La arquitectura moderna, entre la memoria y el futuro
Hemos llegado al acto de clausura de este decimotercer Congreso de la Fundación Docomomo Ibérico, organizado con tanto entusiasmo y eficacia por la ETSA de A Coruña y el COAG. Ambos, con notable capacidad de convocatoria, han logrado sumar a esta iniciativa a numerosas administraciones e instituciones que, a través de diversas colaboraciones, quisieron participar. Esta circunstancia resulta especialmente significativa, no solo por las ayudas recibidas que lo han hecho posible, sino, sobre todo, porque ha permitido despertar el interés de buena parte de la sociedad gallega hacia estas cuestiones.
Mis más sinceras felicitaciones y agradecimientos a todos los implicados, a los que, estoy seguro, se unen también todos los asistentes. Será difícil superar una organización tan precisa y eficaz como la que habéis llevado a cabo: todos los participantes disponemos ya de las actas de lo aquí desarrollado, y quienes no asistieron pueden consultarlas en la página web de la Fundación. Una lectura atenta y sosegada confirmará, sin duda, la calidad de sus contenidos. Gracias, asimismo, por el clima de convivencia que habéis sabido crear y por la excursión de hoy al Arsenal de Ferrol, difícilmente superable, por la que expresamos nuestro agradecimiento a su almirante.
Martin Heidegger recordaba en 1951 que hay dos acciones que son potestativas de los humanos: hablar y construir. Y cuando decía que “construir es inevitable para el hombre” añadía que “construyendo poéticamente expresamos los humanos el sentido de nuestro habitar sobre la tierra”. Esa idea del construir poético constituye, en esencia, lo que llamamos Arquitectura.
He traído aquí esta cita para subrayar que lo que realmente nos preocupa en la Fundación Docomomo Ibérico es cómo dotar de sentido al quehacer arquitectónico en el presente. Esta es la pregunta radical, la que todo lo engloba. Y es en la aspiración a contestarla donde encontramos argumentos para promover la conservación de determinados edificios, que no puede ser, por tanto, un principio —sería muy miope y parcial—, sino solo una consecuencia.
Dos tareas complementarias
Porque construir nuestros territorios se resuelve abordando, al menos, dos tareas complementarias: cómo construir hacia el mañana y qué papel otorgamos a los edificios heredados, que conforman gran parte de nuestros hábitats y dotan de identidad a nuestras sociedades. Como bien recordaba Churchill: “Los hombres hacen los edificios, pero los edificios acaban haciendo al hombre”.
Por lo tanto, bien pensado, conformar nuestros entornos requiere estrategias diversas y, con frecuencia, simultáneas. A veces se trata de abatir, en ocasiones de conservar y otras de construir, y las tres exigen un bien fundamentado juicio arquitectónico. Pero, como bien sabemos, no siempre se ha alcanzado este ponderado discernimiento. Hubo épocas en que el desprecio hacia la conservación, acompañado —todo hay que decirlo— del afán de lograr beneficios económicos, a veces escandalosos, derivó en la destrucción de notables edificios.
Hace treinta años, al advertir la acelerada desaparición de numerosos edificios aún de reciente construcción, la Fundación Docomomo Ibérico centró su actividad en promover su conservación, conscientes de los valores culturales que aportaban y, en consecuencia, de la pérdida que suponía su demolición, que implicaba también extraviar parte de nuestra memoria colectiva. Me refiero, naturalmente, a aquellas arquitecturas surgidas, inicialmente, en torno a la Primera Guerra Mundial y prolongadas a lo largo del siglo XX, fruto de un momento histórico en que se confiaba ciegamente en el progreso.
En arquitectura, significó, entre otras cosas, decir adiós a las composiciones basadas en cánones clásicos como las simetrías o las perspectivas axiales. Principios que fueron sustituidos por otros, asumiendo que satisfacer plenamente las funcionalidades a cumplir era esencial y que lograrlo con eficacia era la prioridad en la organización de cada edificio. Esta nueva arquitectura adoptaba, por tanto, la lógica de la máquina como modelo.
Con similares razonamientos, se impuso el uso de materiales industriales que respondían más eficazmente a las exigencias de la construcción. Así, el acero laminado, el hormigón y el vidrio fueron acogidos con entusiasmo —y a veces con ingenuidad— por arquitectos que buscaban, con fervor, encontrar en ellos eficacia constructiva y, al mismo tiempo, cauces inéditos de expresión poética. También ellos quisieron hacer arquitectura, y no solo construir.
Aquellos materiales no solo eran más eficaces que los del pasado: al mismo tiempo facilitaron nuevas posibilidades expresivas que enriquecieron nuestro acervo cultural, modificando desde entonces nuestros gustos y revalidando aquella afirmación de Churchill. En efecto, desde entonces nuestra sensibilidad se identificaría, en buena medida, con aquellos cánones que, identificados con el nombre de Movimiento Moderno, acabarían conquistando un espacio bien conocido y muy interpretado en nuestra historia. Y si estos edificios fueron capaces de modificar nuestra sensibilidad, merecen seguir formando parte de nuestro entorno como testimonio de una etapa fundamental de nuestra historia.
Los desafios
En aquel tiempo se intentó responder, entre otros, a los siguientes desafíos:
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Resolver los problemas de vivienda con nuevas tipologías acordes a una sociología familiar cambiante.
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Inundar de luz las aulas de escuelas y facultades.
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Mejorar la eficacia y el ambiente interno de hospitales y centros de investigación.
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Crear amplios centros comerciales.
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Proporcionar espacios adecuados en las fábricas y grandes estructuras para el transporte y los espectáculos de masas.
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Lograr que los edificios administrativos abandonaran el engolamiento del poder para ser más eficaces, cómodos, luminosos y transparentes.
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Y, sin olvidar los lugares de culto, demostrar que el recogimiento podía encontrarse entre perfiles metálicos, duro hormigón y diáfanos vidrios, materiales capaces de acoger fervores espirituales.
¿Una iglesia de hormigón? ¿Por qué no? Ahí está Nuestra Señora de las Nieves en Bar Boo (Vigo), con su atmósfera religiosa, y otras que recurrieron a materiales industriales, como el rudo Viroterm en la iglesia madrileña de García de Paredes.
Aquellos arquitectos mostraron que podía haber belleza bajo las bóvedas de hormigón: en el mercado de San Agustín, incrustado en la ciudad histórica coruñesa y elevado a la categoría de catedral del comercio; en la Lonja de Pescados del Gran Sol en el puerto de A Coruña; en centros escolares como la Universidad Laboral de A Coruña (1961), de José López Zanón y Luis Laorga, que muchos habéis visitado con entusiasmo estos días; o en el colegio Saladino Cortizo de Vigo (1965), de D. Pernas, y el de Los Milagros (1965), de Luis Laorga, que dejaron huella en quienes allí estudiaron.
Las nuevas necesidades
La exploración de las nuevas necesidades del habitar se concretó en ejemplos tan diversos como el Poblado Minero de Fontao (1953), de Joaquín Basilio y César Cort, o la Unidad Vecinal nº 3 (A Coruña, 1965), de J. A. Corrales, seguramente el ejemplo de viviendas colectivas más logrado en la España de aquellos años. Del mismo modo, Javier Suances supo amparar la clausura de las monjas en Ourense, y Castañón de Mena, junto a Yordi Carricarte, demostraron que una central hidroeléctrica, como la de Belesar, podía alcanzar lo sublime. Por citar solo aquellos ejemplos gallegos incluidos en el Plan Nacional de Conservación del Patrimonio Cultural del Siglo XX.
Estos edificios de radical modernidad se integraron en nuestra vida cotidiana y abrieron un nuevo universo de sensaciones. Entraron en universidades, en la industria, en hospitales y templos, y nos revelaron con elocuencia el nuevo sentido poético del habitar. Algunos ejemplos, bien conocidos, fueron mostrados en Harvard; asistieron doctorandos españoles y se mostraron asombrados de su propio desconocimiento. Una tarea que urge rectificar.
Pero también sufren las consecuencias del paso del tiempo: deterioro físico y funcional que demanda cuidados, mantenimiento y adaptación a las nuevas exigencias técnicas. Con frecuencia, requieren intervenciones importantes para seguir siendo útiles y, al mismo tiempo, permanecer dando lecciones de calidad arquitectónica. La fidelidad hacia ellos exige superar rehabilitaciones rutinarias que anulen sus valores. Exigen, por el contrario, intervenciones creativas que conjuguen respeto al pasado con propuestas imaginativas capaces de descubrir nuevas expresividades.
Sus argumentos poéticos deben inspirar los nuestros, aunque ya no sean los mismos. Muchos de sus principios siguen siendo válidos, pero algunas de sus respuestas han caducado, lo que demanda inevitables adaptaciones para que la arquitectura responda siempre a los retos de cada presente. Y el más urgente de todos es hoy la sostenibilidad frente al cambio climático, consecuencia de la confianza irreflexiva en el consumo y el mercado.
Docomomo Ibérico
Cuando Docomomo Ibérico inició su labor, a principios de los noventa, una generalizada indiferencia facilitó la desaparición de edificios notables. Hoy, por el contrario, estamos en pleno proceso de reconocimiento institucional de sus valores culturales. De hecho, junto a los ministerios de Cultura y de Vivienda y Agenda Urbana, las comunidades autónomas y distintas asociaciones avanzamos en la redacción del Plan Nacional de Arquitectura Contemporánea. Su objetivo es valorar, difundir y conservar este patrimonio, reconociéndolo al mismo nivel que catedrales, conventos, monasterios, fortalezas militares o pioneros de la arquitectura industrial.
¡Hasta aquí ha llegado su influencia!
Esta colaboración entre administraciones y el ámbito cultural y arquitectónico está logrando un fructífero lugar de encuentro que debe cristalizar en una legislación eficaz de protección. Andalucía y Galicia ya reconocen como patrimonio arquitectónico a proteger los edificios construidos entre 1925 y 1965 que sean expresión de aquella modernidad.
Pero no bastará con el BOE: será indispensable difundir estos edificios y facilitar el acceso a sus imágenes y datos informativos. Deben estar disponibles en dispositivos móviles, de forma libre y universal, acompañados de información completa. De este modo se despertará el aprecio ciudadano, verdadera garantía de su conservación, pues, como bien se sabe, solo lo que se conoce se puede llegar a apreciar.
De ahí la renovación total de nuestra página web en 2022. En ella se pueden consultar planos, fotografías e incluso visitas virtuales en 360º, gracias a más de cincuenta mil documentos. Entre los usuarios se encuentran historiadores, arquitectos, investigadores y estudiantes, pero también un público amplio que demuestra un interés notable y muy generalizado por estas arquitecturas. Su éxito lo demuestra la intensidad de uso, que ha superado ampliamente las más optimistas previsiones: desde su inicio en 2022 hemos contabilizado más de dos millones doscientas mil visitas; solo en este 2025 alcanzaremos las ochocientas mil.
Últimamente vengo repitiendo estos datos con insistencia, pues, desde mi punto de vista, este acercamiento masivo cambia por completo la perspectiva con la que este patrimonio se presenta ante nosotros, ya que ayuda a objetivar el valor de estas arquitecturas y, en consecuencia, el valor que debemos y podemos, como sociedad, otorgarles.
Una novedad determinante
Lo que hasta ahora podía entenderse como una suma de experiencias individuales, escasas y dispersas, surgidas de ámbitos académicos, se transforma, a partir de estos datos, en algo que adquiere otro significado, porque se presenta como una experiencia colectiva que incorpora decisivos elementos de objetividad derivados de su carácter masivo, constatable y, por tanto, ampliamente compartido.
Y lo que es una novedad determinante: pone de manifiesto una apetencia no sentida ni experimentada, hasta ahora, por el común de los ciudadanos: la necesidad de seguir contando con estos edificios, como sentimos la necesidad de contar con las grandes obras patrimonio de la humanidad.
Insistamos algo más en ello. ¡Démosle una vuelta más al argumento! ¿Qué diferencia hay entre el aprecio que mostramos por las grandes obras que se exhiben en una gran exposición —con las largas colas que se forman— y esta entrada en tropel en la página web de Docomomo Ibérico? Apenas que unas ocupan las horas del día y que la visita a nuestra web se realiza en cualquier momento y en la soledad del ordenador.
No me resisto a poner algún ejemplo comparativo de las expectativas que suscitaron en 2024 algunos museos muy importantes: la magnífica exposición de Isabel Quintanilla en el Museo Thyssen, que fue la más visitada del año, contabilizó 159.122 personas; el Museo Picasso de Málaga tuvo 792.353 visitantes, una cifra aproximadamente similar a la que nosotros tendremos este año (800.000). Otro dato: el Centro Nacional de Arte Reina Sofía tuvo en todo el año 1.960.249 visitas, con catorce exposiciones temporales y su colección permanente.
Así, puestos en común, son datos elocuentes. ¿Acaso no encontramos, en la comparación de estos números, poderosos argumentos para defender nuestra voluntad de lograr que estos edificios tengan la suficiente protección legal para asegurar su permanencia? Nuestra valoración, personal hasta ahora, ha dado un salto cualitativo radicalmente diferente, pues se ha convertido en el clamor de un sentir ampliamente colectivo.
El interés desinteresado
Ahora bien, la pregunta que surge es: ¿dónde está el interés desinteresado que estimula a tantos miles de navegantes de las redes informáticas para acercarse a contemplar la constelación de estos edificios modernos? Creo que la respuesta es la misma que serviría para todas las obras bellas: el puro placer de su conocimiento acompañado del disfrute que aporta la contemplación de su belleza.
Y como para todas las obras de arte, va acompañado inevitablemente del deseo de su permanencia. Por ello, nosotros, activistas de esta causa, argumentamos y venimos actuando, estudiando y divulgando las razones y las estrategias que conduzcan a su conservación. Porque —recuerdo— conservar lo que vale la pena es una de las acciones necesarias para construir nuestros entornos.
Pero atención: conservar sin embalsamar. La vida de los edificios puede ser muy larga, a veces de varios siglos. No sabemos lo que el porvenir deparará a estos que nos ocupan, pero debemos ser conscientes de que solo aquellos del pasado que han sabido adaptarse a los cambios que impone la vida han sobrevivido. Los que no supieron hacerlo, sencillamente, desaparecieron.
La lección de las catedrales
Aprendamos la lección de las catedrales y su constante proceso de adaptación a los cambios que la vida les impuso. Es una ley de la arquitectura.
Nuestra aspiración no nace del afán del coleccionista, sino del que surge del artista, del arquitecto. Queremos su permanencia para que estos edificios sigan amparando la vida y, al depositar nuestra atención en ellos, continúen amparando nuestros existires.
Por otra parte, esta admiración que suscitan los equipara a otros grandes edificios de la historia, a las grandes cosas bellas que en el pasado han surgido, y nadie —¡nadie!— tiene derecho a provocar su desaparición por el sencillo motivo de que han dejado de ser propiedad particular para pertenecer a todos. Cuestión muy delicada, es verdad, en la que también habrá que saber elaborar las oportunas estrategias para lograrlo. Nadie ha dicho que todo este empeño sea fácil de llevar hasta sus últimas consecuencias. Solo constatamos los avances logrados… entre tanta lentitud, para no desanimarnos.
Otra consecuencia añadida, que deberá valorarse positivamente, es que será una mirada atenta y cargada de exigente consciencia hacia su conservación y, por ello, activa y transformadora, capaz de poner en primer plano también las demandas de las nuevas causas: la sostenibilidad, la adecuación técnica, los espacios adaptativos y las nuevas tipologías. Siempre sin extraviar la memoria acumulada del pasado, sabiendo que los caminos son diversos, pero la raíz común permanece: la vitalidad de aquella teoría y la capacidad de seducción de sus edificios.
Deseo que esa misma fuerza organizativa que hizo posible este recorrido de nuestra Fundación continúe en el próximo futuro. Será bajo la presidencia de Juan Antonio Ortiz, para quien reclamo el máximo apoyo y, al menos, la misma consideración que conmigo habéis tenido durante tanto tiempo. Y que dentro de dos años nos veamos en el que será el decimocuarto Congreso de Docomomo Ibérico, al que, desde aquí, en estos hermosos mares gallegos, quedamos convocados. @mundiario

