Calor extremo: por qué afecta más a las mujeres que a los hombres
Cuando el termómetro se dispara, no todos los cuerpos reaccionan igual. Aunque el calor sofoca por igual a hombres y mujeres, son ellas quienes suelen experimentar un mayor desgaste físico y emocional. No es una exageración: es ciencia. Las diferencias biológicas, hormonales y sociales convierten al calor en un enemigo más silencioso y dañino para el cuerpo femenino. En un contexto de cambio climático y veranos cada vez más intensos, entender esta desigualdad térmica no solo es urgente, también es una forma de justicia climática.
En pleno julio, con noches tropicales que no bajan de los 25 grados y ciudades convertidas en hornos urbanos, la lucha contra el calor deja de ser solo una cuestión de ventiladores y abanicos.
Para muchas mujeres, especialmente las mayores, embarazadas o con enfermedades crónicas, el verano se convierte en una prueba de resistencia. ¿Por qué sucede esto? La respuesta está en una mezcla de factores que van desde la composición corporal hasta el rol social que históricamente han asumido.
Una fisiología que juega en contra
El cuerpo femenino tiene un porcentaje mayor de grasa corporal y menor masa muscular que el masculino. Esto no es solo una cuestión estética: la grasa actúa como aislante térmico, lo que dificulta la disipación del calor. Además, las mujeres sudan menos que los hombres —y no es por falta de esfuerzo, sino por diferencias hormonales—, lo que reduce la capacidad del cuerpo para autorregular su temperatura de forma eficiente. En otras palabras, ellas se recalientan más rápido.
Ahora bien, los ciclos menstruales, el embarazo y la menopausia son fases donde las hormonas desajustan la capacidad termorreguladora del cuerpo femenino. Durante la ovulación, por ejemplo, la temperatura basal puede aumentar hasta medio grado, lo que incrementa la sensación de bochorno.
Las mujeres embarazadas, además, generan más calor metabólico por el esfuerzo de alimentar una vida dentro de sí. Y en la menopausia, los sofocos y los sudores nocturnos se convierten en un infierno sobre otro infierno durante los meses más calurosos.
Carga térmica: más allá del cuerpo
El calor también se sufre desde lo social. En muchos hogares, todavía son las mujeres quienes asumen gran parte de las tareas domésticas, lo que implica cocinar, cuidar de otros o realizar actividades físicas dentro de espacios cerrados y mal ventilados. Todo esto suma una “carga térmica” adicional que rara vez se cuantifica, pero que se siente. No es solo el calor, es el peso invisible de una rutina que no se detiene ni con 40 grados.
Pese a todo esto, los estudios sobre el impacto del calor en la salud siguen teniendo un sesgo masculino. Muchas investigaciones se hacen con cuerpos promedio que no consideran las particularidades del cuerpo femenino. Esta invisibilidad es peligrosa: limita la creación de políticas públicas con enfoque de género para mitigar los efectos de las olas de calor, que ya son cada vez más letales.
Lo que para algunos es simplemente un “verano más caluroso”, para muchas mujeres representa una amenaza real a su salud y bienestar. El calor no solo eleva la temperatura: también expone desigualdades históricas, invisibles, que siguen atravesando el cuerpo femenino incluso en pleno siglo XXI. Entender cómo afecta de forma diferenciada no es un capricho ni una curiosidad científica: es el primer paso para construir un futuro más justo, también cuando sube el termómetro. @mundiario
