Aromas y emociones
La verdad es que nunca me había planteado relacionar los aromas con las emociones, a pesar de que los primeros nos llevan a las segundas. Gracias a las publicaciones de la investigadora y fundadora de Aromaterapia Friendly, Yolanda Del Moral, empecé a interesarme por este tema, siempre desde un punto de vista investigador.
El caso es que parece ser que se ha llegado a un acuerdo sobre la clasificación de los aromas. Recientemente se ha realizado un estudio sobre la detección y caracterización de 144 aromas diferentes, que una vez agrupados desembocan en 10 grandes bloques. Su clasificación nos lleva a Fragante/Floral, Leñoso/Resinoso, Frutal no cítrico, Químico, Refrescante/Mentolado, Dulce, Ahumado/Quemado, Cítrico, Podrido y Acre/Rancio.
Al igual que las emociones y los colores, los aromas son el resultado de diversas combinaciones de elementos volátiles. Por ello, estamos obligados a diferenciar la actividad del Sistema Nervioso tanto en las fases receptoras como en aquellas que dan significado reactivo a dicha percepción. Ambas etapas están íntimamente relacionadas con la estructura molecular del individuo, pero lo cierto es que se tiende a su agrupación para alcanzar cierta simplicidad en su interpretación y posterior reacción emocional.
Pensemos que una canción, un olor, una visión… al fin y al cabo, un estímulo, tiende a progresar en diferentes áreas cerebrales especializadas para convocar diferentes eventos que pueden rescatar aspectos de la memoria (recuerdo). Dichos aspectos disponen de una clara actividad customizada y a menudo, se trata de una amalgama desordenada de experiencias anteriores. De hecho, la especialización de las áreas cerebrales no obedece tanto a la particularidad neuronal (neural), sino más bien a la capacidad de dichas neuronas con diferente especialización para combinarse.
En realidad no se trata del aroma en sí mismo, sino del espectro perceptivo del sistema olfativo del individuo y de sus canalizaciones nerviosas a lo largo del proceso de identificación y posterior disfrute, en su caso, de dicho aroma. En dicho proceso intervienen multitud de actividades en diversas redes neuronales y áreas cerebrales, dándose apoyo para decodificar y posteriormente codificar la información hasta hacerla consciente, provocando una reacción en relación con la sensibilidad individual.
Gracias al desarrollo de modelos algorítmicos vamos encontrando respuestas a muchas preguntas que eran contestadas desde la suposición e incluso desde la imaginación. Conocer la sensibilidad, de forma predictiva, de una persona ante colores, fonética y aromas ya es una realidad. Quedan los gustos… Una vez dicho esto, hemos puesto el algoritmo ADNe a trabajar y una vez más ha sido generoso, ofreciéndonos unas expectativas fantásticas.
Entre dichas expectativas se encuentra la de fijar la sensibilidad de cada individuo a los 10 aromas globalmente aceptados. Al margen, debe saber que en la secuenciación algorítmica también se accede a la misma información sobre los 144 olores establecidos como base. Así, podemos clasificar estos 10 grupos aromáticos en relación a la actividad emocional, la cual se decodifica y se vuelve a codificar en relación a las características emocionales de la persona.
¿Conocer el gusto o atracción/rechazo de una persona a ciertos aromas? Sí. Ya es posible.
Usted estará pensando en que podríamos conocer “el gusto” o la atracción que siente cualquier persona hacia un tipo de aroma… Pues tiene usted razón. A grandes rasgos, las personas más cognitivas se sienten atraídas por aromas leñosos, químicos y ahumados. En cambio, las personas más emotivas tienen predilección por aromas florales, frutales (cítricos y no cítricos) y refrescantes (mentolados). Curiosamente los individuos manipuladores son fans de los aromas dulces. Los aventureros se decantan por los aromas florales mientras aquellas personas generosas y cooperadoras prefieren el aroma ahumado o quemado.
Es importante recalcar que estos datos no proceden de una encuesta tratada bajo moda estadística, sino que provienen de la secuenciación de más de 36.900 millones de datos para relacionar la cadena generada por un estímulo aromático. Por ello, conociendo el código ADNe® de una persona podemos saber su sensibilidad al espectro aromático, así como su atracción o rechazo.
Por ello, en plan científico romántico, he experimentado en propia persona. Conociendo mi código ADNe® y teniendo en cuenta que cada individuo es un “ser combinado e híbrido”, los resultados obtenidos son los siguientes:
Leñoso / Resinoso: 76.40%
Frutal no cítrico: 81.85%
Químico: 77.29%
Refrescante: 85.79%
Dulce: 65.17%
Ahumado: 81.51%
Cítrico: 85.40%
Podrido: 82.%
Rancio: 59.29%
Como se puede apreciar, todas las personas somos sensibles a todos los aromas, pero con diferentes intensidades. En mi caso concreto, dispongo de mayor sensibilidad para detectar los que marcan una tasa superior, incluyendo el aroma desagradable denominado “podrido”. En cambio, el aroma rancio no llama mi atención.
¿Cómo funcionan las emociones?
Pongamos un sencillo ejemplo numérico. Si cogemos 2 unidades de un mismo número como por ejemplo el 1, tendremos la posibilidad de obtener un resultado idéntico, o no, si los relacionamos con un marcador operacional diferente. Como le decía, 1 + 1 = 2, mientras 1 x 1 = 1, mientras que 1/1 = 1, pero distinto a 1 - 1 = 0. Como puede apreciar, “1” es invariable en su esencia, pero no en su resultado combinado.
Ahora ya lo puede complicar todo lo que desee utilizando otros números, incluso decimales, o cadenas algebraicas complejas. Así somos. @mundiario