Theodor Kallifatides y el padecimiento de la xenofobia
“¿Cómo reaccionaba la realidad sueca a mis intentos? ¿Los aprobaba? Mas bien todo lo contrario, como si le pareciese que yo estuviera pretendiendo engañarla haciéndome pasar por no extranjero”.
El escritor, de origen griego, Theodor Kallifatides (1938), ha desarrollado toda su obra en sueco, la lengua del país que lo acogió en su juventud. En los últimos años se han traducido varios libros suyos al castellano, entre los cuales hay algunos de carácter pura o novelescamente autobiográfico. Leí hace un par de años Otra vida por vivir, que me gustó, y ahora otro libro similar, de reflexiones creadas a partir de sus experiencias, Un nuevo país al otro lado de la ventana (Galaxia Gutenberg, 2023), que también he disfrutado, por todo lo que sensiblemente me ha transmitido.
Este libro, aunque se ha publicado ahora, por las referencias que va dejando el autor en sus páginas, debió escribirse en torno a 2002. Está compuesto por pequeños capítulos que refieren pasajes significativos de su vida, y todos en una misma dirección, en la de averiguar quién ha sido en relación a la situación anómala —a menudo conflictiva o distorsionadora— que le ha tocado vivir, la de un emigrante que lo es —pese a su pleno esfuerzo de adaptación—desde que, en 1964, en tiempos políticamente difíciles en Grecia, previos a la dictadura, decidiera emigrar al país escandinavo. La primera experiencia que tiene con el idioma sueco la vive una tarde en la que, en Atenas, participa en una manifestación. Para refugiarse de la policía, entra en un cine. La película que se exhibe es El manantial de la doncella, de Bergman. En la misma queda seducido por las características que aprecia de esa lengua en principio tan extraña.
La anécdota que narra en el primer capítulo trata de ser una particular explicación de lo que es el padecimiento de la xenofobia. Cuando ya lleva bastantes años residiendo en Suecia —y estando casado con una nativa, y con sus hijos plenamente integrados—, una mañana sale a trabajar a su despacho. Lleva una gorra calada hasta los ojos, una bufanda, y el paraguas casi pegado a la cabeza. Dice que así no lo reconocería ni su mujer. Pero, de pronto, se encuentra con un hombre que lo interpela: “¡Desaparece, turco de mierda!” Ante hechos así, Kallifatides se pregunta: “¿Qué importancia tiene lo que yo me sienta si todos alrededor de inmediato se dan cuenta de que no soy sueco y algunos con gusto me enviarían de regreso a mi pueblo?” Aunque, por otra parte, viendo más detalladamente a ese hombre, su penoso aspecto y su cobardía —“obviamente no era un vencedor en la eterna lucha por un puesto al sol”—, se puede deducir uno de los rasgos de los xenófobos más recalcitrantes: “Ya no le queda nada. Solo una cosa: que no es extranjero. Es sueco, tiene el derecho a pisar el suelo que pisa. Es su último derecho y nadie se lo puede quitar”.
Habla con bastante amargura de una situación que debiera haberse superado: “Después de treinta libros escritos en sueco continúo siendo un escritor emigrante, un extranjero con criterios y expectativas peculiares. ¿Me duele? No especialmente. Solo me impresiona lo difícil que puede ser aceptar y ser aceptado”. Y es que, pese a todos sus esfuerzos, sigue sintiendo un rechazo: “¿Cómo reaccionaba la realidad sueca a mis intentos? ¿Los aprobaba? Mas bien todo lo contrario, como si le pareciese que yo estuviera pretendiendo engañarla haciéndome pasar por no extranjero”. Ello le ha llevado muchas veces a disimular su procedencia, a sentir vergüenza de hablar ese idioma en público: “Millones de personas emigrantes y refugiados viven en ese desconcierto, incapaces de orientarse tras haber perdido la brújula del yo”.
No ser plenamente aceptado puede ser un drama, porque: “No vivimos ni actuamos según la opinión que tenemos de nosotros mismos, sino con las reglas de la sociedad y el lugar que en ella ocupamos”. Pero la adaptación es difícil. Ese idioma que él ha amado, que le ha servido de vehículo a su expresión literaria, configura, sin embargo, otra forma de pensar. Dice haber intentado durante mucho tiempo traducir a Cavafis, pero para acabar desistiendo: “Se puede traducir una palabra de una lengua a otra, pero no se puede traducir un universo a otro universo”.
Hay diferencias difíciles de salvar. Hay tópicos: “En Suecia vivimos para trabajar mientras que en Grecia la gente trabaja para vivir”, le dice un sueco, y le molesta. Pero él mismo reconoce: “Los suecos usan la carga del trabajo para evadirse y los griegos la diversión”. Y hay otros aspectos: “Lo que nos diferencia es la enorme necesidad que el sueco tiene de mantener una distancia física con el otro”. Pero lo curioso aquí, es que él encaja en esa sociedad en este aspecto: “En lo personal, no tuve problemas con ese rasgo del carácter sueco. Mi familia en Grecia siempre opinó que yo era huraño y retraído”. Reconoce que, si uno no quiere sentirse demasiado excluido: “No puedes vivir como griego en Suecia. Si lo intentas, vivirás al margen. Puedes conservar tu Grecia dentro de ti. No hace falta que olvides tu lengua pero tienes que aprender la lengua extranjera”. Esa adaptación mutua deseable, esa convivencia social sin fisuras, precisará de bastantes décadas para que se produzca. “En términos generales, reímos por cosas distintas pero lloramos por las mismas”. ¿Cambiará eso alguna vez? Si hay alguna posibilidad, es la de intentar conseguir una tan equilibrada como ardua fusión, en la que prevalezca un respeto mutuo, la exigencia de unos principios básicos comunes, sobre los que se favorezca la conciliación de las distintas culturas.
Kallifatides va desarrollando todas estas reflexiones a través de unos preciosos y sucintos relatos, en los que narra encuentros y reencuentros, con personas, con paisajes, con su pasado. Lo que necesita es saber de dónde proviene, qué vientos lo han llevado hasta el momento actual, y a qué nuevos lugares pueden empujarlo: “Tener idea de qué determinó nuestra vida, de por qué fue como fue, es tan necesario como el viento para el navegante”. “Todos los investigadores coincidían en que la mitología de una persona es el mayor apoyo que esta tiene cuando la vejez se acerca. Y sobre todo si está en una país extranjero”.
Y es que esa condición de extranjero ha resultado decisiva en la visión de la vida: “Es innegable que hay una diferencia entre amar en tu idioma y amar en otro idioma. No tienes más que un alma y esa alma tiene su idioma. Viviendo como extranjero tienes que aprender el nuevo idioma con el alma, pero no es tan fácil, porque el sentimiento sigue algunas huellas, unos esquemas que están fuera del idioma”. Pero, para el que no tiene más remedio que vivir como extranjero, no hay solución: “Cuando finalmente ya no eres extranjero allí, te vuelves extranjero para ti mismo, de manera que eres extranjero en todos los lados”.
Los griegos que conoce, que emigraron como él, ahora se sienten extranjeros también en su propio país. Dice Kallifatides: “En condiciones normales, los padres son las raíces de sus hijos. Pero cuando eres extranjero, los hijos se convierten en tus raíces”. Esperemos que sea así, que los hijos no padezcan el apellido o los rasgos heredados, que no tengan que hacerse perdonar su remota procedencia, que el ser humano venza esa pulsión xenófoba que lo convierte en mezquino y que tanto puede hacer sufrir a personas inocentes, víctimas de su origen, que están dispuestas a una integración que no tiene por que erradicar sus mejores raíces, a un ejercicio de buena ciudadanía del que adolecen muchos miembros de la población autóctona. @mundiario


