Cuando la luz se fue: una lección en la oscuridad

No hace falta convertir esta experiencia en un relato mesiánico. No todo lo que falló era malo, ni todo lo que resistió es ejemplo a seguir. Pero cabe reflexionar.
Ilustración sobre el apagón. / Mundiario
Ilustración sobre el apagón. / Mundiario

No, el apagón no fue culpa de la luz ni de la oscuridad. Tampoco fue cosa de buenos o malos. Fue, quizá, una sacudida imprevista que nos hizo mirar lo cotidiano con otros ojos. Una experiencia molesta, sí. Pero también una oportunidad para repensar algunas certezas que dábamos por sentadas.

Descubrimos, por ejemplo, que el dinero en efectivo, ese compañero cada vez más relegado al fondo del cajón, sigue siendo el más fiable cuando todo lo demás falla. Que las tarjetas, los pagos móviles y los omnipresentes Bizum no sirven de mucho si la red se viene abajo. Y que, por mucho que nos hablen de sostenibilidad, un coche eléctrico sin electricidad es solo un adorno caro.

El apagón nos recordó que los combustibles fósiles, tan vilipendiados con razón por su impacto ambiental, siguen siendo, hoy por hoy, los que mantienen en marcha hospitales, ambulancias y generadores que evitan tragedias mayores. No se trata de idealizarlos, sino de asumir que la transición energética no puede hacerse desde la ingenuidad.

Más allá de lo técnico, lo más valioso ha sido lo humano. Redescubrimos que la tecnología digital, sin energía, es poco más que chatarra cara. Que el papel sigue teniendo un lugar, incluso en tiempos de pantallas. Que podemos vivir unos días sin móviles, sin fútbol, sin series. Y que, sorprendentemente, no nos morimos por ello.

La lógica global también quedó en entredicho. Cuando Amazon y AliExpress quedaron inutilizados, fue la ferretería de barrio la que nos salvó el día. Mientras algunos grandes centros comerciales cerraban, fue la tienda de la esquina la que dio la cara. En un mundo cada vez más despersonalizado, esta experiencia nos devolvió algo de lo cercano, de lo tangible.

Las ciudades, tan eficientes en apariencia, mostraron su fragilidad. Dependientes de ascensores, transportes eléctricos y suministros en tiempo real, se volvieron incómodas, incluso hostiles. En cambio, muchos recordaron que en los pueblos aún hay leña, pozos, vecinos con nombres y gestos.

Este apagón nos ha recordado lo evidente: que somos más dependientes de lo que queremos admitir. Que la autosuficiencia –personal, comunitaria, energética– no es una fantasía ruralista, sino una necesidad estratégica. Que, en medio de tanta tecnología, seguimos necesitando a los otros. No a los seguidores virtuales, sino a la vecina que presta una linterna o un termo de caldo.

No hace falta convertir esta experiencia en un relato mesiánico. No todo lo que falló era malo, ni todo lo que resistió es ejemplo a seguir. Pero sí podemos quedarnos con algunas preguntas incómodas: ¿cómo de frágil es nuestra modernidad? ¿Cuánto margen tenemos realmente si las cosas se paran? ¿Y qué pasaría si, en vez de un apagón de horas, fueran días?

Quizá no estamos ante un apocalipsis. Pero tampoco deberíamos seguir durmiendo. @mundiario

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