Cerdán, Ábalos y Koldo: una trama que no pudo ser obra de tres hombres solos
Por mucho que Pedro Sánchez pidiera perdón en sede partidaria y se mostrase compungido, no hay forma de restar gravedad a la tormenta política que se ha desatado con las nuevas revelaciones del caso Koldo. La imagen del presidente, visiblemente afectado y pronunciando hasta ocho veces la palabra “perdón”, no alcanza para disipar las sombras que se ciernen sobre el corazón del PSOE ni para cerrar una crisis que va mucho más allá de los nombres de Santos Cerdán, José Luis Ábalos y Koldo García.
Es insostenible la idea de que tres personas, por influyentes que fueran, pudieran haber tejido durante años una red de cobro de comisiones vinculadas a contratos públicos sin la colaboración o el silencio cómplice de otros actores dentro del aparato del Estado. Cerdán y Ábalos no eran figuras periféricas. Eran, en su momento, los máximos responsables de la organización del PSOE, hombres del círculo más estrecho de confianza de Sánchez. Y Koldo, un asesor de segunda línea devenido intermediario de comisiones, no pudo haber abierto puertas ni desbloqueado adjudicaciones sin contar con funcionarios, técnicos o cargos intermedios dispuestos a mirar hacia otro lado o incluso a beneficiarse activamente de la trama.
Las grabaciones conocidas, que recogen conversaciones entre Koldo, Ábalos y Cerdán, no solo apuntan a delitos, sino que exhiben una cultura interna de favores, repartos y manejo clientelar del poder que contradice frontalmente los valores que el PSOE prometía representar cuando volvió a La Moncloa en 2018: regeneración, limpieza, institucionalidad. Todo eso se desvanece cuando se constata que la puerta giratoria entre partido y Gobierno no solo servía para construir proyectos, sino también para amañar contratos públicos.
La reacción de Sánchez ha sido, a todas luces, tardía y defensiva. Tras meses cerrando filas con sus colaboradores, el presidente irrumpe solo cuando el escándalo ya es inabarcable. Pretende así contener la hemorragia política con un mensaje de contrición y algunas promesas de auditorías internas, pero no logra responder a la cuestión esencial: ¿cómo pudo una red de este calibre operar bajo sus narices, sin que nadie en el Gobierno o el partido se diera cuenta?
Poco se sabe de quiénes pagaron
La respuesta más probable es también la más inquietante: sí lo sabían, o al menos, lo intuían. Porque para que las mordidas llegaran a destino, alguien tuvo que adjudicar contratos, firmar resoluciones, aceptar ofertas. Para que Koldo pudiera moverse con soltura entre empresarios y ministerios, tuvo que haber puertas abiertas desde dentro. Y para que las comisiones se hicieran efectivas, alguien del otro lado —proveedores, contratistas— debió pagar sabiendo que lo hacía para asegurar favores públicos.
Esto no se resume en la caída de Cerdán, quien dimitió de todos sus cargos tras saberse investigado por gestionar presuntamente más de 600.000 euros en comisiones ilegales. Ni en la imputación de Ábalos, apartado a regañadientes y protegido hasta el final. El escándalo es estructural, porque lo que está en juego es la credibilidad de una formación política que ha gestionado ministerios clave y que sigue encabezando el Gobierno de España.
Los tribunales dirán si hubo delito, pero la responsabilidad política no espera sentencia. Y políticamente, el daño es ya profundo y duradero. Si el PSOE no depura responsabilidades de verdad, si no permite que la justicia y la opinión pública lleguen al fondo del asunto, si se refugia en una narrativa victimista para blindar al presidente y a su núcleo de confianza, el desgaste será inevitable.
Pedro Sánchez, más que pedir perdón, tiene la obligación de explicarse. Tiene que señalar a todos los responsables, no solo a los que ya han caído. Y debe hacerlo rápido, antes de que la opinión pública le dé por cómplice, por omisión o por estrategia. Porque, al final, nadie cree que Cerdán, Ábalos y Koldo actuaran solos. Ni en el PSOE, ni en el Gobierno, ni en la calle. @mundiario



