La democracia es frágil, también poderosa, pero está en peligro
“Frankfurter Allgemeine Zeitung” acaba de hacer este veredicto, que nos concierne: "La democracia está en peligro". "Hace cincuenta años murió el dictador Francisco Franco. Hoy, los escándalos políticos, la pérdida de confianza y la nostalgia por Franco amenazan el legado democrático de España".
Francisco Franco murió en 1975, lo que abrió el camino a la Transición democrática y a la Constitución de 1978, considerada uno de los hitos más importantes de la historia reciente de España. Durante décadas, la democracia española se consolidó con instituciones parlamentarias, elecciones libres y el reconocimiento de derechos fundamentales.
Sin embargo, en los últimos años han surgido escándalos de corrupción, polarización política y desafección ciudadana, que han debilitado la confianza en las instituciones.
Aunque la mayoría de la sociedad española rechaza el franquismo, existen sectores minoritarios que expresan nostalgia por la “estabilidad” de aquella época. Esa nostalgia suele crecer en momentos de crisis política o económica, cuando la democracia parece frágil o incapaz de dar respuestas rápidas. El riesgo es que se utilice esa memoria para cuestionar el sistema democrático, en lugar de fortalecerlo.
La democracia no es un estado permanente, sino un sistema que necesita cuidado constante: transparencia, participación ciudadana y respeto a las instituciones. La pérdida de confianza en los partidos y el auge de discursos autoritarios son señales de alerta que recuerdan que la democracia puede retroceder, si no se defiende activamente.
¿Cómo mantener viva la confianza en la democracia cuando los problemas internos la desgastan y algunos miran hacia atrás con nostalgia por un régimen autoritario? La Transición española ofrece varias lecciones que hoy pueden servir para fortalecer la democracia frente a la desafección y la nostalgia autoritaria.
Lección del consenso político. En los años 70, partidos con ideologías muy distintas (desde conservadores hasta socialistas y comunistas) lograron acuerdos básicos para redactar la Constitución de 1978. La lección es que, en momentos de crisis, el diálogo y la búsqueda de puntos comunes son más eficaces que la confrontación permanente.
Lección de la participación ciudadana. La movilización social fue clave para exigir libertades y derechos. Hoy, recuperar la implicación ciudadana en la vida pública —más allá del voto— puede reforzar la confianza en las instituciones.
Lección de memoria histórica. La Transición se construyó sobre la idea de “mirar hacia adelante”, pero hoy sabemos que reconocer y debatir el pasado es esencial para evitar que resurjan nostalgias autoritarias. La memoria democrática debe ser activa y pedagógica.
Lección de instituciones sólidas. La creación de un sistema parlamentario, un poder judicial independiente y una prensa libre fueron pilares de la nueva democracia. Las instituciones deben blindarse contra la corrupción y la manipulación política.
Lección de pragmatismo frente a maximalismo. Los líderes de la Transición entendieron que no podían imponer todo lo que querían; cedieron en algunos puntos para lograr un marco común. Hoy, la política necesita más pragmatismo y menos discursos de “todo o nada”.
Aplicando esto al presente, hay que reforzar la educación cívica para que las nuevas generaciones comprendan el valor de la democracia. Promover transparencia y rendición de cuentas para combatir la corrupción que erosiona la confianza. Fomentar espacios de diálogo plural que reduzcan la polarización y eviten que la nostalgia por el autoritarismo gane terreno. La Transición enseña que la democracia no se hereda: se construye día a día con acuerdos, memoria y participación. La democracia no es un regalo que se recibe de una generación anterior, sino un proyecto vivo que exige compromiso constante.
¿Cómo se construye la democracia día a día? Mediante acuerdos. La capacidad de pactar entre diferentes visiones políticas es lo que evita bloqueos y asegura estabilidad. Con memoria. Recordar los errores del pasado —dictaduras, censura, represión— es esencial para no repetirlos y para valorar lo que se ha ganado. Con participación. La democracia se debilita si la ciudadanía se limita a votar cada cuatro años. La implicación en asociaciones, debates públicos y movimientos sociales mantiene el sistema dinámico y cercano a la gente.
Una democracia viva. Podemos pensar en la democracia como un jardín: si no se riega, se marchita. Los acuerdos son el agua, la memoria es la tierra fértil y la participación es la luz que permite que crezca. La democracia no es un legado inmóvil, es una obra en construcción. No se hereda: se defiende, se cuida y se renueva cada día.
Hoy, frente a la desconfianza y la nostalgia autoritaria, reafirmamos que la libertad, la justicia y la igualdad solo florecen en democracia. Nuestro compromiso debe ser claro: vigilarla, fortalecerla y transmitirla a las generaciones futuras. La democracia es frágil, pero también poderosa. Depende de nosotros que siga siendo el espacio donde todas las voces cuentan. @mundiario


