Europa ante el fantasma de la estanflación: el riesgo de bajo crecimiento e inflación
La incertidumbre energética y comercial reabre temores que parecían enterrados desde los años setenta y coloca al BCE ante decisiones difíciles en un contexto global cada vez más volátil.
Durante años, la palabra estanflación parecía pertenecer a los libros de historia económica. Era un término asociado a los años setenta, a las crisis del petróleo y a un mundo menos globalizado y más dependiente de los shocks energéticos. Hoy, sin embargo, vuelve a colarse en los análisis y previsiones de instituciones europeas, alimentada por el temor a que el conflicto en Oriente Próximo se prolongue y transforme una crisis geopolítica en un problema económico de largo alcance.
El riesgo no es inmediato ni inevitable, pero sí suficientemente serio como para que Bruselas y Fráncfort hayan comenzado a contemplar escenarios que hasta hace poco parecían improbables. El peor de ellos combina inflación elevada —con tasas que podrían acercarse al 6% en los próximos años— y un crecimiento débil o casi nulo. Es la definición clásica de estanflación: precios al alza en una economía que pierde dinamismo.
La dificultad de este escenario reside en su naturaleza contraintuitiva. Habitualmente, cuando la economía se desacelera, la inflación tiende a moderarse porque cae la demanda. Pero cuando el origen del encarecimiento está fuera del sistema económico —por ejemplo, en una guerra que altera el suministro energético— esa lógica deja de funcionar. Los costes suben, las empresas trasladan esos aumentos a los precios y las familias ven reducido su poder adquisitivo, lo que termina frenando el consumo sin aliviar la presión inflacionaria.
El mayor peligro no es solo el encarecimiento de la energía, sino que ese shock se prolongue y termine frenando el crecimiento sin enfriar los precios
El actual conflicto ha puesto de nuevo en el centro el precio de la energía, el factor que más rápidamente se contagia al conjunto de la economía. El petróleo ha mostrado una gran volatilidad y cualquier señal contradictoria sobre la evolución militar o diplomática provoca reacciones inmediatas en los mercados. La incertidumbre es el ingrediente que más inquieta a los responsables económicos: no tanto la subida puntual de precios como la posibilidad de que se mantenga durante meses o incluso años.
Europa afronta esta situación con el recuerdo aún reciente de la crisis inflacionaria desatada tras la pandemia y agravada por la guerra en Ucrania. Aquella experiencia dejó una lección clara: subestimar la persistencia de un shock energético puede resultar muy costoso. Ahora, los bancos centrales y los gobiernos parecen dispuestos a actuar con mayor prudencia, aunque esa cautela no elimina los dilemas.
El Banco Central Europeo mantiene, en su escenario central, previsiones relativamente contenidas: inflación moderada y crecimiento modesto, lejos de la recesión. Pero los escenarios más adversos contemplan una inflación mucho más persistente y una economía que avanza a un ritmo insuficiente para generar prosperidad. En ese contexto, el margen de actuación del banco central se estrecha. Subir los tipos de interés para contener la inflación puede enfriar aún más la actividad económica; no hacerlo podría permitir que los precios se desboquen.
Europa encara esta crisis con más experiencia que en 2021, pero también con menos margen tras varios años de sobresaltos económicos
España no es ajena a esta incertidumbre. La evolución reciente de los precios energéticos ya se ha reflejado en el encarecimiento de los carburantes y en el aumento del coste de vida para muchas familias. A ello se suma un deterioro gradual de la confianza de los consumidores y de las expectativas de empleo en la zona euro, indicadores que suelen anticipar una desaceleración económica si la tendencia se prolonga.
Sin embargo, conviene evitar alarmismos prematuros. La historia muestra que no todos los shocks energéticos desembocan en estanflación. Para que ese fenómeno se consolide es necesario que la inflación se perpetúe y que los agentes económicos —empresas y trabajadores— comiencen a reaccionar en cadena, elevando salarios y precios en una espiral difícil de detener. Esa dinámica no es automática y depende, en gran medida, de la duración del conflicto y de la capacidad de las economías para adaptarse.
La gran incógnita es precisamente esa: el tiempo. Cuanto más se prolongue la tensión en Oriente Próximo, mayor será la probabilidad de que los precios energéticos se mantengan elevados y terminen afectando al crecimiento global. Además, el contexto internacional añade nuevos elementos de presión, como las tensiones comerciales y las restricciones en rutas estratégicas para el transporte de energía, que aumentan la fragilidad del sistema.
Europa encara esta posible tormenta con una ventaja respecto a los años setenta: economías más diversificadas, mercados energéticos más complejos y políticas monetarias mejor coordinadas. Pero también con un inconveniente evidente: llega a este nuevo desafío tras una sucesión de crisis —financiera, sanitaria, energética— que han reducido el margen de maniobra de gobiernos y bancos centrales.
Quizá el mayor aprendizaje de esta nueva etapa sea que la estabilidad económica ya no puede darse por sentada. El mundo atraviesa un periodo en el que la geopolítica vuelve a marcar el ritmo de la economía. Y en ese tablero, la estanflación no es todavía una realidad, pero sí una amenaza plausible que obliga a pensar en el peor escenario mientras se espera, con prudencia, que todo quede en un susto pasajero. Donald Trump tiene la palabra. @mundiario