La potencia de escribir de Leila Guerriero en Teoría de la gravedad
Guerriero hace de cada columna un artefacto de expresión literaria que linda con el poema en prosa o con el microcuento. Su única constricción es la del tamaño.
Descubrí a Leila Guerriero escuchándola leer sus propios textos en el programa A vivir que son dos días, de la cadena SER. Su fuerza literaria me pareció merecedora de una más pausada atención, de la lectura interior que propicia un libro. Es una pena que, en algunos casos de articulistas destacables, de los que se centran en una temática intemporal, desde una de vocación literaria, no se pueda encontrar una recopilación de su obra en un volumen. Afortunadamente, ello no ocurre con esta autora. Enseguida pude adquirir su Teoría de la gravedad, que reúne los artículos que publicó en El País entre 2014 y 2019.
Lo mejor de esta escritora y periodista argentina —y de los medios que se lo permiten— es que, en sus columnas, se otorga la máxima libertad. La usa para crear textos que nada tienen de sumisión a los formatos habituales del artículo, ni siquiera a los de tratamiento más laxo que se publican en los suplementos. Guerriero hace de cada columna un artefacto de expresión literaria que linda con el poema en prosa o con el microcuento. Su única constricción es la del tamaño, pero, dentro de ese número de palabras impuesto, es capaz —ya desde una primera línea— de alcanzar una sutil elocuencia que, incluso, suponiéndole unas gotas de ficción, la sentimos como plenamente veraz y rotunda.
Y es que una de la características de estas columnas es la sensación de intensa visceralidad, la concentración, mediante palabras certeras —poco o nada previsibles— e impactantes ritmos, de un sentir prioritario, que valoramos como atrevimiento, como profunda honestidad. Cada una de sus frases está pronunciada desde una insobornable pasión, desde una intimidad que explota expandiéndose, abrazándose a cada lector. Su mirada hacia sí misma y hacia lo que la concierne ahonda en los detalles significativos, interpreta cada mínimo suceso como alteración que establece las llagas de la propia aventura vital.
Si otros buscan en el artículo literario el tema común, forjando una mínima singularidad frente a los parámetros generales, ella parte de su visión más personal, aquella nace de la experiencia o de la encendida reflexión que no tiene que coincidir —o no puede— con la que tienen los lectores, porque no hay en ella lugar para la vaguedad, sino siempre una búsqueda del definido matiz sentimental propio, una descripción de una vivencia que se percibe como inédita. Sin embargo, su voz nos llega como una irrupción necesaria, como un decir que transgrede lo sabido y nos acerca a territorios que nos seducen por su secreta proximidad.
En muchos de sus artículos, cita los versos que les incumben, los que se asoman como correlato de las sensaciones que ella misma expresa. Abundan los de autores célebres, como Louise Glück, Joseph Brodsky, o Elizabeth Bishop; pero también los de poetas sudamericanos poco conocidos en España, o de prosistas como Faulkner o D.H. Lawrence. Son citas que incorpora como componentes de sus vivencias, que no las necesitaría para dar mayor relevancia a sus textos pero que marcan su enlace con la cultura que la ayuda a identificarse.
Su prosa no argumenta, no explica, solo disuade de rancias interpretaciones, se aparta de lánguidas retóricas y avanza estrenando un discurso que traza aquello que es lo más real, los secretos repliegues del ser, aquellos que ocultos moran en el lugar que está más allá de lo evidente. Y lo hace siempre con palabras audaces, con frases descubridoras. La forma de encarar las columnas sugiere siempre originalidad, fuerza irrumpida desde el inicio de su voz. Curiosa es esa serie de “Instrucciones” que va numerando. En ella encontramos las palabras que simulan dirigir los pasos de un receptor, que es un ser humano, pero que bien podría ser un automatismo que lo imitase, porque refleja muy certeramente esas actuaciones comunes en las que todos caemos, que apenas matizamos personalmente, y que nos encierran en lo que parece un previsible e ineluctable proceder. Son las instrucciones para aplicar unos recursos que, en el mejor de los casos, pueden reportarnos una sensación de relativa levedad. Son las pautas para cumplir con un escenario que puede ir desde lo meramente aceptable hasta lo más formalmente terrorífico, hasta el más vertiginoso destino: “Las mentiras encerradas en un cuarto oscuro son, ahora, gatos dementes que arañan la puerta. Pregúntese: `¿Quién es esta mujer?´. Sepa que todo está perdido”.
Y, en esa constatación del proceder común que a ella misma le afecta, de las distracciones, las ocupaciones en que parece sumirse gustosa u obligada, ella misma se sorprende, porque se sabe interiormente distinta, afectada más allá de los resortes que configuran su ser notorio, traducible a la sola construcción de la personalidad: “¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? ¿No deja de ser asombroso?”
A veces, relata, sucinta, profunda, encuentros personales, de los que les saca el jugo esencial, los momentos más elocuentes, sin que resulte necesario que conozcamos nombres, ubicaciones, el grado de realidad: “Y él me sonrió con comprensión y malicia y a mí me dieron como tres segundos de pena y dos de rabia y nada más”.
Teoría de la gravedad es un libro extremadamente jugoso, un sucesivo acopio de libertad expresiva que puede disfrutarse en las pequeñas dosis aisladas en que fueron presentadas en El País, o en bloques de tantos artículos como nos pida una lectura que siempre estimula y nunca defrauda. @mundiario


