Europa aguarda el liderazgo de Alemania como agua de mayo
En 1726, el diccionario decía que "esperar como el agua de Mayo" aludía "à los labradóres, que deséan con ànsia la lluvia del mes de Mayo por ser mui util à los panes". Ahora, en Europa puede decirse que mucha gente aguarda el nuevo liderazgo de Alemania como agua de mayo, en la medida en que esa célebre expresión pondera algo beneficioso en medio de un panorama político asomado a una encrucijada realmente histórica. De entrada, dos buenas noticias: la primera, que la CDU no gobernará con la extrema derecha, y la segunda, que hay muchas probabilidades de que Friedrich Merz asuma el liderazgo que se le reclama, desde Alemania y también desde el resto de la Unión Europea.
Con una participación electoral que alcanza el 84% –la más alta desde la reunificación– y una configuración de resultados que sitúa a la CDU en el 28,6% y a la AfD en un inquietante 20,8%, la política alemana se encuentra en un momento crucial. Frente a la creciente influencia de la extrema derecha, la decisión de los democristianos de descartar una coalición con fuerzas extremistas no es solo una estrategia política, sino un pilar fundamental para la defensa y el fortalecimiento de la democracia.
La participación récord en las urnas es, en sí misma, un testimonio del deseo popular de estabilidad, transparencia y liderazgo claro en tiempos convulsos. Los ciudadanos alemanes, conscientes de los desafíos internos y de un contexto global marcado por tensiones geopolíticas y crisis económicas, han mostrado con su voto que la búsqueda de un gobierno sólido y confiable es prioritaria. En este escenario, la decisión de los democristianos de aislarse de alianzas que involucren a la extrema derecha responde a una sensibilidad democrática: la necesidad de evitar la normalización de discursos extremistas que pueden minar las bases del sistema político.
El salto significativo de la AfD, casi duplicando su porcentaje respecto a comicios anteriores, es un indicador alarmante de que las propuestas populistas y nacionalistas están encontrando eco en sectores de la sociedad. Aunque algunos argumentan que el ascenso de la extrema derecha responde a legítimas inquietudes ciudadanas –como el temor ante amenazas externas o la percepción de un Estado ineficaz–resulta fundamental recordar que tales posturas suelen ser la antesala de políticas excluyentes y regresivas. Pero en la AfD no todo son fortalezas. El mapa electoral evidencia la división persistente entre la antigua Alemania del Este y la del Oeste, de modo que mientras Alternativa por Alemania domina en el Este (con AfD superando el 35% en varias regiones), los democristianos se imponen en el resto del país, destacando en Baviera donde la CSU alcanza el 37%, mientras la CDU alcanza alrededor del 30% en estados del Oeste.
La CDU, con la democracia
Al vincularse políticamente con estos grupos, la CDU correría el riesgo de legitimizar discursos que, bajo el manto del nacionalismo exacerbado, han demostrado en múltiples ocasiones socavar los valores fundamentales de pluralismo, tolerancia y respeto a la diversidad. La historia europea, y en particular la alemana, ofrece lecciones amargas sobre cómo la cercanía a ideologías extremistas puede derivar en un debilitamiento de la cohesión social y el desencanto ciudadano.
El nuevo horizonte político se perfila con la figura de Friedrich Merz, candidato a canciller y líder de la CDU, quien trae consigo tanto una larga trayectoria política como una marcada intención de diferenciarse del legado de Angela Merkel. La transformación que se vislumbra en la política interna, impulsada por Merz, incluye propuestas como el endurecimiento de los controles fronterizos, medidas que han sido criticadas incluso por miembros de la misma tradición democristiana.
El rechazo a una coalición con la extrema derecha no es simplemente una estrategia de exclusión política; es, sobre todo, una declaración de principios. La democracia se construye sobre la base del diálogo, el respeto mutuo y la pluralidad de ideas. Permitir la entrada de fuerzas que promueven discursos polarizadores y que, en ocasiones, se alimentan del miedo y la desinformación, equivale a abrir la puerta a prácticas autoritarias que han sido históricamente incompatibles con una sociedad libre y plural. El PP ya puede ir tomando nota.
En el contexto europeo, la estabilidad y la credibilidad de Alemania son esenciales para sostener el orden en la Unión Europea. Un gobierno que dependa de la cooperación entre fuerzas moderadas y comprometidas con el proyecto europeo tiene la responsabilidad de actuar como faro de estabilidad y modernidad. En contraste, la inclusión de la extrema derecha en el poder podría desencadenar una espiral de retrocesos en derechos fundamentales, en políticas de integración y en la cooperación multilateral, pilares que han permitido a Europa consolidarse como un modelo de gobernanza en el mundo contemporáneo.
Desafíos económicos y geopolíticos
Alemania enfrenta una serie de retos que van más allá de la política interna. La transformación del contexto global –marcada por la agresión de Rusia en Ucrania, las disputas comerciales con Estados Unidos y la competencia asfixiante de China– exige una estrategia clara y unida. La economía alemana, históricamente basada en la exportación y en el libre comercio, depende en gran medida de un mercado único europeo estable y cohesionado.
En este sentido, cualquier signo de aislamiento o de nacionalismo exacerbado podría desencadenar reacciones negativas en los mercados internacionales, erosionando la confianza en el modelo económico germano. Por ello, la decisión de no sumar a la extrema derecha en las negociaciones de coalición tiene también una dimensión estratégica: garantizar que el próximo gobierno, aun en medio de crisis internas, mantenga un compromiso firme con la integración europea y con las alianzas internacionales que han sido esenciales para el milagro económico alemán. Elon Musk ha perdido este 23-F.
Más allá de la polarización
El futuro de Alemania, y por extensión el de la Unión Europea, dependerá en gran medida de la capacidad de sus gobiernos para implementar reformas estructurales profundas. Estas reformas, que en muchos casos serán dolorosas, son necesarias para revitalizar un modelo económico que se ha visto erosionado por años de incertidumbre y por la falta de inversiones estratégicas en infraestructuras y tecnologías emergentes.
El desafío es doble: por un lado, se requiere una renovación interna que fortalezca las instituciones y modernice la economía; por otro, es imperativo que Alemania asuma un rol protagónico en la reconfiguración de Europa, liderando un proyecto de integración que sea capaz de enfrentar los embates de un mundo cada vez más competitivo y multipolar.
Friedrich Merz y la CDU tienen ante sí la oportunidad y la responsabilidad de marcar una diferencia en un tiempo en el que el mundo clama por líderes que, ante la tentación del nacionalismo excluyente, opten por la unión y la cooperación. Mantener a la extrema derecha al margen de la gobernabilidad no solo garantiza la continuidad de un modelo democrático robusto, sino que también envía un mensaje claro a todos aquellos que buscan socavar el orden liberal: la democracia es, y debe seguir siendo, un bien común protegido por la firmeza de sus instituciones y por la voluntad colectiva de sus ciudadanos. En definitiva, en un momento en que la primera economía europea se enfrenta a desafíos monumentales, la decisión de no acercarse a la extrema derecha se erige como un acto de defensa no solo para Alemania, sino para toda la Unión Europea. @mundiario



