Sobre Tránsito, la intensa y aforística última novela de Jesús Zomeño

Esta estructura tan parcelada permite al autor conseguir una intensidad que lo acerca, de forma sucesiva o fusionada, a lo poético, al aforismo, a la ficción o la anécdota biográfica.

Portada de "Tránsito", de Jesús Zomeño, y retrato del autor
Portada de "Tránsito", de Jesús Zomeño, y retrato del autor

De vez en cuando, a uno le apetece leer narraciones de factura novedosa, lo que siempre es un riesgo, porque puede pasar que la originalidad conseguida —que a veces no lo es tanto— oculte la precariedad de lo que se transmite. En las últimas semanas, me he sumergido en tres novelas de las que podríamos denominar experimentales, que utilizan métodos de escritura novedosos, porque retuercen algunas normas del lenguaje, imitando la poca pericia o el escaso orden argumental de los protagonistas del relato. La primera fue Del color de la leche, en la que la británica Nell Leyshon logra muy bien su objetivo, que es el de explicar verosímilmente una historia desde la eficaz pero imperfecta redacción de una joven que acaba de dejar de ser analfabeta. Un caso parecido es el de la novela de Jon Fosse, Trilogía, en la que, junto con los toques de incorrección estilística o de puntuación que se ajustan a la simpleza intelectual de los personajes, hay una muy bien conseguida intensidad, fruto de la mezcla de tiempos, realidades  e imaginaciones, y espacios.

Con Tránsito (Contrabando, 2023), de Jesús Zomeño, he encontrado otro caso claro de novela construida con el afán de transgredir formatos infinitamente exprimidos. Es esta la tercera del autor, y me parece no solo la más original, sino también la más lograda. Y es que sus características habituales persisten, como ese tono inconfundible, un tanto flemático; o la ironía oscura que se nutre a menudo de lo vergonzosamente triste o de lo macabro. Pero, esta vez, el relato está continuamente fragmentado en unos párrafos que van desde la media línea a no más de seis, que recogen el espontáneo pensamiento interior del protagonista, un hombre que viaja en tren, en un recorrido siempre nocturno, en el que escasamente pueden vislumbrarse partículas de un exterior que apenas importa, porque lo que ocurre de verdad es lo que se vive en la mente observadora, imaginativa, y hasta jocosamente fantasiosa, del viajero.

Esta estructura tan parcelada le permite al autor conseguir una intensidad que lo acerca, de forma sucesiva o fusionada, a lo poético, al aforismo, a la ficción o la anécdota biográfica. Lo aforístico muchas veces está ligado a la imagen: “El hogar es una lápida donde siempre está escrito lo que seremos en la vida”. “Silencio. La culpa es un grifo que gotea”. El  pensamiento íntimo del protagonista se revela como apenas moral y nada escrupuloso. Es un hombre que vive dentro de sí una ancha libertad que deriva en afirmaciones etéreas, nacidas de agudas miradas, de recuerdos fugaces, de hipótesis gozosamente improbables, de reflexiones tan rápidas como tal vez certeras. En algunos momentos, los rasgos singulares de su discurso me recuerdan al discurrir pessoano: “Nunca he arriesgado por no equivocarme, he preservado el orgullo a toda costa. No he buscado si antes no encontraba, no he querido a quien no me amaba y odio a quien dejó de quererme. Por eso viajo solo”.

A través de su deshilvanado pensamiento, vamos conociendo a este personaje. Intuimos que es un hombre solitario, alguien que ha perdido cualquier esperanza de encontrar a un congénere salvable, incluso en él mismo. Sus semejantes son motivo de sorna, de callada denuncia o de tristeza. Sabremos que ese viaje tiene como uno de sus objetivos el de pedirle el divorcio a su esposa. Ese hombre no cree en el amor como solución segura: “Es posible que el suicidio sea culpa, en este caso, del núcleo estriado, esa otra parte del cerebro que se activa con el amor”. Tampoco en la pureza de los valores: “No existe la inocencia, sino la distancia que nos hace inmunes”. No vale la pena ningún esfuerzo porque todo está perdido de antemano: “Mi aspecto es de alguien sin lucha interior, aun a costa de vivir sin ningún atractivo”. La verdad mejor revelada es la del despeñadero al que nos lleva el sufrimiento: “Nos falta perspectiva para apreciar a largo plazo adonde nos conduce el dolor”.

En sus divagaciones, a veces repara en sucesos acaecidos fuera de ese terrible presente encerrado en el asfixiante ámbito del vagón. Recuerda a sus curiosos padres (todo ser humano resulta curioso para su creadora mirada). De él, dice: “…porque nunca quiso obligaciones, mucho menos ser fiel a sí mismo”. De ella: “Por tanto como la quería, no recuerdo mucho más de mi madre. Casi la he olvidado en legítima defensa”. El epígrafe final menciona un título y su autor como referencias: La noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz: “Qué noche tan oscura y confusa, donde pierden la consistencia fronteras, cuerpos e ideas”. En verdad, esos ojos, ese pensamiento, son incapaces de ver cualquier esperanzadora luz: “No existen finales felices, del dolor solo nos libera el final”. La realidad es muy dura y solo puede combatirse con una inofensiva pero prisionera libertad del pensamiento: “Da lo mismo que fuera verdad o mentira, es tarde para comprobarlo. Mejor no obsesionarse, el cerebro no construye la materia”. Todo vale, porque ya no hay valores sino necesidades: “El tren avanza de noche frente a casas y lugares que no vemos, aunque podamos imaginarlas y darles forma, así practicamos la mentira”. Es la pataleta del desgraciado: “Mentir es una protesta, una rebelión contra la realidad”.

El protagonista es tan honesto consigo mismo, con las frescas verdades, que es reacio a admitir las concepciones que resultarían sugerentes, embellecedoras: “Estoy haciendo un viaje interior. No obstante, encontrarse a uno mismo es una falacia, uno vive alejándose de sí mismo al hacer camino”. Aspirar a la sabiduría es poco menos que una estupidez: “La confusión es lo más humano que existe, lo demás es soberbia”. El único atisbo de solución, de huida de lo estéril, vendría no de un acierto propio si no de una confluencia arbitraria: “Y merecemos equivocarnos de tren, llegar a un lugar que no hayamos previsto, donde empezar de nuevo”.

Uno de los leitmotiv del relato es la relación del protagonista con la novela de Stevenson La isla del tesoro. Una novela que, cuando niño, como no se la pudo comprar, iba leyendo en los ejemplares que tenían sus amigos: “Nunca terminé de leer el libro porque no tuve los amigos suficientes”. Y su lectura es una asignatura pendiente que va dilatando en el tiempo. En realidad, descree de un posible final feliz, de lo que parece prometer el título: “Después de haber dejado de leer La isla del tesoro, en prevención de que no hallaran la isla o no estuviese el tesoro, di por hecho que el barco naufragaba antes de llegar. Así zanjé utopías, fracasos y frustraciones”. Tanto quiso evitar la decepción de una historia, que se ha volcado en su entrega a la vida, pero: “El tesoro estaba en el libro, donde lo dejé, y no en la vida que no he sabido leer”.

Estamos ante un viaje espeluznante: “El insomnio se nutre de delirios y el tren los atraviesa”; dentro de un trayecto marcado por estaciones que figuran en los mapas, cuyos fantasmagóricos rótulos lee, pero que resulta poco creíble si no es como alegoría: “Me pregunto por el interior de qué intestino viajamos”. Y, con el final del itinerario, no sabemos si terminará la “noche oscura del alma” que ese hombre angustiado atraviesa: “Creo que vivimos en el cielo, aunque no lo creamos, el infierno debe ser aún peor”. En definitiva: “El infierno es siempre una pregunta sin respuesta porque así es como uno se tortura desde dentro”.

Se completa así una novela, cuyas noventa y nueve páginas albergan una intensidad propia de géneros más escuetos y precisos, la densa sustancia de las obras más inspiradas. Jesús Zomeño ha anunciado que Tránsito es la primera entrega de una proyectada tetralogía. Quedamos a la espera de que los nuevos volúmenes prosigan este decir tan exploratorio, atrevido y concentrado; aunque esas virtudes, esta vez, hayan servido para mostrarnos los más tenebrosos extravíos, los más desesperanzados. @mundiario

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