Sobre La ceguera del murciélago, la última novela de José Antonio Corrales

Desde un primer momento, Atanasio siente la imposibilidad de su rehabilitación. Es un hombre que está marcado por sí mismo y por la sociedad.

Portada de La ceguera del murciélago y retrato del autor.
Portada de La ceguera del murciélago y retrato del autor.

En su nueva novela, La ceguera del murciélago, (Atlantis Ediciones, 2023, José Antonio Corrales Ponce de León vuelve a sumergirse en esos ámbitos ciudadanos degradados, en donde habitan, como en una reserva, seres irremisiblemente extraviados en su falta de expectativas, propensos a la degeneración, fatalmente abocados a alimentar su propia desgracia. Y lo hace, otra vez, desde una mirada no enfáticamente comprensiva, pero sí abarcadora de unos graves datos que no puede obviar nuestra sensibilidad. En esta historia, Corrales se centra más intensamente en los avatares del personaje protagonista, que es asimismo el narrador de la terrible historia que nos quiere contar desde su particular forma de sentir; pero aquí lo hace sin juicios que lo exculpen, sin demandar compasión, solo como quien, desde su introspectiva mirada, expone su terrible caso sin análisis, pero con detalle, mostrándose tal cual es a quienes lo contemplamos desde el horror.

Así, cediendo la palabra al propio protagonista, accedemos a esa descripción hecha desde adentro, desde su pensamiento constreñido por la ofuscación y la inmediatez que a cada paso lo aborda. Estamos ante un joven, Atanasio, que ya desde niño rechaza la ubicación que le ha tocado en el mundo: su familia, el barrio donde vive, y hasta su propio nombre, que le suena a “Adefesio”, por lo que finalmente consigue hacerse llamar Tana entre sus conocidos, como si eso lo pudiera aliviar de quien parece destinado a ser, un joven rodeado de desprecio, de agresiones directas o indirectas, y de indiferencia. Su familia es de esas de las que, desde la atalaya de la salvación, se suelen divisar etiquetadas con la sabia denominación de desestructuradas. Un padre borracho y agresivo, y una madre que acabará ingresando plenamente en la locura; una hermana, Engracia, que momentánea, milagrosamente, se salva, pero acabará siendo víctima de la demencia de su madre. Y la descripción de las familias vecinas no es mucho mejor, como la de esa chica, La Chari, de la que él está secretamente enamorado, pero que caerá, junto a una amiga, en las redes de dos desaprensivos que las humillarán sexualmente, dejándolas embarazadas, destinadas a una vida ya para siempre respirada con un asco infinito, con la inútil sed de la autodestrucción.

La inserción entre los diferentes capítulos de lo que viene a ser un informe clínico, psicológico,  del protagonista, en el que fría, analíticamente se describe su carácter y su temperamento; en definitiva, aquellas pulsiones que lo dominan, los precipicios por los que se siente convocado, funciona como un contraste brutal entre esa visión de los que están a salvo de esas fatales derivas personales y el reducido mundo de Atanasio, inducido por todos los golpes recibidos, estrechado por tanta invitación al error.

Después de nueve años en prisión, Atanasio reingresa en el ámbito de la libertad, pero le da miedo la incertidumbre que esta supone. Baraja la posibilidad de cometer algún delito que lo devuelva a aquel entorno al que finalmente se había aclimatado, en el que son mucho menos posibles sus fatales errores y no tiene que luchar peligrosamente por su manutención. Y es que lo que irá encontrando afuera será la realidad global ineludible, o bien el pequeño mundo por el que se siente atraído, desde el odio, pero también desde cierta rudimentaria sentimentalidad; al fin y al cabo, es su ámbito más familiar, donde creció, el lugar en el que, aunque no sea verdaderamente querido, al menos no es contemplado solo como un hombre tan patético como peligroso del que haya que huir.

Desde un primer momento, Atanasio siente la imposibilidad de su rehabilitación. Es un hombre que está marcado por sí mismo y por la sociedad. Lo nota en el pánico, en la distancia del taxista que lo recoge a la salida de la prisión; en los policías que no atienden el hecho de que ya esté limpio, de que ya ha cumplido la pena por los graves delitos que cometió, y lo sigan viendo como un delincuente sin remedio, imagen ajena de la que no se puede desembarazar, que funciona en él casi como una provocación, que refuerza su ya indudable sospecha de que nunca le será posible salir de ese submundo, único lugar donde podría ser alguien, aunque penoso, al fin.

El relato adopta esa doble perspectiva. La del joven Atanasio que describe su propia vorágine de sinrazón, y la de ese informe oficial que analiza los compulsivos movimientos, las abruptas palabras, de alguien que se mueve en un laberinto sin solución. En ese documento se dice que el preso tiende a echar toda la culpa de sus acciones a la sociedad. La novela no toma partido por ninguna de las dos posiciones tan alejadas. Le toca al lector deducir si ese entorno tan inconveniente, que lo ha rodeado desde sus primeros días, es suficiente para que Atanasio quede exento de responsabilidad por los graves daños que ha ocasionado y no puede dejar de producir; y si es digno de lástima o del mayor desprecio, de la mayor y más vengativa sanción.  

La narración nos describe sus primeras veinticuatro horas en libertad, ese periplo confuso, ese sentimiento de expulsión hacia un mundo en el que Atanasio pierde el control de sí mismo, en el que tiende a acercarse al vértigo de su perdición. Lo primero que visita es el cementerio, para ver la tumba de su hermana. Después se acerca a la casa familiar, aún precintada por el horrible crimen que su madre cometió. Y luego va en busca de aquella chica que imaginó amar, de La Chari, que, según le informan, ha caído en el máximo envilecimiento, en la droga y la prostitución. No recibe un verdadero afecto de quienes va encontrando. Lo reconocen, pero no parecen alegrarse de su vuelta. La máxima muestra de amistad se la ofrece Mortadelo, que lo invita a heroína, a usar sexualmente a su pareja, y le presta dinero. Pero a Atanasio hace tiempo que se le olvidó el ejercicio de la gratitud, tal vez porque traduce todos los actos de quienes lo rodean a la verdad de una relación solo cómplice y precaria.

El choque con la realidad de La Chari es brutal, no ya por lo que esta ha degenerado, hasta resultar irreconocible con respecto aquella adolescente que tanto adoró, sino porque ahora lo rechaza sin ambages. Su reacción es siempre brutal, enormemente desproporcionada. La viola, como luego matará a uno de esos colegas de la abyección, o a un viejo que encuentra en un solitario parque, que se niega a darle el dinero que le pide. Es una fuga hacia adelante, hacia la muerte, porque se sabe perseguido. Pero él solo está dispuesto a entregar su cuerpo inerte, pero nunca más su vida propicia a sufrir la humillación. En los últimos momentos rememora los tiempos antiguos de su niñez, esa vida aún capaz de la belleza que se extraviaría en los túneles más oscuros.

Con La ceguera del murciélago Corrales ha crecido sobre la ya considerable altura que había alcanzado en sus libros anteriores, y nos ofrece un relato sin altibajos, sin digresiones, centrado en una historia concreta, en la que encuentra muchísimos matices, que nos pinta desde la extraordinaria paleta de sus palabras, desde una narración intensa, trepidante, humanizada por la voz de un protagonista que pareciera dirigirse a nosotros desde una lugar ultramundano, ya superada la obligación de la vida; pero omitiendo cualquier tentación de prejuiciosa subjetividad, plasmando una realidad cruel, la de su mente y la del mundo que lo mira sin esperar nada bueno de él.  @mundiario

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