El Congreso Docomomo Ibérico reivindica en A Coruña el diálogo entre arquitectura y paisaje
A Coruña se convierte estos días en puerto de llegada de una modernidad que sigue navegando entre pasado y futuro. El XIII Congreso Docomomo Ibérico, inaugurado en la Fundación Barrié, no es solo un encuentro de arquitectos, urbanistas y docentes. Es, sobre todo, una invitación a pensar qué hacer con ese patrimonio del siglo XX que todavía no ha encontrado su lugar estable en la conciencia pública. Celestino García Braña, presidente de la Fundación Docomomo Ibérico, lo resumió con serenidad y una advertencia: “Necesitamos de la buena arquitectura del pasado que aún sobrevive y de la buena arquitectura que está por hacer, ambas por igual”.
Desde 1997, Docomomo ha venido cumpliendo una cita bianual que, más allá de su constancia admirable —doce congresos, una pandemia y una crisis económica de por medio—, ha permitido construir un relato coherente sobre la arquitectura moderna en la península ibérica. Lo ha hecho con una metodología rigurosa: un registro de casi 2.500 edificios, una revista especializada, un congreso sostenido en el tiempo y una página web que ya supera los dos millones de consultas. Son cifras que hablan de un trabajo colectivo, de una red de más de quinientas personas que, durante tres décadas, han mantenido viva una idea: la modernidad también es patrimonio.
Pero este congreso en A Coruña va más allá de la mera conmemoración. Su eje temático, La modernidad marítima. Arquitecturas e infraestructuras del paisaje litoral, 1925-1975, propone una lectura que no se limita a los estilos o materiales, sino que explora cómo el Movimiento Moderno dialogó con el paisaje costero. De los clubes náuticos a las lonjas, de los astilleros a los frentes marítimos, se revisa un momento en que la arquitectura aspiró a reconciliar la técnica con la naturaleza, el progreso con el territorio.
El mar, en ese sentido, no es solo un escenario. Es una metáfora de la modernidad misma: una corriente que avanza, que conecta, que erosiona lo rígido y da forma a lo nuevo. La elección de Galicia, con su litoral denso y accidentado, resulta especialmente simbólica. Aquí, donde la niebla y la piedra conviven con la transparencia del vidrio y el acero, el debate sobre paisaje y sostenibilidad adquiere un acento propio.
Celestino García Braña marca el rumbo
Inspirado en el Convenio Europeo del Paisaje, firmado en Florencia en 2000, el congreso asume que el paisaje no es una postal sino un derecho ciudadano, un elemento esencial del bienestar individual y colectivo. Desde esa premisa, García Braña recordó que la arquitectura moderna confió en el progreso —a veces con ingenuidad—, pero dejó lecciones que hoy resultan urgentes: reducir lo accesorio, cuidar lo esencial, y entender que la belleza puede residir tanto en el hormigón como en la luz.
La modernidad del siglo XX, decía, no fue solo una cuestión de estilo, sino una ética del oficio. Fue el intento de construir con pocos medios, de hallar expresividad en la austeridad. Una lección que hoy, ante la crisis climática y el deterioro urbano, recupera una vigencia inesperada. La sostenibilidad no debería entenderse como una moda tecnológica, sino como una herencia de aquellos arquitectos que supieron hacer mucho con muy poco.
En su intervención, el presidente de Docomomo advirtió también de los riesgos que amenazan a este patrimonio: la codicia especulativa, el envejecimiento de los materiales, la rigidez de normativas pensadas para otros tiempos. Frente a todo ello, el conocimiento —esa palabra que a veces suena vieja— se convierte en la mejor herramienta de conservación. Conocer para proteger, proteger para habitar.
La teoría y la práctica se entrelazan
El XIII Congreso Docomomo Ibérico se consolida así como un foro donde la teoría y la práctica se entrelazan, donde las ponencias de escuelas de España, Portugal, Italia, México o Canadá dialogan con el paisaje gallego. La proyección del cortometraje A Roiba, de Jaime Olmedo, y la conferencia inaugural de Enric Batlle, director del Máster Universitario en Paisajismo de la Universidad Politécnica de Cataluña, completaron un programa que apuesta por una reflexión abierta y transversal.
Treinta y dos años después de su fundación, Docomomo Ibérico sigue recordando que la arquitectura moderna no es una reliquia sino una conversación inacabada. Una conversación que debe incluir la memoria, la técnica y la naturaleza, pero también la emoción. Porque como dijo García Braña, las arquitecturas del Movimiento Moderno “impactan en nosotros como un dardo certero” precisamente porque renuncian a lo superfluo y nos devuelven a lo esencial: la belleza de lo necesario.
En A Coruña, entre la bruma atlántica y las fachadas de vidrio, el espíritu de aquella modernidad parece todavía dispuesto a seguir construyendo futuro. @mundiario