Sobre El niño de la manteca, de José Antonio Muñoz Grau

Portada del libro El niño de la manteca y retrato de su autor.
Portada de "El niño de la manteca" y retrato de su autor. / Mundiario
Lo que predomina en la sociedad que se nos describe es la sombra del miedo, factor decisivo en la configuración de cualquier estado totalitario, especialmente si es reciente.
Sobre El niño de la manteca, de José Antonio Muñoz Grau

En El niño de la manteca (Editorial Caligrama, 2023), José Antonio Muñoz Grau vuelve a situarse en ese tiempo antiguo, en torno a la República y la Guerra Civil, acerca del cual viene indagando en las distintas novelas que ha publicado. En este caso, se centra más concretamente en el de la posguerra recién estrenada, y en unos personajes mayoritariamente rudos, arribistas, agregados a una ideología totalitaria, apremiados en su forma de ser por una época asfixiante de cualquier indicio de libertad salvo la relativa de quienes lograban subirse a algún pedestal del poder. Y junto a estos, otros hombres y mujeres que apostaron por la valentía de preservar un espacio personal y solidario desde el que combatir ese clima de plena degeneración moral.

La novela se sostiene sobre unos diálogos que remedan perfectamente la, a menudo, tosca presencia de unos hablantes a los que se les añade un punto de singular perspicacia, siempre arraigada en las formas más populares. Esas voces quedan hilvanadas por unos comentarios que nunca son rutinarios o simplemente funcionales, que introducen esas intervenciones buscando, sin descanso, el recurso literario de la metáfora o del símil, la descripción visual de unos sentimientos, a veces teñida de humor o de sarcasmo: “Juan pierde por momentos el color de su mirada; es ya un hombre sin presencia”, “fuera la ventisca es un guirigay de cuervos con las plumas de agua”, “los saludos se repiten puntillosos pero tenues, como carámbanos de otro frío”, “cerrando el puño como si pretendiese arrugar la conversación”. Pero, frente a este lenguaje refinado del narrador, el hablar zafio o, como mínimo desabrido, de unos protagonistas en los que no se intuye paz alguna, verdadera conformidad con una existencia siempre violentada: “Y allí está don Ramón de los cojones”.

El niño de la manteca es una novela escrita desde la crudeza necesaria para describir un tiempo y unos ámbitos en los que triunfaba la oficial apariencia de la virtud, frente a la perversión que subyacía en cada vida desdoblada. El ensañamiento con ese orden inmoral se ceba particularmente en los representantes de la Iglesia. Aunque hay que decir que se salva a la religión original, la auténtica, la que pervive en el corazón de los fieles, y disiente de la monstruosa y oficial desvirtuación a que es sometida. En el primer capítulo ya nos encontramos con un Monseñor Bigastorza, que muestra su instinto asesino cuando ordena a un sargento —como si fuera su superior, animado por el poder absoluto que se le ha conferido a los representantes de un rancio catolicismo— la muerte de un preso por el solo hecho de que se está quejando de tener que arrastrarse entre los muchos centímetros de nieve. Es un hombre sin piedad. De estos curas se dice —tanto por parte de sus enemigos, como de sus cómplices o beneficiarios— que sus rezos son para dar órdenes a Dios. Se sabe que son los que bendicen el paredón, porque han creado un Dios adulterado que les permite fusilar al prójimo.

Muñoz Grau insiste en el carácter denunciante de sus novelas. Si la corrupción abunda desgraciadamente en nuestra sociedad actual, en aquella de la posguerra era prácticamente su seña de identidad; eso sí, nunca declarada, nunca sugerida como detrimento de un mensaje hipócrita, del de aquella supuesta reserva espiritual de occidente de ridícula vocación imperial. Contemplamos en primer plano una corrupción que parece transversal en todos los estamentos, pero que se ceba, como he dicho, especialmente en la Iglesia, con sus representantes tan abyectos, como en este relato lo son el cura y el obispo, urdidores de una trama de apropiamiento de terrenos que implica al alcalde y a otros personajes adyacentes, arrimados a esa ventajosa depravación.

Y, si en la anterior novela, Amores sotánicos, el tema venía a ser la primera denuncia ocurrida en España contra un cura pedófilo, a principios de los años treinta, ahora también se incide en la perversión sexual. El cura se ha hecho instalar mirillas en el prostíbulo desde las que observar las evoluciones de los clientes con unas prostitutas que vienen a ser mucho más decentes que los teóricos representantes de un moralismo que solo brilla en su huera imposición oficial. Así tenemos a ese padre Búbeda que utiliza la confesión como un interrogatorio, que lleva incrustada la Cruz de San Benito en su arma. Por otra parte, está el Niño de la Manteca, que es hijo de una prostituta, el encargado de recoger la manteca como lubricante, como si fuera el precursor de la mantequilla que luego utilizara Marlon Brando en París. Un joven que actúa como enlace entre las mujeres y el corrupto mundo de los hombres.  

La trama, que se desarrolla básicamente en 1940, se verá favorecida por algo que nos suena más reciente y que es esa licencia concedida a la Iglesia para realizar las inmatriculaciones que se le antoje. Según el autor, estamos ante unos personajes reales, debidamente maquillados, aunque la historia concreta es de ficción; un relato que deviene en un thriller histórico, o novela negra, en la que, en su parte final veremos ir cayendo a los mafiosos casi como si tratara de la novela de Agatha Christie Los diez negritos.

Como también apunta el autor, no es esta una novela de amor sino de amar. Porque es finalmente el amor de unas mujeres a la verdad, a la genuina decencia, el que forzará la única posible justicia en aquellos momentos, la de la venganza, la aniquilación de los ciudadanos putrefactos, en un intento de restaurar una situación no abusiva en Oriolet, esa población que es en parte trasunto de Orihuela, aunque con una característica tan distinta como la de que durante las navidades de ese año, durante los días decisivos del relato, la población ha quedado prácticamente aislada por una tormenta de nieve.

Lo que predomina en la sociedad que se nos describe es la sombra del miedo, factor decisivo en la configuración de cualquier estado totalitario, especialmente si es reciente, si tiene que apuntalar unas jerarquías que se quieren inamovibles, aunque sus beneficiarios pueden resultar permutables si no defienden con ahínco el orden opresor que impera sin opositores a los que se les permita rechistar.

Muñoz Grau dijo en la presentación del libro en Orihuela que estaba preparando una obra de teatro, y me parece que hace muy bien. Sus novelas, si antes las veía cinematográficas, en esta también se aprecia su posibilidad dramatúrgica. Podríamos estar ante una obra que no se podría representar por su extensión, pero que el público podría disfrutar por la gracia de unas voces muy bien diferenciadas. El niño de la manteca es una novela que retrata magníficamente, sin ambages, una época particularmente oscura de nuestro país, en la que las corrupciones no estaban presentes en los partes que emitía la radio, pero sí que emponzoñaban cada rincón de unas existencias que, a duras penas, podían encontrar un rincón de libertad, un lugar no sometido a la voracidad de una moral falsa, de una ideología obtusa, arrasadora de cualquier resquicio de sana libertad. @mundiario

Sobre El niño de la manteca, de José Antonio Muñoz Grau
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