Del apagón al desconcierto ante lo que pasa o no pasa

A una semana del sonoro y negro apagón eléctrico, ha seguido una amplia gama de silencios y ruidos, propicios a la ignorancia.
Instantánea de una plaza de A Coruña en plena noche del apagón, el pasado 28 de abril.
Instantánea de una plaza de A Coruña en plena noche del apagón, el pasado 28 de abril.

Los retrasos sufridos por más de 12.000 personas a causa de percances ferroviarios en esta madrugada de lunes vuelven a resucitar muchas de las cuestiones que quedaron pendientes tras el apagón eléctrico. Tienen particular interés las vivencias personales –y colectivas- que aquel acontecimiento suscitó; al lado de los problemas que puso en evidencia, para cuantos ya eran adultos en los años noventa -en que hubo un cambio profundo en los modos de comunicarse- fue un alivio recuperar maneras de hacer y relacionarse que parecían ya muertas. El grado de comprensión, complicidad y servicio mutuo que se palpó en calles atestadas de gente, era un cierto consuelo.

Pese a ello,  de todo lo demás tal vez deba destacarse el tiempo perdido en explicaciones, teorías, diagnósticos, opiniones y comentarios prejuiciados, que aquel acontecimiento trajo consigo, como ya lo hacía cuando el griego Polibio (Siglo II a. C.) reclamaba a personajes principales no repetir ofensas a las piedras en que caían personajes principales. Las lecciones de expertos e interesados se han mezclado, las grandes incógnitas seguirán en el aire, los diagnósticos verídicos se harán esperar y las lecciones debidas tal vez nunca  se logren. Es decir, que no será difícil seguir la dinámica que denunciaba el historiador griego. Con mucha probabilidad, volveremos a ver y oír a cuantos siempre tratan de pescar en beneficio propio y, sin interés alguno por entender en que haya pasado para que no vuelva a ocurrir, tal vez no logremos nunca un veredicto de provecho para el futuro de todos. Sin embargo, seguir dándole vueltas a este asunto entretendrá muchos debates, incluso en el Parlamento, sobrevendrán otras urgencias y, como muchas otras veces, es posible que quede flotando indefinidamente: sirvan de mal ejemplo muchas supuestas comisiones de investigación pensadas para la nada. La inmediatez de respuestas que las Redes sociales han imbuido en los hábitos cotidianos de inmisericordes acusicas ególatras, no son precisamente el mejor antídoto para este problema de fondo.

Descubrir pautas de largo recorrido, que siguen ahí aunque parezcan no existir, puede ayudar  a un presente-futuro  en que quepan todos los ciudadanos. No faltan en la genealogía de la cultura española actual hábitos que propicios a comportamientos esquivos con el análisis de lo que sucede y favorables a tener siempre razón ante los demás. En especial, podrían traerse a colación lecturas de carácter no tan estrictamente piadoso como parecía, aunque fuese tal su pretexto. Por ejemplo, aquel inicio del Génesis, en que la “caída de Adán” semeja muy de cerca este “apagón”; entre los motivos de ambos momentos hay dejaciones y concesiones que, en el lenguaje de la simbolización religiosa, venían siendo considerados “pecados” y, en la democratización actual de los asuntos públicos, debería ser siempre cumplimiento o incumplimiento de “derechos” compartidos, con sus pertinentes derivaciones de responsabilidad.

Actualizada en este mismo sentido, también podría valer la lectura de un texto muy divulgado desde el último tercio del siglo quince; en la Imitación de Cristo, del alemán Tomás de Kempis, máximas hay, como las del capítulo XX, en que proliferan consejos adecuados “para estar consigo mismo”, ocupar bien el tiempo y evitar “lo superfluo” de andar ocioso y oír novedades y murmuraciones”, pues en el trato con los demás humanos –decía este autor, de tanto éxito todavía en los años cincuenta y sesenta- es “más fácil cosa callar siempre que hablar sin errar”. Este consejo, leído y contemplado desde la óptica unitaria de “la verdad” y “el bien” como algo ontológicamente propio del ser y sus cualidades –como explicaba en paralelo la Escolástica -cuando los Fundamentos de Filosofía de Millán Puelles eran obligados en los estudios de Comunes en Filosofía y Letras –en los años setenta-, es razón de cuantos teniendo alguna potestas pretenden tener la máxima auctoritas también. Da igual el asunto, y da lo mismo uno u otro nivel de responsabilidades, con aquella y sin esta no se preocupan de si causan malestar en la gestión y pasan a la historia real pretendiendo ocultarlo tratando de que los demás no se enteren. Sobrados asuntos pivotan en el momento actual sobre juzgados de diversas instancias, en que abundan testimonios cínicos; y acontecimientos como el de la dana en Valencia, que tantas penalidades ha traído a más de un millón de personas, bien indican lo lejos que estamos de encontrar liderazgos capaces de encauzar bien las ansiedades de todos.

Cansina pobreza democrática muestra el repetir el consejo que, en el cancionero popular gallego, una madre da a su hija casadera, en situación carencial: “tapa miña filla tapa, cunha perna tapa a outra” (tapa hija mía tapa, con una pierna tapa la otra). Esa praxis, aparte de encubrir viejas taras de poderes interesados en el retroceso de cuanto posible cambio pueda traer una mayor expansión del conocimiento, para no perder supremacías de privilegios del pasado, en nada mejora la convivencia imprescindible para arrostrar  los serios problemas que tiene la situación global de la Tierra como casa de todos. Al ritmo de lo acontecido en torno al apagón de hace una semana –y que tan oportunamente se ha repetido para los usuarios de algunas líneas ferroviarias-, la conveniencia del hartazgo seguirá siendo la mezquina vara de medir lo que merezca la pena en la Historia que quede por vivir a los humanos.

Pocas esperanzas suscitan preguntas que repiten silencios largos de un pasado impuesto del que parece haberse perdido la memoria. No deja de ser llamativa en este punto la coincidencia con la trayectoria que está siguiendo el acceso de todos a una enseñanza de igual dignidad para cuantos acceden a ella. Muchos no pueden apreciarla porque, entre otras cosas, no les faculta para aprender a leer lo que sucede y tener libertad para utilizar ese conocimiento en beneficio de una convivencia más armónica con cuanto acontece. Entorpecer la igualdad democrática de la educación es repetir un pasado que debía estar sobrepasado en aras de un presente-futuro realmente valioso. Eso saben también muchos de los 133 cardenales que están a punto de entrar en cónclave; el futuro de su Iglesia bien puede ir hacia un pasado ya conocido –reducido a unos pocos-, o perseguir un futuro abierto a sensibilidades vivas, en que quepan “los gentiles” (Hechos, 10, 47). @mundiario

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