El vértigo, el sobrecogedor relato de Evgenia Ginzburg, víctima de Stalin

La acusan de terrorismo. En los interrogatorios, los funcionarios muestran un sadismo extremo. Aplican torturas, como horas sin comer, sin dormir, para lograr una firma que reconozca una acusación ficticia

Portada de una edición de "El vértigo", con un retrato juvenil y, a la derecha, retrato de la autora en su madurez
Portada de una edición de "El vértigo", con un retrato juvenil y, a la derecha, retrato de la autora en su madurez

Acabo de terminar de releer un libro que hace diez años me conmocionó, y ahora ha vuelto a removerme por dentro. Se trata de El vértigo, de la rusa Evgenia Ginzburg, el relato del infierno que pasó, entre los años 1937 y 1955, como resultado de una de las infinitas detenciones políticas o arbitrarias que el régimen totalitario de Stalin realizó. El denominado El Gran Padre, a través de sus acólitos, se enfrascó en una interminable purga atroz, paranoica, que injustamente arrancó a centenares de miles de ciudadanos de su vida corriente, para ejecutarlos o confinarlos en terribles prisiones, o en no menos espeluznantes deportaciones en las inhóspitas tierras del este asiático.

Un día de 1934, a las cuatro de la madrugada, Evgenia recibe una llamada para presentarse ante el Comité Regional. Ella vive en Kazán, es profesora de universidad, de Lengua y Literatura, y periodista. Pertenece al partido, no solo por obligación sino plenamente convencida de ello. “Pero debo decir en honor a la verdad que, si aquella noche, en aquella nerviosa alba invernal, me hubiesen ordenado morir por el partido, no una, sino tres veces, lo habría hecho sin la más mínima vacilación”. Está casada y tiene dos hijos. Al principio, se cree a salvo, pero, luego, viendo los acontecimientos, las detenciones a su alrededor, entra en pánico. Primero la expulsan del Partido. Ocho días después la detienen, aunque pronto es liberada. Pero ya se siente perseguida. Es totalmente inocente, pero se la acusa de no haber denunciado el artículo de un colega al que, según los recientes criterios, hay que considerar como traidor. En 1935 piensa en el suicidio. En el Índice, el número de libros prohibidos aumenta cada día. En el colmo de la insania ideológica, se incluye un libro del propio Stalin: En la oposición. No hay nada seguro. Nadie sabe cómo salvarse. En la operación masiva de 1937, la detienen definitivamente. La acusan de terrorismo. En los interrogatorios, los funcionarios muestran un sadismo extremo. Aplican torturas, como horas sin comer, sin dormir, para lograr una firma que reconozca una acusación ficticia. En los careos, Evgenia tiene que sufrir la decepción de la traición por parte de conocidos. El objetivo, como el de los nazis, es deshumanizar, que el ser humano considerado inadecuado para los principios de la fatídica ideología pierda la esperanza, la dignidad.

Malvive dos años en una celda, en condiciones inhumanas, casi siempre incomunicada. Luego se entera de que su marido, que ostenta un alto cargo, también ha sido detenido. Nadie está a salvo: “Sabíamos que en nuestra cárcel estaba detenido un estudiante de dieciséis años acusado de preparar un atentado contra Lepa, el secretario del Comité Regional. Y precisamente ahora Lepa había sido detenido con todos los miembros de la Secretaría Regional”. Un día, teme la condena a muerte: “Es difícil, casi imposible, describir las sensaciones de un condenado a muerte. O mejor dicho, probablemente es posible, pero se necesitaría el talento de Tolstói”.

La cárcel es terrible. Pésima alimentación, prohibiciones como las de hacer gimnasia, conversar, acercarse a la ventana. En sus cortos paseos no les dejan mirar al cielo. Ella sobrevive recordando versos, los suyos y los de los demás. Tiene una memoria prodigiosa, que, más adelante, en el traslado a Siberia, le servirá para distraer a sus compañeras presas, cuando en un vagón atestado, les recite dramas completos. Meses más tarde, cuando en uno de esos vaivenes del rigor, durante una temporada se aflojan las normas, comparte celda con Julia. Se pasan veinte horas seguidas hablando. Es su forma de sobrevivir a aquella aniquilación.  Acceden a algunos libros, pero tienen que parar de leer, porque se están dañando los ojos con la mísera luz de que disponen. Evgenia sufre tanto que, cuando le cambian la condena a trabajos forzados en Siberia, se alegra. Pero sigue incomunicada, caída en un pozo oscuro de padecimientos, de asco, de dolor. Solo después se enteraría de que sus padres también habían sido detenidos. Solo fueron dos meses, pero acabaron lastrados por esa fortísima experiencia. Cuando salen, se encuentran con su casa ocupada. Su padre muere al poco tiempo y su madre adquiere una diabetes.

Pasarán muchos años hasta que Evgenia vuelva a ver a su hijo menor. Al mayor, no lo verá nunca más. Había muerto en la Segunda Guerra Mundial, supuestamente de hambre, en el cerco de los nazis a Stalingrado. De su marido tiene noticias contradictorias, algunas de las cuales lo dan por muerto. Aunque ahora ya ha cambiado tanto su vida, que no lo busca, no lo echa a faltar. Las poquísimas noticias las obtiene a través de su madre, escribiendo en clave, pues las cartas son censuradas. De vez en cuando, sin justificación, la envían a una celda de castigo, a ese frío mayor y a esas ratas abrumadoras. Intenta no enloquecer. Luego su situación cambiará. Las formas de la desgracia pueden llegar a ser opuestas. “Durante largos y largos años, ninguna de nosotras pudo ni siquiera soñar en permanecer a solas consigo misma”, dice. Cuando se le pregunta quién es, tiene que pensárselo bastante. Es como si ya le hablaran de otra persona.

En esa terrible reclusión, hay una ley no escrita por la cual ninguna debe quejarse, pues ya cada una tiene bastante con lo de sí misma. En los barracones de Kolymá lo pasa mal. Está rodeada de delincuentes. No le agrada su incapacidad para establecer vínculos con ellas, superar la terrible corteza que ostentan, no poder hacer como su admirado Dostoyevski, comprender, compadecer, hasta a los monstruos más terribles, como relató en Recuerdos de la casa de los muertos. La reticencia es mutua. A ella le perjudica ser considerada como una intelectual.

Pero Evgenia intenta mentalizarse para superar el inmenso dolor. Se dice a sí misma que ese es el precio para desnudar la esencia de las cosas. Las noticias le llegan tarde o son confusas. En 1944 recibe la noticia de la muerte de su primogénito. Cuando le comunican —por error— la de su marido dice no sentirla casi. No siente piedad por nadie: “El egoísmo del dolor es más absoluto que el egoísmo de los que son felices”. “De joven me gustaba repetir: pienso, luego existo. Ahora podía decir: sufro, luego vivo”. Hubo momentos en los que la vencía la desesperación: “Señor, envíame una pulmonía, la fiebre del delirio y luego la inconsciencia y la muerte”.

Cuando conoce al doctor Anton Walter —de origen alemán, el que acabará siendo su marido—, este tiene cuarenta y seis años. Los siguientes quince años, con algunas duras interrupciones motivadas por los caprichosos castigos, y con la definitiva que será la de la muerte de él, estarán juntos. Su amor y su admiración por él son infinitas: “He querido demostrar como un hombre como él, víctima de la más extrema crueldad, puede seguir haciendo el bien, tratando a los demás hombres como hermanos”.

Evgenia también trata de sostenerse sobre un principio de humanidad que ha de ser preservado. Ella, que en esos años, trabaja mayoritariamente de enfermera, ha de enfrentarse a pacientes odiosos, a quienes antes la han torturado: “Las piernas apenas me sostienen. Trato de vencer la náusea física y moral. ¿Salvarle para que luego lo fusilen? ¿Salvar humanamente a este ser que no tiene nada de humano?” Pero Anton siempre le responde: “Sí, en el hombre vive aún la bestia, pero al final el hombre acabará venciendo”. Ella calcula que se han muerto casi mil personas en sus brazos. Recuerda a Anton recorriendo todo el pueblo de Taskan, en busca de un poco de vino que quería tomar un moribundo antes de irse, o pasando toda una noche junto a la cabecera de la cama de un muchacho, solo porque este tenía miedo a la oscuridad. Algunos de los hombres que le habían hecho mucho daño, ahora, sabedores de su muerte inminente, le piden perdón. Ella se lo concede. Anton Walker tenía razón: “En cada corazón late un mea culpa y solo hay que saber cuándo prestará oído el hombre a esas dos palabras que han de sonar en lo más hondo de su ser”.

El 15 de febrero de 1947, obtiene por fin la libertad. Ello supone salir de los campos de reclusión, de los infectos barracones, de los trabajos forzados obligados, pero padecer el confinamiento en una determinada región, seguir en el punto de mira, exponerse a nuevas detenciones. Logra colocarse como maestra en una escuela infantil, pero vive insegura, se siente estigmatizada. A Anton le faltan seis años para cumplir su condena. Evgenia, después de tantos años de taiga, entra en una ciudad, en Mágadan. Allí se reencuentra con Julia. Vive con ella hasta que esta se casa. Es una habitación de ocho metros. La máxima amplitud de la que gozará, al cabo de mucho tiempo, será de quince. Trabajar con niños le supone un refugio contra la podredumbre de esa región, de Kolymá. Aunque los niños que le tocan son difíciles, pues son los hijos de los antiguos zeká, los que estuvieron deportados como ella. Son neurópatas, sobreexcitados y turbulentos, o bien silenciosos y abatidos. Sus compañeras le parecen más ingenuas que los niños. No saben nada de la realidad. Se tragan la propaganda oficial. Le toca enseñar canciones de adoración a Stalin. Monta un teatro inocente, pero le costará caro, por las siempre retorcidas interpretaciones. Tiene pocos amigos. Siempre tiene miedo a ser traicionada.

Los familiares que están con Vasia, su hijo menor, le informan de que tiene un carácter difícil. Le recriminan que no se reúna con él, pero no saben que ello es casi imposible. No obstante, se esforzará en intentarlo. Los treinta y cinco grados bajo cero de Mágadan son más difíciles que los de la taiga. El viento viene del mar. Por fin se reencuentra con Walter. Lo encuentra en muy mal estado. En la pierna tiene una úlcera trófica. Junto con la inmensa mala suerte que padece en esos años, tiene algunos golpes de buena fortuna. Una mujer le presta el dinero para que pueda venir su hijo. Otra se ofrece a acompañarlo. Cuando, al fin, llega su hijo: “No dormimos. Ni siquiera pensamos en el sueño. Nos apremió el deseo de conocernos” Desde los cuatro años no lo veía. Tiene ya dieciséis. Pero encuentra en él rasgos que indefectiblemente indican que son parientes. Sus gestos, los versos que se ha aprendido y recita. Ella se siente feliz “porque poseía en abundancia aquello que él quería que yo le diese”.

Antes, Evgenia había acogido a una niña del jardín de infancia, a Tonia, cuando tenía dos años. Finalmente, tras muchas dificultades y tiempo, la podrá adoptar oficialmente. Pese a los problemas que le dio en su juventud, no se arrepiente de haberse hecho cargo de ella. Pero la situación, aunque mejor, dista de estar normalizada. Los deportados tienen que hablar con los ciudadanos libres en terrenos neutrales. Y siempre está el miedo, el amenazante, descarado o subrepticio, terrorismo de Estado. “Todos los caminos conducían a la muerte como única esperanza de liberación” “Pero no pensaba en el suicidio y menos aún en la forma concreta de realizarlo”.

Algunos gerifaltes son buenos, sí.  Las señoras endomingadas son despreciables, sí, pero les tiene que agradecer que se hayan hecho cargo de su hijo cuando ella es nuevamente detenida, aunque esta vez temporalmente. Vasia tienen que volver al Continente para proseguir estudios en la universidad. A ella la expulsan del jardín de infancia por sospechar una pequeña falta ideológica. Tiene que presentarse a controles. No trabaja. Anton tampoco, pero encuentran empleos no oficiales. Aparece vivo su marido, pero ya, para ella, él forma parte de un tiempo superado: “Con mi primer marido, si no se hubiera inmiscuido nuestro amante Padre, no nos habríamos separado nunca. Pero en mi vida actual continuaba amando a Pavel como a un ser querido muerto”. Comprende a algunos de los funcionarios implacables: “Lo suyo no era crueldad sino el Gran Miedo de siempre”. Muere Stalin. Esperanzas precavidas, después de tantas defraudadas. Miedo al sucesor, aunque alguna confianza: “Porque era difícil ser más cruel no solo para un hombre sino para el diablo en persona”.

Tiene que dar clases a los oficiales, lo que le resulta especialmente duro. Intenta buscar una buena relación con ellos. Siempre está dispuesta al perdón. Antón le dice: “Admite que el odio no es tu fuerte. Te falta entrenamiento. No eres capaz de producirlo. Una cuestión de metabolismo”. Y ella le contesta: “No es cierto. Odio profundamente a dos contemporáneos: a Stalin y a Hitler”.

Finalmente, queda libre. Se siente afortunada porque no solo ha salido viva de Kolymá, casi indemne físicamente, “sino que he conservado un alma intacta, todavía capaz de amar y despreciar, de odiar y de entusiasmarse. Me invadía un sentimiento de gratitud. Dios mío, esto no es un sueño. Eres tú, Señor, quien me ha sacado de Kolymá. El don del agradecimiento es un don rarísimo y yo no soy una excepción”. “Durante mi calvario he visto decenas, tal vez centenares de doctísimos y muy ortodoxos marxistas que en los momentos terribles de su vida dirigían sus rostros descompuestos por el sufrimiento hacia Aquel cuya existencia habían negado categóricamente durante años en sus lecciones y en sus conferencias. Pero cuando habían logrado salvarse, ¿a quién le daban las gracias? No a Dios, desde luego, en el mejor de los casos a Nikita Kruschev, o a nadie. Así es nuestra condición”.

La sensación de la libertad es muy fuerte: “Un invencible vértigo se apoderó de mí. Realmente habían pasado dieciocho años… Mis mejores años se había deslizado como agua entre los dedos, engullidos por un sufrimiento monótono e insoportable. No, no podía ceder a la amargura que me devoraba. Al fin y al cabo, había regresado. Todavía quedaba delante de mí un buen trozo de vida, un fragmento de existencia que sería muy fecundo”. Finalizaba así ese periplo infernal, esa indeseable experiencia de vida que, sin embargo, iba a dotar a esta valiosa mujer de una sensibilidad amplia, sin prejuicios: “Se puede llegar a comprender, incluso a perdonar, a quienes el miedo ha traumatizado para siempre, a los que son incapaces de vencer el recuerdo de sus nervios. Yo misma tengo aún recaídas en el miedo”. @mundiario

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