Los carros de Gedeón son la inspiración de moda

Debieran ser objeto de análisis pormenorizado de males presentes y futuros que amenazan a todos, también los más selectos.
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu
Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel. / @netanyahu

El análisis de los metabolitos, sustancias desprendidas mientras se metabolizan los alimentos, es capaz de detectar múltiples afecciones. Esta vía de investigación podrá prevenir y sanar de raíz más de 30 de enfermedades, las neurológicas como el Alzheimer, y los cánceres. Tendría gran interés disponer igualmente de otras que detectaran las raíces de conductas que amargan la vida colectiva. El amplio campo, que ocupa a especialistas en Psicología Social y áreas multidisciplinares de conocimiento, la Historia entre ellas, ya tuvo a Cicerón predicando que era “maestra de la vida”. Otros artefactos narrativos, especialmente los cuentos, también lo han pretendido con sus moralejas. Y en esa voluntad abundan la novela y el cine sin que su inspiración en las noticias diarias pueda decirse que ayude categóricamente a mejorar la sociabilidad.

Los carros de Gedeón

A escala internacional, son dignos de atención, por ejemplo, los términos en que se mueve Netanyahu en Palestina. Ante todo, -como en las estrategias de todos los autoritarios para no perder poder- la invocación del belicismo de Gedeón con los madianitas -a que alude la Biblia en Jueces 8, 13-26-, puede quedarle muy bien con los más ultras de su Gobierno, pero además de olvidar los versículos siguientes -la trampa del desagradecimiento, la prostitución de su gente y la desmemoria-, es puro regreso a la ley del más fuerte y más bestia. El Código de Hammurabbi (siglo XVIII a. C.) le queda amplio. No tiene en cuenta las razones que –en buena medida por culpa del Holocausto de su gente- propiciaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948. De lo que había acontecido a sus antepasado desde el año 70 d.C. -tras la victoria del emperador Tito- pasando por los progroms en toda Europa hasta Auschwitz y Treblinka, aprendió a imitar las artes de los verdugos, pero no se le ha pegado la empatía con quienes, desde 1948, iban a sufrir su expansionismo. Ese mismo año el independentismo israelí empezó a generar un profundo desgarro en personas como el poeta Mahmud Darwix, que siempre sufrió la “presencia de una ausencia” al no poder ver la tierra donde había nacido. Si nadie detiene la anunciada vuelta de Gedeón, los desmanes de Netanyahu con los gazetíes acosados serán puro sarcasmo: la zona se turistificará al gusto de  Trump.

La cuestión palestina le sirve de pretexto al malabarista del despacho oval para imponer su potestas –que no auctoritas- sobre cuanto lo rodea. Acaba de dejar la estructura universitaria americana pendiente de sus caprichos ideológicos. La limitación de ayudas federales que ha impuesto a Harvard, y a su alumnado extranjero –en torno a un 27% de su matrícula-, pone en riesgo buena parte de la mejor investigación mundial en aspectos valiosos  de la vida humana. Equivale a decir que el afán de conocimiento es malo y las censuras ideológicas preferibles si rozan el lujoso orden ignorante en que sueña, o que las protestas de los jóvenes estudiantes por lo que sucede en Gaza, deslucen su imperialismo triunfal. El roto que causa a una de las más reconocidas universidades, cuna de premios nóbel en múltiples disciplinas, es un aviso coercitivo a las demás universidades, pero hace saber que con Trump y su gente como guardianes del árbol del bien y del mal, el paraíso liberal entrará en entredicho. La disminución del conocimiento ayudará a que reine en la Tierra un poco más de estupidez.

Violencias condicionadas

Estos asuntos, tan televisados, configuran uno de los momentos más horrorosos de la Historia, con ser el más avanzado en la peripecia humana sobre la Tierra. Podrían considerarse un síntoma de “la mediocridad de la especie humana”, opinión sólida de algunos filósofos, contrastable ante la frecuencia de indicios de contagio. En el ecosistema sociopolítico hispano proliferan imitadores del trumpismo a grande y pequeña escala. El imponente afán de combate que lucen en intervenciones broncamente altisonantes se repite tanto si preguntan en el Parlamento como si peroran del espectáculo eurovisivo. En el intenso tiempo posterior a este evento exhibieron repetitivas clonaciones un mismo patrón: la indiferencia ante las muertes por desnutrición de miles de niños. Su nulo interés por Gaza o Cisjordania ha dejado temblando cualquier atisbo de honrado aprecio por la verdad y la justicia. El modelo Trump es expansivo y esta deshumanización, añadida a genealogías autoritarias, los hace engreídos  ante los  otros seres humanos, que solo han de existir para rendirles pleitesía.  

Los imitadores del guión moral de Trump son capaces de anular narrativas distintas de las suyas; a base de repetir gestualizaciones mediáticas, y concertarlas con otros efectos de intensa repercusión en la opinión que se publica, logran a menudo naturalizar sus posiciones sobre el bien y la verdad. El orden, lo bueno y lo verdadero –y no digamos lo justo y lo injusto- pasa únicamente por sus neuronas, generando  graves problemas de entendimiento en la convivencia democrática. No vivieron los años anteriores a la Transición, pero se sienten herederos de las misiones en que andaban los “guerreros del antifaz” o el “Capitán Trueno” de los tebeos de los años cincuenta, aunque sigan los principios rectores del sufrimiento palestino o el que empiezan a padecer los más selectos estudiantes americanos. Entre sus teatralizaciones recientes destaca la del pasado miércoles. Varios senadores querían que la actual ministra de Educación les confirmara supuestas certezas que ellos tenían y, sin límites a la procacidad, parecían haber resucitado los inquisidores de  la Gobernación y de la DGS, anteriores a la CE78, en la madrileña Puerta del Sol.

Los espíritus de estos sagaces comisionados andan sueltos por coloquios, emisiones de radio, redes sociales y cartelería publicitaria, en que los prejuicios determinan toda información decente. Nunca se oirá a sus más aguerridos y aguerridas portavoces prestar atención a que los docentes hayan vuelto por enésima vez a la calle en defensa de una escuela pública bien tratada y un concepto de enseñanza que sobrepase el de una guardería. Tampoco se molestarán con la apertura de una nueva consideración judicial sobre lo acontecido en la pandemia a 7291 personas madrileñas por discriminación, y sus exabruptos y pendencias no tocan la gestión de los efectos de la dana en la Huerta Sur valenciana. Procuran, eso sí, entretener mucho con prospecciones morales de anónimas acusaciones de futuribles causas penales que ronden a sus adversarios. Su metodología siempre cuenta con un colaboracionismo multiforme y difuso, apto para colarse en ámbitos donde los ávidos de seguir en la foto frecuentan el postureo pase lo que pase. Esa prevalencia de muchos ciudadanos y ciudadanas por no perder pie es una actitud oscura que detectó Shopenhauer hacia 1860: “en la mayoría de los hombres la vanidad innata va acompañada de una necesidad de cháchara y de una falta de honradez innata”. Sus nanoviolencias resultan tóxicas. @mundiario

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