Disparates permitidos

La compasión se alquila por temporadas, por lo visto

Y luego están los otros, los que no salen en plano, los que no atrapan clics ni hashtags: los que sufren, pero sin algoritmos que los amparen. Ahí reside el verdadero drama contemporáneo.
Israel bombardea edificio en Gaza. / @France24_es en X
Israel bombardea edificio en Gaza. / @France24_es en X

«De los mismos creadores de “Occidente llora por Ucrania” llega ahora “Occidente se emociona (pero solo un rato) por Palestina”. Pronto en sus pantallas: “Occidente, versión extendida, no sabe dónde queda el Sáhara Occidental, pero jura que está muy preocupado”.»

La solidaridad se ha convertido en un producto de temporada, tan predecible como las rebajas de enero o las lágrimas de la gala benéfica. Hay dolores que venden más que otros, pueblos cuya tragedia se ajusta al encuadre televisivo y causas que, según el viento geopolítico, resultan más fotogénicas. Y luego están los otros, los que no salen en plano, los que no atrapan clics ni hashtags: los que sufren, pero sin algoritmos que los amparen.

Ahí reside el verdadero drama contemporáneo: la jerarquización del sufrimiento. La humanidad que se dosifica en entregas, según la conveniencia diplomática, el miedo económico o la estética del telediario.

LOS PALESTINOS

Nada nuevo bajo el sol de Gaza. Cada cierto tiempo, la prensa descubre horrorizada que en Oriente Próximo la paz no ha llegado aún, que los niños siguen muriendo, que los hospitales siguen sin luz. Se emiten imágenes, se redactan editoriales de conciencia, los influencers sustituyen las fotos de su brunch por una bandera, y durante dos semanas —a lo sumo tres— todos se declaran indignados. Después, la actualidad se distrae: un reality nuevo, un premio de Fórmula 1, una boda real.

El pueblo palestino ha aprendido, a la fuerza, el extraño calendario del interés mediático. Cuando el horror rebasa cierto umbral, se activa la maquinaria de la compasión explosiva: columnas airadas, ruedas de prensa, promesas vacías. Pasado el frenesí, el silencio. Gaza regresa a la oscuridad, literal y figurada. Hasta el próximo bombardeo fotografiable.

La compasión se ha administrado como un ansiolítico colectivo: se toma en dosis mediáticas y efímeras, se siente alivio moral, y al día siguiente se olvida todo.

Lo curioso es que nadie parece preguntarse por qué ciertos pueblos tienen derecho a titulares y otros apenas a notas al pie. El relato mediático se comporta como un algoritmo sentimental: amplifica según rating, atenúa según conveniencia.

LOS SAHARAUIS

Comparemos con el pueblo saharaui, el eterno olvidado del desierto, refugiado en un bucle de arenas, jaimas y resoluciones incumplidas. Nadie sabe muy bien si el Sáhara Occidental es país, colonia, región o juego de mesa pendiente de revisión por la ONU. Los más instruidos recuerdan vagamente que fue una provincia española, un “asunto pendiente” que duerme en el archivo de la conciencia nacional.

Mientras tanto, generaciones enteras de saharauis han nacido y envejecido en campamentos donde el tiempo parece suspendido. Pero eso no da audiencia. Las lágrimas por el Sáhara no resultan rentables: ni muertos espectaculares, ni cámaras por satélite, ni superproducción bélica. No hay suficiente drama para las portadas ni emoción para los temas de moda.

La causa saharaui representa el inconveniente moral por excelencia: exige coherencia. Y eso, en la política y el periodismo modernos, es un rasgo incompatible con la agenda. Denunciar el genocidio en Gaza queda elegante; apoyar la autodeterminación saharaui desagrada a aliados con gas y fosfatos. La indignación tiene límites cuando hay contratos energéticos en juego.

Compasión selectiva, edición limitada

El agravio comparativo entre Palestina y el Sáhara no se mide solo por la cantidad de titulares, sino por el tono y el tiempo. Ambos pueblos viven oprimidos, dispersos, dependientes de una humanidad que los usa como bandera ocasional. Sin embargo, los palestinos al menos aparecen cada cierto ciclo noticioso. Los saharauis, ni eso. Son el epitafio burocrático del colonialismo español; el fantasma que nadie quiere invocar por miedo a reconocer la responsabilidad compartida.

De hecho, el término “pueblo saharaui” apenas sobrevive en comunicados diplomáticos, redactados con ese lenguaje hermético que convierte la tragedia en trámite. Mientras tanto, sus protagonistas siguen evaporándose en el desierto, entre campamentos cada vez más olvidados, sostenidos a base de migajas logísticas y milagros de la resistencia.

Ni siquiera su causa inspira el postureo de las causas perdidas: no verás a celebridades luciendo pañuelos saharauis, ni documentales premiados sobre la infinita espera de El Aaiún. El olvido es su condena, la indiferencia su verdugo.

El negocio de la sensibilidad

El periodismo contemporáneo, con su aire moral y pseudohumanitario, se ha especializado en distribuir emociones de alta rotación. Bastan tres fotos virales para que una guerra se convierta en tema del momento. Pero la economía de la atención es cruel: exige espectáculo, sangre, caos fotogénico.

El sufrimiento sin marketing, sin patrocinadores, no trasciende. Palestina, al menos, ofrece narrativa: David contra Goliat, mártires y resistencia. El Sáhara ni siquiera eso: no hay enemigos demoníacos fácilmente identificables, solo diplomáticos que bostezan entre resoluciones. Y sin buen relato, no hay espectáculo.

Los medios, convertidos en máquinas de emoción, han aprendido el arte de dosificar la vergüenza. Todo es cuestión de timing: un horror demasiado lejano o demasiado prolongado deja de doler. La empatía necesita novedades.

La decencia en vía de extinción

A mí, francamente, me resulta indecente. No tanto el olvido en sí, al que uno se acostumbra como al ruido de fondo de un mundo saturado, sino la impostura de las lágrimas a conveniencia. Ver a tertulianos de medio pelo lamentarse por Palestina mientras ignoran el Sáhara produce una resonancia moral insoportable.

España, que debería mantener con el pueblo saharaui un vínculo de responsabilidad histórica, se comporta como un vecino que tira la basura en casa ajena y luego organiza seminarios sobre reciclaje ético. A cada cambio de gobierno se promete reactivar el tema, y a la semana se archiva. Los noticieros informan más de la humedad ambiente que de los campamentos de Tinduf.

El agravio comparativo no es casual: responde a la lógica del poder, la conveniencia y la estética. La política necesita causas que brillen; la prensa necesita dramas que vendan; los ciudadanos, emociones que no incomoden demasiado. El Sáhara molesta. Palestina, al menos, ofrece material para un par de frases en el bar antes del café.

La tragedia como decorado

La banalización del sufrimiento ha convertido la geopolítica en espectáculo moral: se seleccionan causas, se distribuyen lágrimas, se graban declaraciones y se aplauden sanciones simbólicas. Los muertos se convierten en cifras, las víctimas en titulares, los pueblos en hashtags.

Y después, la nada. El espectáculo cambia de decorado, los actores repiten sus gestos de indignación controlada y el público, satisfecho, vuelve a casa con la conciencia en paz. Así funciona la moral digital: dos clics, una bandera en el perfil y un recuerdo fugaz del horror.

Quizá en el fondo todos preferimos no mirar. Resulta más cómodo llorar por lo que sale en pantalla que por lo que exige compromiso real. Palestina conmueve; el Sáhara incomoda. Lo primero exige emoción, lo segundo coherencia.

Lo indecente no es el doble rasero mediático, sino la forma en que lo hemos normalizado. Hemos aceptado que la compasión tiene fronteras, y que la decencia, como el petróleo, es un bien escaso y estratégicamente distribuido.

Mientras tanto, los palestinos siguen sobreviviendo a las bombas y los saharauis al desierto. Dos pueblos, dos escenarios del mismo drama: el del abandono, la impunidad y el silencio global.

El periodismo dirá que no puede cubrirlo todo; que no hay espacio, que no hay presupuesto.

Pero lo que realmente no hay es voluntad. Porque en la era de la hiperinformación, el olvido es siempre una elección. Y elegir olvidar a un pueblo entero —sea en Gaza o en Dajla— constituye el acto de indecencia más grande del siglo. @mundiario


 

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