Las melancólicas reflexiones sobre morir y vivir de Mark C. Taylor
Reflexiones sobre morir y vivir. Notas de campo desde otra parte es un libro que busqué inmediatamente después de leer que el poeta José Luis Zerón lo mencionaba con entusiasmo en la selección de sus diarios A salto de mata. Lamentablemente, como tantos títulos importantes, este está descatalogado, pero, a través de una red de bibliotecas, he podido acceder a su lectura. Así pues, mi indirecta recomendación caerá esta vez en el saco roto de los libros desaparecidos, pero espero, como siempre, que este artículo contenga la virtud de atesorar, al menos, algunas ideas importantes, algunas impresiones de la lectura que merecerían ser perennes.
Es curioso que Mark C. Taylor titule así su libro; de una forma, para mí, menos previsible. No emplea los sustantivos muerte y vida sino los infinitivos del verbo correspondiente; y, además, menciona antes el morir que el vivir. Casi cualquiera lo hubiera hecho de otro modo, pero este pensador, filósofo de las religiones, ya expresa sus intenciones desde un título que, en el original, tiene invertido el orden de las dos frases. Pues la primera es la de Notas de campo desde otra parte. El autor nos dirá luego: “Otra parte no es tanto un lugar como una condición que hace que todo lo que había parecido familiar resulte completamente extraño”.
Lo de que el morir preceda al vivir viene a cuento de una infección grave que padeció Taylor y que lo puso ante las orejas del lobo. Se salvó de la muerte a pesar de las escasas probabilidades que se le dieron. Pero también hay otras muertes en estas páginas, como las de sus padres, sus hermanos o algún amigo. A partir de su extrema experiencia, a través de la escritura, realiza un recorrido por su vida, una seria meditación acerca de lo que es comparecer en los días, y su ineludible vínculo con la presencia propia, así como con la naturaleza y los congéneres; una reflexión, en definitiva, sobre la perplejidad interiorizada, sobre la fragilidad de la existencia.
El libro se divide en cincuenta y dos capítulos, cada uno de los cuales incluye dos temáticas relacionadas, bajo los epígrafes “a.m.” y “p.m”, el día y la noche, buscando un contraste de perspectivas, de relaciones a veces opuestas. Y en cada uno de sus capítulos encontramos insertadas fotografías que ilustran su pasado: el de sus ancestros o el de objetos con los que ellos o él mismo se han venido relacionando.
Durante bastantes momentos, recurre al pensamiento de Soren Kierkegaard, la mayor parte de las veces para reafirmarse en él, aunque alguna vez también para refutarlo. Y es que Taylor no se siente lejos de esa presunción de la angustia del escritor danés. Por otra parte, su condición de filósofo de las religiones, no lo acerca a expresarse con los modos de ninguna de ellas, sino que parece que se empeñe en obviarlas. Incluso llega a narrar una experiencia de sentirse fuera de su cuerpo, situado sobre el techo de una sala de urgencias de un hospital, pero no le confiere a este hecho la sospecha de la trascendencia, como hacen otros relatores de ese paso primero en sus ECM (Experiencias cercanas a la muerte). Aunque bien es cierto que él no pasa de ahí, que rápidamente regresa a su cuerpo. Solo habla de Dios una vez, y no precisamente para erigirlo como remedio ante las desgracias: “Si hay un Dios, Él no siempre trabaja para los mejores”.
Taylor actúa como un observador reflexivo y un tanto desconcertado: “Las experiencias que se recogen en este libro no dejan casi ninguna duda de que las paradojas y las contradicciones constituyen la propia materia de nuestras vidas”. Su libro es una sucesión de pequeñas historias significativas: “Las historias sin hechos son posibles, los hechos sin historias no lo son”. Y las que nos narra son casi siempre las de momentos que lo han conmocionado o siguen haciéndolo, las que lo han entristecido, aunque no enfatiza en exceso su contundencia trágica, sino que se aviene a cierta aceptación. Aquí está muy presente la enfermedad: una grave diabetes, un cáncer detectado, la grave infección mencionada, las cataratas, y hasta un accidente. No se nos ahorran ciertos sentimientos que invaden dolientemente al lector, como en los que parece confesarse o estar mostrándonos una realidad de la vida habitualmente renegada: “¿Aún estás leyendo?”
De su infancia, nos habla del impacto de haberse enterado de la existencia de un hermano dos años después de que este muriera. Nueve años antes, había nacido Brendt, un niño afectado por un grado máximo de síndrome de Down, al que los médicos confinaron en un hospital de por vida, debido a su salud extremadamente precaria. Su padre lo visitaba semanalmente, pero, para la familia, era como si ese ser no existiera. Su madre no llegó a verlo nunca. Se negó a ello. Incluso en el entierro, exigió que no se abriera la tapa del ataúd. Y Taylor se pregunta: “¿Ella lo amaba? ¿Lo odiaba? ¿Lo rechazaba? Debió de imaginárselo, ¿cómo no podría hacerlo? ¿Qué veía o temía ver?”
Su madre muere tras diez años de padecer Alzheimer. Su padre queda completamente consternado, por lo que su hijo lo acompaña durante varios días en aquella tristísima y reciente soledad. En su casa, alguna noche lo oye llorar sin descanso: “Noche tras noche, los gemidos volvían y aun así no se dijo nada. O quizá lo que tenía que decirse se dijo al no decir nada”.
Después, lo visita frecuentemente: “Sé que el disfruta de las visitas, pero también me doy cuenta de que teme las despedidas”. “Cuando lo miro, se hace más pequeño, no solo más delgado, sino más pequeño”. “Sé cuánto significan para él mis visitas, y aun así me resultan difíciles. Es deprimente, terriblemente deprimente verle luchar contra la edad”. “¡Cada vez me doy más cuenta de que todas las partidas son atisbos de la inevitable partida hacia la cual nos movemos inexorablemente”.
Otras muertes que quedan impresas gravemente en la memoria del autor son las de dos suicidios. Uno de ellos es el de la hija de unos amigos, que lo había tenido todo pero incurrió en la insatisfacción banal, en el temerario recurso de las drogas. Taylor acusa a sus padres de haberle dado demasiado. Y, por otra parte, el suicidio de su amigo Hartley, que se pega un tiro meses después de haberse quedado parapléjico tras un infarto, un hombre que había gozado especialmente de la práctica del deporte. Sus últimos encuentros con él son cada vez más difíciles: “En aquella época lo conocía lo suficientemente bien para oír lo que no estaba diciendo”. Pero no podía ayudarlo: “Sin embargo, no sabía qué hacer porque entendía la profundidad de su desesperación y me daba cuenta de que toda la esperanza que yo le pudiera dar sería una mentira”. Y la esperanza es una de las reflexiones que más me ha llamado la atención. No cree mucho en ella para sí mismo, pero, pensando en los demás: “La esperanza es un deber, una obligación. Debo a los que vienen después de mí el regalo de la esperanza. Pero esta esperanza debe ser honesta”.
Cuando habla del resentimiento, nos dice: “El único remedio a la amargura es aceptar que la vida no nos debe nada, absolutamente nada, ni tan solo la propia vida”. Y en cuanto a la felicidad, deduce esto de su experiencia: “La alegría verdadera no es la de la felicidad de los que han nacido una vez, sino de los que han renacido, de quienes pasan por la noche oscura del alma sin ir más allá de ella”. Como se ve, conoce a San Juan de la Cruz. A menudo utiliza la metáfora de la noche. A lo largo de sus reflexiones, insiste en que no hay solo una noche, sino dos, “una noche más allá de la noche”, expresión que me remite al poemario de Antonio Colinas.
Taylor no cree en purezas absolutas sino siempre en una mixtura de sentimientos, a veces contradictorios: “La felicidad que no está matizada por la infelicidad es trivial, y la alegría que olvida la melancolía es superficial”. Y no podemos fiarnos de lo que creemos no ver en los demás: “La melancolía más profunda es invisible a los ojos de los otros”. Y es que es complicado alcanzar un estadio en el que nos sintamos invulnerables: “La satisfacción no satisface, y el final esperado con entusiasmo resulta decepcionantemente vacío”. No cree en las bienaventuranzas, en un sentido o una reparación para después: “A veces el mal es lo que es y nada más, a veces el sufrimiento no tiene ninguna razón de ser. No hay ninguna lección para los oprimidos y es muy poco honrado decir que sí la hay”.
Otras de sus reflexiones son acerca de su propio yo, de ese misterio siempre parcialmente insondable, sobre todo si se pretende el autoexamen directo: “Por más que lo piense o lo analice nunca puedo conocerme a través de mí mismo, sino que siempre debo llegar a mí mismo en y mediante otro”. Porque: “¿Y si cada persona alberga una interioridad que no puede alcanzarse?” Pero las relaciones humanas también pueden engañar o desvirtuar al ser verdadero: “Hace tiempo que creo que la medida de un hombre es lo que hace cuando cree que nadie lo mira”. Y nos explica: “Estoy abandonado al tiempo que siempre me está abandonando. Nunca tengo tiempo. Él me tiene a mí”.
Las reflexiones de Mark C. Taylor son las de quien, durante más de sesenta años ha recorrido muy diversos paisajes de la vida y ha tenido ocasión de conocer el dolor en toda su profundidad, de a quien le queda la sensación de que apenas puede aprenderse nada sino poco más que la aceptación. Su pensamiento es de una enorme honestidad. Nunca se hace trampas a sí mismo. Nunca nos engaña. “Cuanto más ves, menos sabes, y cuanto menos sabes, más se va formando la duda en el mismo momento en el que en teoría debería haberse borrado. Si nunca puedo girarme suficientemente deprisa para verme a mí mismo viéndome, ¿podré jamás conocerme a mí mismo? Y si no podemos conocernos a nosotros mismos, ¿cómo podremos conocer a los otros?” Reflexiones sobre morir y vivir. Notas de campo desde otra parte es un libro que nos deja un regusto melancólico, que nos presenta las verdades en toda su dura desnudez, pero sobre las cuales podemos hacer prevalecer la belleza desde una actitud sensible, desde un valiente intento de dignidad, de humilde sabiduría. @mundiario


