Creo que me estoy volviendo un misántropo o algo parecido
Así es, creo que me estoy volviendo un misántropo, pero antes de que se preocupen (que no deberían, en absoluto), permítanme contarles cómo llegué a abrazar mi soledad con humor.
Desde pequeño, que yo recuerde, siempre me sentí atraído por la idea de tener mi propio club exclusivo, un club en el que el código de entrada fuese “No se permite la palabrería innecesaria”.
Mientras otros niños soñaban con superhéroes y grandes hazañas, yo me imaginaba a mí mismo sentado en una sala oscura, rodeado únicamente de libros, perros y una televisión que solo emitiera documentales sobre la insignificancia del ser humano.
Es decir, yo quería ser sabio sin pegar palo al agua. El resto quería ser cura – claro que, estábamos en las dominicas -. Y les daban pan de ángel por ello,, mientras que a mí nadad de nada.
Así es, creo que me estoy volviendo un misántropo, pero antes de que se preocupen (que no deberían, en absoluto) , permítanme contarles cómo llegué a abrazar mi soledad con humor y, de paso, animarte a reírte un poco de las excentricidades de la vida: Social incluida..
Recuerdo el primer día de clases en la escuela, cuando mi entusiasmo por conocer a nuevos amigos se vio frenado por la repentina realización de que todas esas personas estaban dispuestas a hablar sin cesar sobre temas que parecían no tener sentido alguno. “¿Qué tal tu fin de semana?”, “¿Viste la última película?”.
Yo, por mi parte, me limitaba a responder con un monótono “sí” o “no”, preguntándome si acaso la comunicación humana no era más bien un concurso de palabras vacías.
Así, mi mundo interior se llenó de diálogos sarcásticos y monólogos que, en la privacidad de mi mente, se partían la caja de risa del barroquismo y exuberancia del saludo cotidiano.
Con el paso del tiempo, descubrí que mi capacidad para detectar la hipocresía social era casi sobrehumana.
Mientras los demás se esforzaban por aparentar simpatía y cortesía, yo me deleitaba observando esos pequeños gestos forzados, como la reverencia casi teatral que algunas personas ofrecían al saludarse en una reunión familiar o la exagerada amabilidad de un vecino que, a cada ocasión, recordaba su “sincero deseo de verte bien y de que todo me vaya tan fenomenal”.
Para mí, cada una de estas muestras de afecto fingido era material perfecto para un monólogo cómico interno que, de haber sido publicado, seguramente habría sido un éxito de ventas en el género de la sátira social. O no.
No obstante, ser misántropo tiene sus ventajas. Por ejemplo, ya no tengo que soportar el agobio de las conversaciones triviales en los ascensores o en las largas filas del supermercado. Mientras otros se quejan del tráfico o del calor sofocante, yo celebro la oportunidad de escapar de esos encuentros forzados.
Mi refugio, mi santuario, es aquel lugar en donde la tranquilidad reina y las interrupciones humanas se desvanecen como humo en el aire.
Ah, y qué decir de la tecnología? Internet se ha convertido en casi mi mejor amigo (aunque no lo entienda mucho), donde los debates acalorados se libran en teclados y las discusiones se resuelven con gifs y memes. Es en este vasto océano digital donde encuentro consuelo al saber que puedo interactuar con otros misántropos sin tener que soportar el ruido de la comunicación cara a cara.
Por supuesto, no todo son risas y tranquilidad en el camino del misántropo.
Hay momentos en que la soledad se cuela, y me pregunto si acaso estoy perdiendo algo al distanciarme de la sociedad. Sin embargo, cuando el eco de mi propia voz en la habitación me recuerda que mis pensamientos son mi compañía más leal, rápidamente me convenzo de que la autenticidad es un lujo reservado para aquellos que se atreven a pensar diferente. ¿Por qué conformarse con el murmullo colectivo cuando se puede deleitar en la sinfonía del propio intelecto? (en eso, me doy un aire a Sheldon Cooper, lo reconozco).
Además, ser misántropo me ha permitido desarrollar un agudo sentido del humor.
Por ejemplo, siempre que alguien intenta contarme un chiste que, según ellos, es “para morirse de risa”, mi respuesta interior es una carcajada silenciosa al imaginarme la escena de un grupo de personas haciendo un esfuerzo descomunal para reírse, cuando la verdadera comicidad reside en la ironía de la existencia misma. Y además, el chiste no tiene ni puñetera gracia.
¿No es absurdo que en un mundo tan lleno de contradicciones y conflictos, uno pueda encontrar diversión en la simple idea de no encajar? La comedia surge en los rincones más inesperados, como en la aceptación plena de que, en realidad, todos somos un poco locos y, en mi caso, además un poco misántropo.
Quizás, en el fondo, la misantropía no es tanto un rechazo absoluto hacia la humanidad, sino más bien una invitación a mirar el mundo con ojos críticos y humorísticos.
Es la capacidad de encontrar gracia en el caos social, de reírse de las convenciones y de disfrutar de la paz que solo se alcanza cuando uno se desprende de la necesidad de complacer a los demás.
Y así, mientras el resto del mundo se agita en un mar de interacciones superficiales, yo me siento en mi sillón favorito, con una taza de café y un buen libro, celebrando la libertad de ser fiel a mí mismo. De vez en cuando, también se cuela una serie, como el Gatopardo; justo es comentarlo.
Al final del día, acepto que soy un misántropo, pero también reconozco que en esa aparente soledad se esconde una profunda conexión con la realidad.
Una conexión que me permite observar, analizar y, sobre todo, reírme de las absurdidades del comportamiento humano. No suelo acudir a reuniones de colegas (cenas de navidad, cumpleaños y sus etcétera) porque, a los cinco minutos ya empiezan a hablar de cosas de nuestro oficio; y eso es sencillamente soporífero.
Porque, ¿Qué es la vida, sino una gran comedia en la que todos actuamos nuestros papeles, a veces de manera exagerada, otras de forma tan sutil que ni nosotros mismos la notamos?
Así que, si alguna vez te encuentras en medio de una multitud y sientes que el mundo entero te pesa, recuerda que no estás solo. Tal vez, como yo, descubras que la risa y la ironía son las mejores armas contra la mediocridad social.
Después de todo, ser misántropo es simplemente otra forma de apreciar la libertad de ser auténticamente uno mismo, sin la necesidad de ajustarse a los patrones preestablecidos.
En definitiva, aunque a veces pueda parecer que mi camino es el de un solitario ermitaño moderno raro...muy raro, en realidad, es el sendero de un observador que ha aprendido a encontrar humor en la cotidianidad, a descubrir la belleza en lo imperfecto y a reírse de las contradicciones que hacen del mundo un lugar tan curiosamente maravilloso. Porque, al fin y al cabo, ¿no es acaso la ironía de la vida lo que le da sabor a nuestra existencia?
Este viaje de auto-descubrimiento me ha permitido comprender que, a pesar de todo, la vida es demasiado corta para tomársela tan en serio. Que no está uno para pedanterías ni necedades.
Y mientras el resto del mundo se esfuerza en encajar, yo celebro mi individualidad, con una sonrisa cómplice y una risa que resuena en el silencio de mi propio refugio.
¡Viva el misántropo que hay en cada uno, siempre y cuando sepa reírse de sí mismo!
Anda por ahí una canción de Serrat, en catalán, que viene a decir algo así como:
«Si es verdad, que el mundo puede cambiar pero no la idea. Que el Sol sale para todos y que un dios nos vela. Y que la mujer y el oro lo pueden todo. Si es verdad, que el conocimiento no puede morir, y que el amor dignifica...¿por qué la gente se aburre tanto?»
Pues eso. Coincido punto por punto. Verso por verso. @mundiario

