Cambios fiscales en España: ¿justicia redistributiva o parche de urgencia?

El Congreso aprueba el impuesto a la banca y el tipo mínimo del 15% para las multinacionales. Además, se acuerda extender el gravamen a las energéticas con deducciones por inversión verde, mientras se rechaza la subida al diésel.
La ministra de Hacienda María Jesús Montero.
La ministra de Hacienda María Jesús Montero.

El Gobierno de España ha dado un paso adelante al lograr que el Parlamento apruebe pequeñas reformas fiscales que prometen reconfigurar el panorama tributario del país, si bien no cabe hablar de una reforma fiscal. Como ocurre con frecuencia en la política fiscal, las intenciones chocan con la realidad. Las nuevas medidas, que abarcan desde impuestos a multinacionales y sectores estratégicos hasta gravámenes a cigarrillos electrónicos, representan un esfuerzo por equilibrar la carga tributaria y aumentar los ingresos del Estado. Pero, ¿se trata de una reforma estructural o de un parche para sortear las presiones internas y externas?

Entre las reformas más destacadas está la fijación de un gravamen mínimo del 15% en el impuesto de sociedades para multinacionales, una medida impulsada por la Unión Europea para combatir la elusión fiscal. España llega con retraso, después de haber sido apercibida por Bruselas e incluso llevada a la justicia europea. La intención declarada es clara: luchar contra la planificación fiscal agresiva y garantizar que las grandes empresas contribuyan de forma justa. Según el Gobierno, la recaudación podría alcanzar los 2.600 millones de euros anuales. Sin embargo, esta medida parece más un acto de cumplimiento obligado que una iniciativa propia del Ejecutivo. Si bien su impacto recaudatorio es positivo, su implantación tardía y su carácter reactivo plantean dudas sobre la capacidad del país para liderar en materia fiscal.

El impuesto extraordinario a la banca se prorrogará por tres años y se aplicará de forma progresiva según el tamaño de las entidades. Aunque el Gobierno asegura que la medida no ha generado impactos adversos en el sector, es evidente que responde tanto a necesidades de justicia fiscal como a compromisos políticos para mantener alianzas parlamentarias. Lo mismo ocurre con el gravamen a las grandes energéticas, cuya extensión se logró tras tensas negociaciones con los socios de izquierdas. En ambos casos, el Gobierno busca mostrar músculo frente a sectores estratégicos que han registrado beneficios históricos, pero también deja entrever una dependencia política que condiciona las reformas.

El aumento del tipo impositivo en el IRPF para las rentas más altas pretende reducir la brecha entre las rentas del capital y las del trabajo, una demanda histórica de sectores progresistas. Es un paso hacia la equidad, aunque de impacto limitado en términos de recaudación. Por otro lado, la aprobación de un impuesto a los cigarrillos electrónicos, junto con el aumento de los gravámenes al tabaco, tiene un enfoque más sanitario que recaudatorio. Finalmente, las medidas para combatir el fraude en los hidrocarburos son técnicas, pero necesarias, ya que cada año el Estado pierde cientos de millones de euros por esta vía.

Las sombras del sistema fiscal español

Si bien estas reformas parecen un avance, también evidencian las contradicciones y carencias del sistema fiscal español. El ajuste del impuesto de sociedades, tras el varapalo del Tribunal Constitucional a la reforma de Cristóbal Montoro, pone de manifiesto cómo los errores técnicos del pasado pueden comprometer ingresos esenciales para el Estado.

Asimismo, aunque el Gobierno insiste en que “quien más gana, más aporta”, la realidad es que España sigue lejos de alcanzar un modelo tributario realmente progresivo. Las grandes empresas aún disfrutan de deducciones que les permiten pagar tipos efectivos mucho menores que las pymes, y las reformas actuales, aunque bien intencionadas, no garantizan una corrección estructural de este desequilibrio.

¿Reforma estructural o parche?

Estas medidas fiscales son, sin duda, un intento de avanzar hacia un sistema más justo y de atender demandas de justicia redistributiva. Sin embargo, también son el resultado de una política fiscal reactiva, impulsada por la presión europea y las exigencias de los socios parlamentarios del Gobierno. Si bien los ingresos adicionales prometen aliviar las arcas públicas, el verdadero reto sigue siendo estructural: un sistema fiscal que garantice estabilidad, progresividad y suficiencia recaudatoria, sin depender de acuerdos puntuales ni medidas coyunturales.

La reforma fiscal en España necesita ambición y visión a largo plazo. De lo contrario, seguirá siendo, como hasta ahora, un campo de batalla político más que un instrumento para construir una sociedad más equitativa. Para hablar de reforma fiscal hay que incluir al menos IRPF, IVA, Especiales y Sociedades. @mundiario

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