La guerra en la sombra: partisanos ucranianos llevan el conflicto al corazón de Rusia
La guerra en Ucrania se libra a diario en las trincheras, en los cielos con drones y misiles, y en los titulares de la prensa internacional. Sin embargo, existe un frente menos conocido, invisible para muchos, que transcurre dentro de las fronteras de Rusia y en los territorios ocupados: la guerra de los partisanos ucranianos. Se trata de una red descentralizada de saboteadores, espías y operativos encubiertos que, inspirados en la resistencia histórica contra invasores, han llevado la confrontación hasta los mismos nervios logísticos del aparato militar ruso.
Desde 2022 y con mayor intensidad en 2024 y 2025, organizaciones como ATESH —un movimiento clandestino de origen crimeo— han protagonizado operaciones de sabotaje en múltiples regiones rusas. Su objetivo es claro: interrumpir las cadenas de suministro que alimentan el frente de batalla. Kiev rara vez se atribuye oficialmente estas acciones, pero celebra públicamente sus resultados como una forma legítima de autodefensa.
LOS RIELES COMO CAMPO DE BATALLA
Si algo ha demostrado esta guerra irregular es que los ferrocarriles rusos, columna vertebral de la logística militar, son un blanco vulnerable. En septiembre de 2025, los ataques se multiplicaron de manera casi simultánea en distintas regiones:
En Yekaterinburg, a más de 2.000 kilómetros del frente, los partisanos cortaron todas las líneas ferroviarias estratégicas, afectando la capacidad de Moscú de movilizar tropas y equipos desde los Urales.
En Smolensk, explosiones en las vías interrumpieron el abastecimiento a una fábrica de aviones vinculada a la industria militar.
En la región de Oryol, un ataque con explosivos mató a dos oficiales de la Guardia Nacional e hirió a un tercero, retrasando diez trenes cargados de suministros críticos para las operaciones en Járkiv y Sumy.
En la región de Leningrado, un descarrilamiento destruyó quince tanques de combustible, con saldo de un maquinista muerto y un tráfico ferroviario severamente afectado.
Incluso en el Lejano Oriente ruso, en lugares como Vladivostok o Yuzhno-Sakhalinsk, se registraron explosiones y descarrilamientos atribuidos a sabotajes ucranianos. La amplitud geográfica de estos golpes revela la existencia de células dispersas y autónomas que actúan a miles de kilómetros unas de otras.
OBJETIVOS MILITARES EN EL INTERIOR RUSO
La guerra de los partisanos no se limita a los rieles. En septiembre, ATESH reivindicó un ataque contra una fábrica de sistemas antiaéreos, mientras que en agosto un saboteador logró dañar un helicóptero de ataque Mi-28 en la base de Torzhok, un centro de entrenamiento del Ejército ruso ubicado a cientos de kilómetros de la frontera.
El Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU), por su parte, ha extendido sus operaciones a objetivos de alto perfil: ataques con drones en bases aéreas profundas, explosiones en puentes estratégicos e incluso intentos de atentados simbólicos, como el realizado contra el Kremlin en mayo de 2024.
EN LAS ZONAS OCUPADAS: INTELIGENCIA Y EJECUCIONES SELECTIVAS
En los territorios bajo ocupación rusa, como Jersón, Zaporiyia y Crimea, la guerra irregular se intensifica. Allí, los partisanos combinan labores de inteligencia con asesinatos selectivos. El 30 de agosto de 2025, un sabotaje en Zaporiyia mató a 18 oficiales del 35º Ejército Combinado ruso.
Los partisanos conocen bien el terreno: se infiltran en la vida cotidiana, colaboran con las comunidades locales y esperan el momento oportuno para atacar. En muchos casos, su trabajo alimenta la labor de los drones o de las fuerzas regulares ucranianas, que luego ejecutan operaciones más visibles.
RUSIA CONTRAATACA
Moscú responde a este frente clandestino con una combinación de represión, contrainsurgencia y propaganda. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) ha liderado numerosas operaciones: en Bryansk capturó a una unidad de sabotaje ucraniana, cuyos integrantes fueron condenados a penas de hasta 28 años de prisión. En Astracán, Tula o Smolensk, múltiples arrestos por presunto espionaje y sabotaje revelan la magnitud del esfuerzo ruso por sofocar estas redes.
La respuesta también es aérea: el Ministerio de Defensa ruso asegura haber derribado centenares de drones ucranianos sobre su territorio, y en septiembre lanzó un ataque masivo con más de 600 drones y misiles contra Ucrania, en represalia por los sabotajes en Leningrado y Oryol. Según Moscú, los blancos fueron fábricas de drones y misiles, aunque en la práctica las víctimas incluyeron civiles y la infraestructura energética ucraniana.
EL FRENTE MEDIÁTICO: LA GUERRA INVISIBLE
Pese a su frecuencia, los ataques partisanos rara vez ocupan titulares internacionales. Las razones son múltiples. Rusia controla férreamente la narrativa, clasificando los sabotajes como actos de “terrorismo” y presentándolos como accidentes o delitos aislados. Ucrania, por su parte, evita dar demasiados detalles para proteger sus redes y mantener la ambigüedad estratégica.
Los medios internacionales, enfrentados a dificultades para verificar información en zonas como Smolensk o Crimea, priorizan otras historias con mayor impacto visual o político. Al mismo tiempo, la censura en Rusia y la represión a periodistas dificultan la cobertura independiente de estas operaciones. Así, la guerra en la sombra queda relegada al análisis de especialistas, a los reportes de inteligencia y a las publicaciones en redes sociales de los propios partisanos.
IMPACTO ESTRATÉGICO
Aunque un descarrilamiento ferroviario no genera las imágenes devastadoras de un ataque con misiles sobre una ciudad, su impacto acumulativo es profundo. Cada tren retrasado, cada depósito destruido y cada puente saboteado erosiona la capacidad logística de Rusia, una nación que depende de sus vastas líneas ferroviarias para sostener la guerra.
Analistas del Institute for the Study of War señalan que estas operaciones irregulares obligan a Moscú a destinar recursos adicionales a la defensa interior, desviando tropas, policías y sistemas antiaéreos que podrían estar en el frente. Al mismo tiempo, elevan la moral ucraniana al demostrar que incluso dentro de su territorio, Rusia no es inexpugnable.
UNA GUERRA PROLONGADA Y SIN FRONTERAS CLARAS
Tres años después del inicio de la invasión a gran escala, la guerra ya no se define solo por las líneas del frente en Donetsk o Járkiv. Se extiende en múltiples capas: desde los drones que sobrevuelan Moscú hasta los partisanos que incendian gabinetes de control ferroviario en los Urales.
Esta “guerra en la sombra” puede no atraer la atención de las portadas, pero contribuye a desgastar a Rusia de manera silenciosa y constante. Para Moscú, representa un recordatorio incómodo de que la guerra está presente incluso en su propio territorio. Para Kiev, es una herramienta asimétrica que equilibra la balanza frente a un adversario más grande.
En un conflicto que no muestra señales de desescalada, la actividad de los partisanos ucranianos seguirá siendo una pieza clave del tablero. Invisibles para muchos, pero determinantes en el curso de una guerra que se libra tanto en la luz de las trincheras como en la oscuridad del sabotaje clandestino. @mundiario


