A cincuenta años de la batalla de Saigón
El amanecer del fin... En las primeras horas del 30 de abril de 1975, la ciudad de Saigón despertó con el corazón en la garganta. Ya no era capital de un Estado, sino una ciudad sitiada, paralizada entre el pasado y lo inevitable. Desde las afueras, una columna de tanques T-54 del Ejército Popular de Vietnam se aproximaba como una marea de acero y humo. En el aire, flotaba el olor a pólvora vieja, humedad de selva y miedo.
A bordo del tanque 390, el comandante Bùi Quang Thận contemplaba la ciudad como quien se asoma al borde de un abismo histórico. En la radio interna, dio una sola orden:
—"¡A toda velocidad! Hoy terminamos la guerra… o comenzamos otra."
Pero lo que hallaron no fue una ciudad muerta. Fue una ciudad colapsando en tiempo real. Saigón ardía. El mercado de Chợ Lớn estaba siendo saqueado. Las calles eran ríos de refugiados, soldados que quemaban sus uniformes para no ser identificados, madres que arrastraban a sus hijos entre explosiones. En la intersección de Lý Thái Tổ y Nguyễn Văn Cừ, un batallón de marines survietnamitas disparaba a todo lo que se moviera. La metralla alcanzó a una ambulancia que intentaba cruzar con una bandera blanca: murieron tres enfermeras y un niño de cinco años. Nadie recogió los cuerpos.
LA ÚLTIMA BATALLA, SIN GLORIA
En el Palacio de la Independencia, el general Nguyễn Văn Toàn ya no daba órdenes: ofrecía consuelo. Los corredores del búnker se convirtieron en refugio para sus propios hombres. El coronel Trịnh Văn Cung, uno de los últimos oficiales en rendirse, lo describió años después:
—"La orden no fue resistir, fue resistir con humanidad. Pero eso en guerra es una contradicción."
A medida que los tanques entraban al centro, unidades del Viet Cong ya se habían infiltrado a pie. Se libraron combates esporádicos en calles cercanas al río Saigón. En la sede de la Policía Nacional, más de 60 funcionarios fueron ejecutados sumariamente. Algunos intentaron rendirse con pañuelos blancos; les dispararon de todos modos. La caída de la ciudad no fue limpia ni ordenada. Fue brutal y confusa.
EL CIELO ROTO
En la embajada estadounidense, la desesperación tenía forma de hélice. La "Operación Frequent Wind" alcanzó su clímax entre las 9:00 y las 12:00 del día. Helicópteros sobrevolaban el techo del edificio como abejas furiosas, mientras miles de personas trataban de escalar muros, romper puertas, suplicar en inglés rudimentario una plaza en el aire.
Una joven traductora vietnamita, Lê Mai Hương, logró subir a la azotea con su hija de tres años. No pudo subir al helicóptero. Cuando los soldados intentaron reducirla, lanzó a su hija a los brazos de un marine. La niña fue evacuada. Ella no. Cincuenta años después, su nieta, nacida en Houston, aún conserva el pañuelo ensangrentado de aquel día.
En la calle Thống Nhất, un tanque del Viet Cong disparó contra un edificio que se creía desocupado. El impacto provocó un derrumbe parcial. Una familia entera quedó sepultada entre escombros. Solo un niño sobrevivió. Caminó hasta el palacio con la cara cubierta de polvo y sangre. Un fotógrafo japonés captó la imagen. Hoy es una de las postales silenciosas de la caída de Saigón.
LA RENDICIÓN DE LOS QUE NO HUYERON
A las 11:45 a.m., el tanque 390 rompió las verjas del Palacio de la Independencia. La ciudad enmudeció. Del vehículo descendieron los soldados norvietnamitas, con armas listas pero sin disparar. Encontraron al presidente interino Dương Văn Minh de pie, rodeado por treinta consejeros que no habían huido. Vestía uniforme blanco, casi simbólico, y esperó sin agachar la cabeza.
—"La revolución está aquí. Ustedes están aquí."
—"Los hemos estado esperando para entregar el gobierno."
La respuesta del coronel Bùi Tín fue tan helada como definitiva:
—"Su poder ha colapsado. Usted no puede entregar lo que ya no tiene."
Minh no insistió. A las 15:30 horas, pronunció las palabras que sellaron la historia:
—"Yo declaro que el gobierno de Saigón está completamente disuelto en todos sus niveles."
EPILOGO ENTRE RUINAS
Para muchos soldados del Norte, el triunfo fue agridulce. El comandante Bùi Quang Thận no celebró. Dijo años después:
—"La ciudad era nuestra, pero ya no era nada. Solo humo, cadáveres y fantasmas."
El general Toàn, refugiado en Francia, reflexionó con amargura:
—"No pude salvar mi país, pero no quise escapar. Me quedé. Alguien debía mirar a los ojos de quienes venían a tomarlo todo."
EL PRECIO DE LA VICTORIA
La Guerra de Vietnam dejó cicatrices que aún supuran. Casi 4 millones de vietnamitas muertos, entre civiles y combatientes. Más de 58,000 soldados estadounidenses. Decenas de miles de mutilados. Millones de desplazados. Suelo envenenado por napalm y agente naranja. Campos arrasados, aldeas quemadas, familias partidas por la mitad.
Y, sin embargo, de esa destrucción surgió otro país. Uno que, medio siglo después, ha convertido a su antiguo enemigo en aliado. Vietnam y Estados Unidos establecieron relaciones diplomáticas en 1995. Hoy, 30 años después, se consideran socios estratégicos integrales. El dragón y el águila vuelan juntos, preocupados ahora por el ascenso de otro gigante: China.
SAIGÓN NO CAYÓ, SE TRANSFORMÓ
Hoy, la Ciudad Ho Chi Minh es una metrópolis vibrante, moderna, plagada de contradicciones y recuerdos. Las generaciones que no vivieron la guerra caminan sobre sus ruinas invisibles. Saigón no murió, se reconfiguró en la memoria de quienes la amaron, la perdieron o simplemente sobrevivieron. En sus calles aún se escucha el eco de aquel día: gritos, disparos, promesas rotas.
UNA TRAGEDIA HUMANA COMPARTIDA
La caída de Saigón no fue una victoria ni una derrota. Fue una rendición mutua a lo inevitable: que ninguna causa, por noble o poderosa que parezca, puede justificar tanto dolor. El tigre no resistió. El dragón no rugió. Ambos, simplemente, se miraron en el espejo de la historia y bajaron las armas.
Y en ese gesto —tardío, necesario— comenzó otra historia. @mundiario

