciones: desde ataques aéreos selectivos hasta acciones destinadas a neutralizar a los principales dirigentes chavistas. Los informes de inteligencia, según medios estadounidenses, subrayan los riesgos de un escenario sangriento y la incertidumbre sobre la eficacia de una acción militar para lograr el objetivo político no declarado: un cambio de régimen. Por ahora, el presidente se limita a calibrar costes y beneficios, consciente de que cualquier movimiento podría encender un conflicto de consecuencias imprevisibles en la región.

La Operación Lanza del Sur sitúa a América Latina en una posición incómoda: atrapada entre una estrategia estadounidense que mezcla la lucha contra el narcotráfico con la presión geopolítica y un régimen venezolano cada vez más aislado, pero aún capaz de generar turbulencias. En ese equilibrio, frágil y volátil, se determinará si la región se encamina hacia una salida negociada o hacia una nueva espiral de confrontación. @mundiario

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