Ciberviolencia de género: la violencia que no se ve y que España aún no sabe nombrar
En el marco del Congreso “Medios de Comunicación e Igualdade de Xénero”, celebrado la semana pasada en Santiago de Compostela, una intervención dejó la sala en silencio. Fue la de María José Garrido Antón, comandante de la Guardia Civil, criminóloga y jefa de área en la Secretaría de Estado de Seguridad del Ministerio del Interior. Su intervención, precisa y demoledora, dibujó una realidad que todavía no sabemos mirar de frente.
La ciberviolencia de género avanza más rápido que la conciencia social
Garrido Antón comenzó recordando algo que, a estas alturas, debería resultar básico: buena parte de la ciudadanía sigue sin saber qué es un delito público. Y ese desconocimiento no es anecdótico. Forma parte del ecosistema que permite que la violencia de género se mantenga, se oculte y, en demasiadas ocasiones, desemboque en los peores escenarios.
A ello se suma lo que la experta denomina “delitos emocionales”. No existen como figura jurídica, pero sí en la realidad. Son ese entramado afectivo que paraliza, confunde y convierte a muchas mujeres en víctimas resistentes, incluso en fases avanzadas del maltrato.
Del control disfrazado de amor a la vigilancia digital permanente
En el terreno digital, donde hoy se reproduce buena parte de la violencia machista, las dinámicas son tan normalizadas que pasan inadvertidas. La comandante describió escenas que cualquier profesional que trabaje con adolescentes reconoce: parejas jóvenes que comparten contraseñas como gesto de amor; revisiones del móvil asumidas como rutina; aplicaciones que monitorizan horas de sueño y localización; exigencias constantes camufladas de preocupación.
Entre adolescentes, insiste, todo esto se expresa con un inquietante: “es que me quiere mucho”.
La violencia tecnológica no tiene edad: del móvil adolescente al dispositivo vinculado
El estudio pionero que coordina Interior recoge casos de ciberviolencia en mujeres de todas las edades, incluidas víctimas de 70 u 80 años. La tecnología no neutraliza la violencia: la transforma.
En las mujeres de mediana edad, las brechas de seguridad son distintas pero igual de peligrosas: contraseñas idénticas en todas las plataformas, dispositivos vinculados sin saberlo o la falsa creencia de que “no tengo nada que ocultar”. Una frase que abre la puerta a extorsiones que van desde el robo de archivos personales hasta chantajes económicos por recuperar fotografías familiares.
Cifra oculta y cifra inconsciente: cuando la víctima no sabe que es víctima
Más allá de la cifra oculta —lo que no se denuncia— Garrido Antón introdujo otro concepto esencial: la cifra inconsciente.
No hablamos solo de mujeres que callan. Hablamos de mujeres que no saben que están siendo víctimas. Mujeres que no identifican como delito acciones que vulneran sus derechos fundamentales: revisar un móvil, acceder a contraseñas, instalar un spyware, controlar horarios, ubicar movimientos o exigir pruebas constantes de conducta.
La ciberviolencia avanza con la misma rapidez con la que se normalizan estas conductas.
Un estudio pionero para radiografiar la ciberviolencia en España
Para comprender su dimensión real, la Secretaría de Estado de Seguridad impulsó un estudio nacional inédito que analiza miles de casos denunciados en España. El equipo revisó atestados policiales, conversaciones digitales, dinámicas emocionales y patrones de control de Policía Nacional, Guardia Civil, Mossos d’Esquadra y Policía Foral de Navarra.
Encontraron de todo: sextorsión, ciberamenazas, control extremo, programas espía instalados sin consentimiento, chantaje emocional digital y violencia psicológica amplificada por el uso de tecnologías. El informe, próximo a publicarse, será la radiografía más completa realizada en España sobre la ciberviolencia de género.
Competencias digitales y educación emocional: la urgencia pendiente
En su intervención en Santiago, Garrido Antón insistió en la necesidad de reforzar dos ámbitos que España sigue sin garantizar: la formación digital y la gestión emocional.
Para ilustrarlo, compartió una escena que estremeció a todo el auditorio: en un instituto, una niña de 11 años esperaba a solas para pedir ayuda. Un compañero la estaba chantajeando con una foto sugerente. Ella no quería contárselo a sus padres.
“Pensamos que están estudiando matemáticas”, dijo la experta, “cuando en realidad están intentando sobrevivir emocionalmente”.
La violencia que no se ve también es pública, delictiva y letal
En vísperas del 25N, sus palabras resuenan con una claridad inquietante: la ciberviolencia de género no deja hematomas ni aparece en radiografías, pero vulnera libertades, intimidad, autonomía e identidad. No es menos grave por suceder en una pantalla, ni menos delito por no saber nombrarlo.
Es violencia. Es pública. Es delito. Y solo puede combatirse si la sociedad aprende a reconocerla.
Como concluyó Garrido Antón en Santiago: “La ciberviolencia existe. Es grave. Y la única forma de frenarla es dejar de normalizarla”. @mundistyle


