La hegemonía del dólar bajo amenaza: un déjà vu con Trump como catalizador
La rebaja de la calificación crediticia de Estados Unidos por parte de Moody’s no es solo un golpe al orgullo nacional o a la narrativa de prosperidad de Donald Trump. Es, sobre todo, una señal de alerta sobre la estabilidad del sistema monetario internacional que, desde hace más de medio siglo, ha girado en torno al dólar como moneda de reserva global. Si algo enseña la historia, es que estos episodios de incertidumbre —como los de 1971, 1979, 1985 o 2008— siempre reavivan los debates sobre el fin de la hegemonía del dólar. Y, como entonces, el centro de gravedad de esa discusión vuelve a situarse en Alemania y en Europa.
Moody’s ha puesto cifras y argumentos al deterioro fiscal norteamericano: déficits crónicos, deuda creciente, costes financieros disparados y falta de consenso político para revertir la deriva. La rebaja de la nota de AAA a AA1 es simbólica pero también sistémica. No es solo un ajuste técnico. Es un aviso de que incluso el emisor de la moneda más confiable del planeta no está exento de castigo si abusa de su privilegio. Y Trump, con su giro proteccionista y su retórica agresiva, ha acelerado esa percepción de riesgo. El Día de la Liberación de Trump y los aranceles generalizados a prácticamente todo el mundo, incluidas las principales economías exportadoras, ha sacudido la confianza de los mercados. Lo que parecía impensable –que los vigilantes del mercado de deuda (los famosos bond vigilantes) penalizaran a Estados Unidos– ya ha ocurrido.
El aumento del rendimiento de los bonos del Tesoro a diez años en apenas dos días es una advertencia severa. Cuando el activo más seguro del planeta empieza a ser cuestionado, todo el edificio financiero global tiembla. Porque el sistema monetario actual es fiduciario, basado no en oro ni en bienes tangibles, sino en la confianza. Y si esa confianza se erosiona, no hay red que valga.
Pero, como recuerda el economista Miguel Otero Iglesias, este no es un momento totalmente nuevo. Es un eco del pasado. Desde que Nixon cerró la ventana del oro en 1971 y rompió el sistema de Bretton Woods, Estados Unidos ha explotado su posición como emisor del dólar para evitar los ajustes que sí sufren otras economías. Ha intercambiado deuda por bienes reales, ha vivido por encima de sus posibilidades y, cuando la presión aumentaba, trasladaba parte del ajuste a sus socios. En los 70 presionó a Alemania; en los 80, a Japón. Y así sucesivamente.
Análisis interesante de Miguel Otero Iglesias
El poder monetario, tal como lo define Otero Iglesias, es la capacidad de evitar los costes del desequilibrio externo. Estados Unidos ha demostrado durante décadas ese poder. Pero ese poder tiene límites. En 1978, los acreedores internacionales exigieron a Washington que emitiera deuda en francos suizos y marcos alemanes. Aquellos Bonos Carter fueron la prueba de que el sistema podía tambalearse. Hoy no estamos en aquel punto, pero el camino iniciado por Trump podría llevarnos, de nuevo, a ese borde.
El paralelismo entre Trump y Nixon no es solo retórico. Ambos impusieron aranceles del 10% en medio de grandes desequilibrios comerciales. Ambos recurrieron a medidas proteccionistas para enfrentar déficits estructurales. Y ambos provocaron episodios de fuerte inestabilidad internacional. El primero acabó mal, en 1974.
La cuestión de fondo no es si el dólar va a dejar de ser la moneda hegemónica mañana, sino si el orden monetario global puede seguir descansando sobre una economía que abusa de su privilegio y ya no garantiza estabilidad ni responsabilidad fiscal. Y aquí entra Europa. Y, más específicamente, Alemania.
La economía más fuerte de la UE se encuentra en un punto de inflexión. Por razones internas y externas, está replanteando su modelo. La reciente reforma constitucional que permite un mayor endeudamiento para financiar el rearme y la transición tecnológica marca un cambio de paradigma. El nuevo gobierno de gran coalición CDU-SPD ha asumido el lenguaje de la “soberanía estratégica” y ya no oculta su voluntad de una mayor independencia respecto a Estados Unidos.
Esto puede parecer un giro técnico, incluso burocrático. Pero en términos geoeconómicos, es una auténtica revolución. Alemania, tradicionalmente reticente a cualquier forma de mutualización fiscal o militar, empieza a aceptar que solo una Europa más unida y con más músculo puede sobrevivir en un mundo dominado por la rivalidad entre Washington y Pekín.
800.000 millones anuales para alcanzar la soberanía estratégica
¿La clave? Emitir deuda común. Convertir al euro no solo en una moneda de uso regional, sino en un activo de reserva atractivo a escala global. Aprovechar la crisis de confianza del dólar para ofrecer una alternativa creíble. Como plantea Mario Draghi en su informe sobre competitividad, Europa necesita unos 800.000 millones de euros anuales para alcanzar su soberanía estratégica. Una emisión conjunta equivalente al 15% del PIB europeo durante cinco años sería un golpe de efecto. Haría al euro más robusto, más creíble, más geopolítico.
Pero la pregunta sigue siendo: ¿se atreverá Berlín? Hasta ahora, Alemania ha actuado siempre con gran cautela. Dio luz verde al euro a regañadientes. Aceptó los eurobonos tras la covid-19 solo por la magnitud del desastre. Y aún hoy, figuras como Friedrich Merz ven con escepticismo cualquier intento de definir un presupuesto europeo sin controles estrictos. Pero la historia reciente demuestra que, cuando la presión externa se vuelve insoportable, Alemania cambia.
Lo hizo tras el Acuerdo Plaza en 1985. Lo hizo durante la crisis del euro en 2012. Lo hizo con Merkel en 2020. Y puede volver a hacerlo ahora. Porque la alternativa es demasiado peligrosa: quedarse en medio de una tormenta monetaria entre un Estados Unidos imprevisible y una China cada vez más autónoma y ambiciosa.
Europa, y especialmente Alemania, tienen una oportunidad única. No para reemplazar al dólar, pero sí para crear un sistema más equilibrado, más seguro y más justo. Uno en el que el euro no sea solo un escudo frente al poder americano, sino un instrumento de soberanía real.
La hegemonía del dólar, como escribió Susan Strange, siempre ha estado en entredicho. Pero no es eterna. Y si Europa se atreve a dar el paso, puede estar más cerca de lo que muchos creen. Veremos. @mundiario



