Annie Leibovitz y el canon visual del poder: ¿por qué seguimos mirándola?
La retrospectiva de Annie Leibovitz en A Coruña nos obliga a revisar qué es el poder, la estética y la memoria visual. ¿A quién seguimos mirando y por qué?
La exposición Wonderland en la Fundación Marta Ortega no solo exhibe fotografías; exhibe memoria, poder y, sobre todo, un canon que se ha ido construyendo durante más de cinco décadas. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿cuánto de esa mirada sigue siendo revolucionaria y cuánto se ha vuelto parte del sistema que decía cuestionar?
Annie Leibovitz no solo ha fotografiado a las personas más influyentes del siglo XX y XXI. Las ha definido. Ha congelado la forma en la que debemos mirar a los ídolos: ya sea Lennon y Yoko desnudos y abrazados, Obama en la penumbra de un despacho oval o una Kate Moss embarazada, flotando entre la sacralidad y el espectáculo.
Pero el poder de Leibovitz no reside únicamente en su talento —innegable— sino en algo más peligroso: la institucionalización de su mirada como norma estética y moral.
El fetichismo de lo icónico
Hay algo inquietante en cómo tratamos sus retratos: no como arte, sino como reliquias. Los museos, las marcas, las revistas, incluso las monarquías, se pelean por ser encuadrados por ella. ¿Estamos ante una artista o ante una curadora del poder? Y cuando esa artista es una mujer, ¿eso lo cambia todo… o solo lo maquilla?
Marta Ortega lo celebra como un hito feminista: la primera mujer en encabezar el programa expositivo de MOP. Y sí, lo es. Pero el gesto también es revelador de nuestra precariedad simbólica: cuando una mujer llega, aún hablamos de “primera vez”. Mientras tanto, la mirada masculina lleva siglos archivada sin necesidad de justificación.
Marta Ortega, Anna Wintour y el nuevo tridente estético del poder
La alianza simbólica entre Leibovitz, Anna Wintour y ahora Marta Ortega es fascinante: tres mujeres que, desde lugares distintos, configuran el gusto global. ¿Casualidad o síntoma? Esta exposición nos dice que el poder ya no se viste solo de traje y corbata, sino de foto editorial en blanco y negro, de storytelling emocional y de glamour bien calculado.
¿Es eso malo? No necesariamente. Pero sí exige vigilancia: que el discurso de “empoderamiento” no se convierta en empowermarketing. Que la fotografía de mujeres mayores no sea solo una excusa para hablar de belleza diversa, sino una forma de complejizar la estética del envejecimiento, de dejar de embellecerlo para simplemente dejarlo ser.
¿Qué imagen sobrevivirá a nuestro tiempo?
La pregunta clave no es qué vemos en las fotos de Leibovitz, sino qué dejamos de ver: los cuerpos que no fueron retratados, los gestos no idealizados, la banalidad cotidiana que ella misma evita en favor del mito. El verdadero reto para las nuevas generaciones de artistas visuales será romper ese canon, no repetirlo.
¿Estamos dispuestos a ver el mundo más allá del foco de Annie? @mundistyle


