Sobre Línea continua, de Ada Soriano: en busca de la ingravidez poética

La poesía de Línea continua transita por los senderos de una levedad latente, asentada en los espacios contiguos a la realidad, aquellos que albergan una dimensión puramente poética.

Portada del libro Línea continua y retrato de su autora, Ada Soriano. / Mundiario
Portada del libro "Línea continua" y retrato de su autora Ada Soriano. / Mundiario

El nuevo libro de Ada Soriano, Línea continua (ARS POETICA, 2023), supone una apuesta total por una poesía libérrima, desatada de cualquier tipo de corsé, buscadora de la desnudez más elocuente. Y sale plenamente airosa del envite, porque aquí, a ese “don de la sencillez profunda” que había encontrado en su poesía otras veces, añade la gran posibilidad que le da un cauce continuo, abierto, integrador, el de un largo poema dividido en estrofas que resultan de auténticos fogonazos de la memoria, porque estamos ante un libro autobiográfico que se sostiene sobre el maleable esqueleto de unas miradas inmersas en los océanos de la sensación.

La poesía de Línea continua transita por los senderos de una levedad latente, asentada en los espacios contiguos a la realidad, aquellos que albergan una dimensión puramente poética. La autora recorre los orígenes de su ser, se adhiere a las más significativas sutilezas. Sus versos, a veces, remiten a poetas que la han conmocionado o a pilares de la mitología que explicarían la primigenia incidencia de lo poético en un alma llamada a buscar la transparencia de todo devenir. Lo que va naciendo en su voz son recuerdos, instantes sueltos, evadidos de cualquier dominable cronología, evocaciones en las que caben también los versos arraigados, adquiridos, de Anne Sexton, Emmy Hennings, Dylan Thomas, o Apollinaire, en un vaivén que agita el poema, fundiéndose la experiencia lectora en la voz de la vivencia personal.

El recorrido que hace alrededor de sí misma nos muestra sus incursiones en los momentos que se le presentan relevantes, los que han permanecido en los rescoldos de la original emoción. “Cada espacio que piso / es un acierto o una torpeza / que se estanca en algún lugar / de la memoria”. Y cada estrofa es un pellizco a un instante de vida, un acercamiento que inquiere una imagen reveladora, la oportunidad de vencer la reticencia de alguna escondida significación. Cada imagen es la aparición de un regreso, la floración de un secreto germinal. El mundo que Ada Soriano describe es el que subyace en los meandros de su sentir, a través de un paralelismo que la refleja en su ser transversal, a la vez tan próximo y tan remoto.

A menudo, los versos describen una escena onírica, plena de simbolismos, traspasadora de meras realidades, como si removiendo la lógica de lo natural penetrara en el fundamento que está detrás de las apariencias. “Me adentro en el fulgor / de una playa de oro / y en el lenguaje / de un campo de tulipanes. / El hombre que dormía / en su barca deja los remos / y toma la azada. / El hombre que dormía / en su barca traza un sendero. / Bajo su vientre exhibe / un ramo azul. / El amarillo le quema la mano. / El rojo es para quien promete / amor eterno”.

En este largo poema, se suceden las imágenes de lo etéreo, de la ingravidez que sostiene precariamente al ser sobre sus quebrantos, que traspone la pesadez de cualquier conclusión precipitada. Muchas de esas imágenes hacen referencia a un envolvente mar, a las algas, o a las flores en el agua estancada. “El mar es una estación / de reencuentros, / una sucesión de espejos. / Fuimos proyectados / de un vientre hacia otro vientre / en un follaje de corales”. Pero no solo el mar. Su ser se transmuta sucesivamente, alienta en formas que remiten al centro de su sentimiento: “Soy en la inquietud / de un ave que despierta / en las altas cumbres, / y salto, / vuelo, / planeo / sobre los verdes corazones / que tiemblan / bajo la cordillera celeste”.

Su franco discurso se ciñe a las muestras de lo que parece endeble, pero es aquello que guarda en sí una infinita explosión. Viaja a los orígenes, al nacimiento, al padre y a la madre, como precursores a los que a veces hay que oponerse con extrañeza: “Mi no personal / y mi extrañeza”. Son visiones suspendidas sobre el tiempo, que parecen contener en sí mismas todo un transcurso, la ilación de unos puntos que delinean una llamada, una voz que reordena los sentimientos. A veces lo autobiográfico recaba en las estaciones de la realidad, y otras se difumina en el rastro de un largo desplazamiento. Lo onírico, la imaginación, van penetrando en ese escenario abierto a la totalidad, donde cualquier imagen procede de un sentir muy real, de una acción que transcurre en el espejo de los abismos: “Y me vi palpando el anochecer / con las palmas de mis manos”.

Ada Soriano se busca a sí misma en las composiciones que la dejen suspendida sobre los hechos concretos, que la alcen hacia la salvación —aunque esta sea triste— y la resitúen en el centro de una catarsis. Pero es difícil enfrentarse a lo vivido cuando la posición pertinaz es la lacerante: “Sentada en mi mecedora / los recuerdos se suceden / y me asedian”. Los versos sitúan al yo poético de la autora en una letanía exploratoria. La voz avanza iluminando recovecos de un trayecto que descubre paisajes como sueños fidedignos de una huella sucesiva. Se deja llevar por el señuelo de una evanescencia, la caducidad de la débil luz de la noche, un acceso que se cerrará hasta ser inspirado nuevamente, en otra propiciadora ocasión.

El libro finaliza con una pieza, “Los ojos del cazador”, independiente pero plenamente integrada en el sentir que atraviesa el poemario. Es este poema una llamada desde las estancias de la oscuridad en las que se presienten todas las amenazas, las de esa presencia devoradora de todo ser débil, acorralado. “¿No advertís la vacua sonrisa burlona, / la enmascarada invisibilidad?” Una llamada que busca a los seres queridos para mostrarles ese desmoronamiento que le sucede, esa caída que solo encuentra asidero en el atisbo de una posible restauración: “Qué largo recorrido / entre la caída de la noche / y la amanecida, / los sueños que se filtran / y el sueño que yo anhelo: / ser en mi ser superación / para sentir / translúcida / el impulso”.

Termina así esta Línea continua, de Ada Soriano, que es la honda y bella descripción de un mundo interior rebosante de recuerdos, de afectos, de luz tamizada y de punzante oscuridad, de gritos susurrados que preguntan qué es esa opresión que ahoga el puro respirar, de miradas a esos espacios invisibles en los que bulle un reflejo inopinado. Es este libro una dura inmersión en la que se espera flotar sobre las simas de una pasión anhelante y turbadora. @mundiario

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