La espada en la palabra

Avanzar sin límites (¿la cura contra del cáncer?)

Hace unos días, algunos medios de información difundieron la noticia de que la empresa Moderna, que tuvo un papel importante en la lucha contra la pandemia de la covid, prevé lanzar en 2030 una vacuna contra el cáncer.
Células de cáncer de colon. / Archivo.
Células de cáncer de colon. / Archivo.

Jamás llegará el día en que el ser humano diga: “Bueno… ya basta; ¡mi desarrollo y mis apetitos quedan aquí! De ahora en adelante viviré tranquilo con lo que sé y tengo, sin ambicionar nada más”. Desde hace doscientos mil años la humanidad se desarrolla, en unas épocas más que en otras, sin dejar de pisar el acelerador, pese a que sepa de antemano que nuevas conquistas técnicas y científicas le generarán más insatisfacciones y nuevas amenazas. Un ejemplo: la actual sociedad moderna es dueña de un poderío económico, energético y científico como ninguna sociedad pasada lo tuvo, pero es también víctima de la mayor crisis existencial de todos los tiempos. Pese a la vigencia de las religiones en el mundo, la mayor parte de los seres humanos parecen vivir sin un sentido. Antes se moría por hambrunas o pestes debido a la ira de un dios o por el destino; hoy, en cambio, se come más y mejor y se combaten virus de manera más efectiva, prolongándose un poco más la vida terrenal, pero sin mucho sentido existencial.

Hace unos días, algunos medios de información difundieron la noticia de que la empresa Moderna, que tuvo un papel importante en la lucha contra la pandemia de la covid, prevé lanzar en 2030 una vacuna contra el cáncer, la cual, con la ayuda del ARN mensajero y un algoritmo, podría identificar a las células malignas y destruirlas poco a poco. La noticia, aunque todavía puesta en cuestión por varios miembros de la comunidad científica, es esperanzadora, sobre todo para quienes padecen o padecieron la enfermedad, o incluso para quienes, como este servidor, tuvimos algún pariente o amigo muy cercano con este mal. Sin embargo, seres racionales como deberíamos ser, cabe preguntarnos cuáles serían las implicancias de un descubrimiento así de importante para la humanidad.

El lector puede estar pensando: “¿Qué demonios le sucede a este sujeto que escribe? ¿A quién que tenga funcionando sus cinco sentidos puede ocurrírsele ser crítico de un avance así, que puede salvar millones de vidas, más sobre todo si afirma que tuvo un ser querido que padeció esa maldita enfermedad?”. No, amigo lector… De ninguna manera podría estar en contra de una cura contra el cáncer. Lo que pretendo es que nos embarquemos en una breve reflexión —filosófica si se quiere— para analizar cómo los imparables avances de la ciencia y la tecnología solamente abren paso a nuevos sufrimientos y necesidades, haciéndose la existencia humana un círculo vicioso de males y alegrías esporádicos que hasta ahora no se ha podido romper, y que no creo que se rompa nunca.

Una de las críticas más suspicaces sobre la vacuna, de esas que nacen del escepticismo sobre la buena fe del ser humano, aduce que las multinacionales, en combinación con las farmacéuticas, podrían causar adrede el cáncer para luego vender la cura…, crítica que, si se conoce el afán de lucro de los seres humanos más metalizados, no deja de tener sentido. Pero no seamos tan pesimistas y pensemos en el lado benefactor del ser humano. Sin embargo, incluso así hay ciertos escenarios que dan paso a la reflexión crítica.

En primer lugar, se puede colegir que al comienzo la vacuna estaría solo al alcance de élites económicas, quedando los enfermos pobres en una situación de abandono. Entonces el beneficio de la cura abriría una brecha para la ansiedad o la depresión en cancerosos que no poseen recursos suficientes para financiarla. Hay que pensar, además, que en este mundo la prolongación de la vida terrenal no es necesariamente sinónimo de felicidad o plenitud, ni material ni espiritual; si el ser humano busca prolongar su existencia es por su naturaleza propensa a la supervivencia. Pero, de hecho, la prolongación de la vida, que ya se está viendo en los ancianos de la actualidad, es la causa de más casos de enfermedades propias de la vejez, como el alzhéimer o el párkinson; tales enfermedades podrían ser curadas por la ciencia del futuro, pero ello, como venimos diciendo hasta aquí, solamente abriría paso a otros males o sufrimientos que hoy ni siquiera imaginamos.

Aunque no se sabe qué es lo que tiene el futuro para la humanidad, es más que evidente que la modernidad tiene el objeto de deificar al ser humano, de volverlo invulnerable ante los peligros que amenazan su vida. Empero, para bien o para mal, creo que hay más razones para pensar que los problemas del ser humano de carne y hueso seguirán latentes que para creer en el triunfo total de la felicidad en la tierra. Y para muchos esta deducción es, creo yo, mucho más aliviadora que la idea de la gradual inutilidad del género humano por la presencia de los robots inteligentes, la instauración del Paraíso en la Tierra (curas para todo, facilidades para todo) o la prolongación indefinida de la vida terrenal.

La soledad es otro de los problemas contemporáneos. ¿Cómo, siendo más en el mundo y más interconectados, podemos vivir más solitarios, más aislados? Sencillamente, por el cambio de ritmo de la vida y porque las familias se están disgregando cada vez más en núcleos más pequeños. Por ese motivo, hoy cada vez más gente padece depresión, la cual, en muchos casos, desemboca en el suicidio. Japón, por ejemplo, uno de los países más civilizados del mundo, tiene una tasa altísima de suicidios, precisamente por el desarrollo extraordinario de su técnica y —¡quién lo diría!— de su orden cotidiano (¿son los problemas la sal de la vida?). Las insatisfacciones solamente mutan, pero nunca han desaparecido. Si antes eran materiales, creo que hoy son sobre todo espirituales o subjetivas.

Nada de lo escrito en este texto tiene la intención de hacer pensar que estoy en contra del avance de la ciencia ni, mucho menos, que estoy en contra de la cura del cáncer. El mundo seguirá avanzando; es más: debe seguir avanzando, y quizás en el futuro llegue a conquistas que hoy, en 2023, creeríamos sacadas de la ciencia ficción. En tanto siga habiendo calamidades —pandemias, guerras, etc.—, que son las que más han impulsado los descubrimientos científicos (y también las que más han desarrollado el arte), la ciencia seguirá descubriendo más cosas, como esta posible cura del cáncer, la cual, de hacerse realidad, sería una consecuencia de la pandemia del coronavirus. Pero también cada vez más sabremos que sabemos muy poco de todo.

Reitero que lo único que quise hacer fue llevar al lector a una reflexión sobre cómo los descubrimientos de la humanidad nos llevan a una vida aparentemente más feliz, pero solo aparentemente; a mi entender, esta apariencia es la prueba de que existe una ley universal que nos susurra al oído: “No todo lo que existe es lo material…”. A mí, la modernidad no me hace no creer que existen leyes del sufrimiento y la felicidad que dan cuenta de la existencia de una entidad rectora, la cual también rige las vidas de manera personalizada. @mundiario

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