Ayuso reduce la conquista de América a un cuento piadoso y borra su violencia histórica

Las palabras de Ayuso reavivan un debate histórico que sigue sin cerrarse: el papel de la conquista de América entre la violencia, la evangelización y el choque cultural. Expertos advierten que reducir este proceso a una misión civilizadora ignora siglos de conflicto, dominación y transformación social.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. / RR SS.
Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. / RR SS.

Las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, en las que afirma que “llegamos los de la cruz a civilizarles y enseñarles a respetar la vida”, se inscriben en una línea argumental que ella misma ha repetido en varias ocasiones: la idea de que la conquista de América debe entenderse como la llegada de un “nuevo orden” y de una “forma civilizada de ver la vida”, en contraste con los sacrificios rituales y prácticas violentas que atribuye a civilizaciones como la azteca o la maya. 

Según recogen diversos medios, Ayuso sostiene que los “abusos” no fueron los de los conquistadores, sino los que se cometían dentro de las propias sociedades precolombinas, y que la intervención española habría supuesto una transformación moral y cultural que, desde su perspectiva, debe ser motivo de orgullo nacional.

Este tipo de planteamiento ha generado una fuerte polémica porque toca un debate histórico y político muy sensible: cómo interpretar la conquista, qué peso dar a la violencia ejercida por los imperios europeos y cómo valorar las culturas indígenas sin caer en simplificaciones. 

Las reacciones públicas muestran que muchos especialistas y sectores sociales consideran problemático presentar la colonización como un proceso civilizador unilateral, porque esa narrativa suele omitir elementos ampliamente documentados como la explotación, la imposición religiosa, la destrucción de estructuras sociales y la mortalidad masiva derivada de la conquista. 

Otros sectores, en cambio, defienden que no se debe juzgar el pasado con criterios contemporáneos y que la llegada europea introdujo instituciones, tecnologías y marcos culturales que transformaron profundamente el continente.

La frase se interpreta en ese contexto como una reafirmación de una visión muy clásica y eurocéntrica de la historia, que presenta a los pueblos indígenas como necesitados de guía moral externa. Para muchos historiadores, esta formulación resulta problemática porque simplifica sociedades complejas, con sistemas políticos, científicos y culturales avanzados, y porque reproduce un marco conceptual que históricamente se utilizó para justificar la dominación colonial. 

Desde la perspectiva de quienes critican estas declaraciones, el riesgo es que se diluya la responsabilidad histórica de los conquistadores y se perpetúe una lectura que invisibiliza el sufrimiento y la pérdida cultural de los pueblos originarios.

Por otro lado, quienes coinciden con la visión expresada por Ayuso suelen argumentar que las prácticas rituales violentas de algunas civilizaciones mesoamericanas son un hecho histórico y que la llegada de los europeos introdujo valores que, desde su punto de vista, representaron un avance moral. 

Esta postura, sin embargo, también es objeto de debate académico, porque la comparación entre sistemas culturales distintos exige matices y porque la noción de “civilizar” implica una jerarquía cultural que muchos investigadores consideran insostenible desde un enfoque histórico riguroso.

En conjunto, la valoración pública de estas palabras se mueve entre la crítica por su simplificación histórica y su carga ideológica, y la defensa por parte de quienes consideran legítimo reivindicar una lectura positiva del legado español en América. Lo que sí es claro es que la frase reabre un debate que en España aparece de forma recurrente: cómo narrar la conquista, qué papel debe ocupar en la identidad nacional y cómo evitar que el pasado se utilice como arma política en el presente.

La frase entra de lleno en un terreno donde la simplificación histórica se convierte casi en una caricatura. No porque no existiera un componente religioso en la empresa colonial —claro que lo hubo— sino porque presentar la conquista de América como una misión civilizadora que “respetaba la vida” es una lectura extremadamente parcial, selectiva y políticamente interesada. Y cuando un político reduce un proceso tan complejo a un eslogan, lo que hace no es interpretar la historia: es instrumentalizarla.

La conquista fue simultáneamente muchas cosas: expansión imperial, búsqueda de recursos, choque cultural, evangelización, alianzas con pueblos indígenas, guerras brutales, epidemias devastadoras, explotación económica y también procesos de mestizaje y creación de nuevas sociedades. Pero afirmar que los conquistadores fueron “a enseñar una civilización que respetara la vida” omitiendo la violencia estructural, las matanzas documentadas, la esclavización, el trabajo forzado y la destrucción de sistemas sociales enteros es una operación retórica que borra deliberadamente la mitad del cuadro. Es como describir un incendio hablando solo del calorcito agradable.

Además, esa narrativa de “la cruz sin la espada” no es nueva: forma parte de un viejo discurso nacionalista que intenta convertir la colonización en un acto altruista, casi filantrópico, ignorando que la evangelización fue inseparable del poder militar y político. No se puede separar la cruz de la espada porque históricamente actuaron juntas: la una legitimaba a la otra. Y cuando se habla solo de la cruz, se está eligiendo conscientemente un relato que exonera responsabilidades y evita cualquier reflexión crítica sobre el pasado.

Es una simplificación interesada. No es ingenua: es estratégica. Reduce un proceso histórico complejo a un relato épico y moralmente cómodo para quien lo enuncia. Y ese tipo de discursos no solo distorsionan el pasado, sino que condicionan cómo se entiende el presente: si la colonización se presenta como un acto de generosidad, cualquier crítica se convierte en ingratitud; si se borra la violencia, se neutraliza cualquier debate sobre sus consecuencias. Construye un relato donde lo incómodo directamente no existe. Y cuando la historia se usa así, deja de ser historia para convertirse en propaganda. @mundiario

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