La grandeza de Dostoyevski en Los hermanos Karamazov

Son diversas las subtramas que afluyen sobre el relato principal, todas ellas desarrolladas con una precisa y brillante escenificación, con unos diálogos inmejorables.

Portada de Los hermanos Karamazov y retrato de Dostoyevski, por Vasili Perov
Portada de Los hermanos Karamazov y retrato de Dostoyevski, por Vasili Perov

La grandeza de Dostoyevski reside en el firme desarrollo de sus múltiples recursos literarios. La resumiría en los siguientes rasgos fundamentales: su capacidad para proyectar un complejo mundo espiritual, su pensamiento honesto, el conocimiento del alma de los hombres, cuyas particularidades asigna a unos personajes muy bien delimitados —aunque no por ello menos contradictorios en sí mismos—, cuya misión en el relato es la de encarnar una posibilidad elocuente dentro de un tejido de relaciones revelador de la lacerante imperfección humana.

Los hermanos Karamazov, su última novela, tiene el sello característico de su autor, pero en un modo más extendido y más ambicioso. Y es que esta novela iba a ser la primera parte de una obra que recogiese todo su pensamiento, pero su muerte impidió que se prolongase. Y uno se pregunta, ¿podría habernos mostrado algún añadido relevante a toda esa inmensidad de sutiles detalles de la condición humana que, hasta ese momento, había logrado transferir a las páginas de sus novelas? Seguramente que sí, aunque no podamos imaginarnos cómo. Aquí, el genio ruso insiste en ese mundo de personajes extremos, plenamente apasionados, víctimas de tribulaciones a menudo insolubles, de temperamentos irrefrenables.

Se dice que Dostoyevski cobraba tres rublos por página escrita, lo que, en otro escritor de menor talento —o en un guionista de algunas series televisivas de hoy— hubiera dado lugar a redundancias, digresiones incoherentes y una inevitable reducción del nivel de calidad, pero en él apenas se puede encontrar un momento de desfallecimiento. El hecho de que la novela fuera publicándose por entregas —como era habitual entonces—, yo diría que la favorece, pues la ordena en capítulos que casi siempre parten de puntos distintos del relato, evitando así escenas demasiado largas; que sí las hay, pero en menor medida, y de manera justificada. Entre estas estarían el largo juicio de la parte final, que es un prodigio, una exhibición de cómo desarrollar una escena judicial que presenta un doble objetivo: por una parte, la dilucidación de la culpabilidad en el parricidio de Fiodor Karamazov; y, por otra, el análisis de la psicología de los personajes, de su implicación y de su encaje en lo biográfico y en lo social.

También abarca varios capítulos la conversación que sostienen Iván y Aliosha —los hermanos menores de Dmitri— y que da lugar a uno de los debates filosóficos y espirituales que, de forma más o menos explícita, ocupan buena parte del libro. Iván es el segundo de los tres hermanos, y representa al ruso de tendencias occidentales, que roza el nihilismo y se abraza a una especulación intelectual a la que se aferra para alejarse de cualquier idea impuesta, como pueda ser la de Dios. Aliosha, es el hermano más joven, de apenas veinte años, monje en un monasterio de la ciudad, y que, según nos indica ese curioso narrador, que tan pronto se muestra omnisciente como un ciudadano que atestigua unos hechos en los que ha sido un espectador más, es el héroe del relato. De hecho, en este personaje, Dostoyevski descansa del caos de esa gran mayoría de controvertidos seres humanos que lo rodean, y le asigna las virtudes de la pureza, la bondad, la comprensión y una inflexible franqueza. No es casualidad que el nombre del personaje fuese el mismo que el de su pequeño hijo de tres años, que había muerto al principio de la redacción de la novela, víctima de la epilepsia que había heredado de su padre. 

En esta larga conversación que mantienen Aliosha e Iván, prevalece la exposición de ideas del segundo, lo que lleva incluso a digresiones como el relato de “El gran inquisidor”, en el que se plantean los grandes conflictos de la religión cristiana, el problema de una iglesia que ha de apaciguar el dolor de sus fieles. Este relato en el que Iván inventa un regreso de Jesús a una Sevilla del siglo XVI arrasada por la Inquisición, se ha interpretado —entre otras cuestiones importantes— como una crítica a la iglesia católica. Sin embargo, creo que Dostoyevski tampoco encuentra perfecciones en la ortodoxa, y a la hora de describir el monasterio donde vive Aliosha, no se calla algunas anomalías. Entre estas, se da la muy reticente aceptación de los monjes de una figura impuesta, la del starets, una especie de santo o gurú que reside en el monasterio, que tiene ciertos privilegios como el de recibir al pueblo para darle sus sabios consejos.

A este religioso, llamado Zósimo, también se le da voz en varios capítulos, en lo que es una descripción de su filosofía espiritual: “Hermanos míos, no temáis el pecado; amad al hombre aunque sea pecador, pues así seguiréis el ejemplo del amor divino. Amad a la creación en su conjunto y a cada uno de sus elementos. El ser humano lleno de amor es una fuerza temible con la que ninguna otra se puede igualar […] Padres míos, ¿qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar”. El starets pronostica la vida de Aliosha, lo sitúa fuera de esas paredes, en medio del mundo, y el más pequeño de los Karamazov toma estas palabras como un mandato: “Tendrás muchos adversarios, pero hasta tus enemigos te querrán. La vida te traerá muchas penas, pero tú encontrarás la felicidad incluso en el infortunio. Bendecirás la vida, y, lo que es más importante, obligarás a los demás a bendecirla”. Pero Zósimo tal vez fuera un muy buen hombre pero no un santo, de lo que se alegran su adversarios, al comprobar que, cuando fallece, no solo no permanece incorrupto, sino que su proceso de putrefacción se origina antes de lo habitual.

Son numerosos los personajes de la novela que están muy bien retratados, individualizados en su tonalidad vital. Dimitri es el primogénito, un hombre de fuerte temperamento, un alma oscura y extraña, que odia a su padre Fiodor, y que se define así: “Soy un Karamazov, porque cuando caigo al abismo, caigo de cabeza… Soy un hombre maldito, vil y degradado, pero beso el borde de la túnica de Dios”.  Cuando su padre haya muerto, dirá de él: “Me repugnaban su aspecto, su grosería, su jactancia, sus payasadas, su desprecio hacia todo lo sagrado, su ateísmo… Pero ya está muerto y pienso de otro modo. Lamento haberlo odiado tanto”. Por otro lado, Aliosha, siempre tan indulgente, le decía: “No es que seas malo, es que tienes trastornado el espíritu”. He aquí las muestras de comprensión que nos va dejando el autor.

El argumento principal de la historia nos sitúa en esa familia, residente en una población rusa ficticia, y en el conflicto entre los dos hijos mayores y el padre, derivados de un odio inveterado hacia él. (Hay que tener en cuenta que el padre de Dostoyevski era un hombre despreciable, despótico, cruel con la familia y sus sirvientes, quienes acabarían dándole muerte). Este conflicto se ve agravado por temas de herencia y por la embrollada relación que hay entre los tres y dos mujeres, Katia y Grushenka, esta última considerada una ramera.

Son diversas las subtramas que afluyen sobre el relato principal, todas ellas desarrolladas con una precisa y brillante escenificación, con unos diálogos inmejorables. Pero yo me quedo principalmente con todo lo que atañe a Aliosha, que es el principal aporte de luz, de esperanza, entre tanto entramado malicioso. Así, la actitud que va teniendo ante todos los seres humanos que encuentra hundidos en su zozobra. Él escucha atentamente los discursos incluso antagónicos, como los de su hermano Iván: “Si no hay inmortalidad del alma, no hay virtud, lo que quiere decir que todo está permitido”. O estos planteamientos tan interesantes, que no pueden ser despreciados, aunque su aceptación nos pueda suponer frustración y dolor: “En teoría, y siempre de lejos, uno puede amar a su prójimo; pero de cerca es casi imposible”; o esta afirmación que es preludio del existencialismo: “No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso”. Ante estas informaciones, esta es la actitud de Aliosha: “Antes de dormirse, oró por sus hermanos. Empezó a comprender la enfermedad de Iván: `Son los tormentos de una resolución altiva, de una conciencia exaltada”. “Y es que Iván no creía en Dios, pero la verdad divina se había impuesto en su corazón, todavía rebelde…”. “Iván tiene dos caminos: o elevarse a la luz de la verdad, o sucumbir al odio, vengándose de sí mismo y de los demás por haber servido a una causa en la que no creía”.

Hay en la novela —como en toda la obra de Dostoyevski en general— algo que la hace grande, y es esa ambivalencia con la que juzga —o mejor sería decir, respetuosamente observa— a sus personajes. Dmitri, en el juicio, dice de sí mismo: “El hombre que tienen ante ustedes tiene un corazón noble; ha cometido muchas villanías, pero ha conservado la nobleza en el fondo de su ser”. Es la mirada que quiere imponer el autor, el reconocimiento de que, aun en el ser más abyecto, en su fondo, habita un espíritu bondadoso que quisiera imponerse. La vida, en todo ser, en toda situación, es una mezcla de diferentes sentimientos y pulsiones, a veces opuestos. Por eso, el starets le dice Aliosha: “Sufrirás mucho y, al mismo tiempo, serás feliz. Esta es tu vocación: buscar en el dolor la felicidad”. Y es que en el ser humano habita más de un yo, lo que queda patente en el muy revelador encuentro de Iván con su doble, quien no deja de ser su propio demonio.

Una de las líneas más significativas del relato —y la que, a la postre, lo concluirá— es la relación de Aliosha con Iliúcha, un niño al que conoce una tarde, andando por la ciudad, y a quien defiende del ataque de otros niños que, sin embargo, se lo agradecerá mordiendo su mano. Posteriormente, quedará desvelado ese misterio, se sabrá que fue Dmitri quien había vejado a su padre, y esa era la causa de su vergüenza, de su dolor y de su rencor. Aquel día, Iliúcha se había abrazado a él llorando: “¡Cómo te ha humillado, papá!” Aliosha, en su afán siempre comprensivo y reconciliador, querrá conocer a ese hombre, al capitán Snieguiriov, del que dirá: “Se veía en él al hombre que vivía desde hacía tiempo en una sujeción forzosa y estaba ávido de hacer de las suyas, o, mejor todavía, a un hombre que ardía en deseos de golpearnos, aunque temiendo nuestros golpes. En sus expresiones y en el tono hiriente de su voz se percibía un humor extraño, unas veces maligno, otras tímido, intermitente y desigual”.

Más tarde, conecta con aquellos niños que acosaban a Iliúcha, especialmente con Kolia, que ahora lo visita cuando ya está gravemente enfermo, en esa casa golpeada por la miseria y por la enfermedad. Kolia le dirá a Aliosha: “Oye, Karamazov: tú te has aliado con todos estos rapazuelos para influir en la nueva generación, para formarla, y, de este modo, prestar un servicio a la humanidad”. Y así es. Aliosha, que se ha salido del convento según el mandato del starets, habrá de dedicar su vida a sembrar la concordia, a crear momentos hermosos, llenos de bondad: “Aunque estemos veinte años sin vernos y cualquiera que sea nuestro futuro, debemos recordar el momento en que hemos enterrado a nuestro querido Iliúcha, a ese compañero al que apedreasteis un día y después disteis todo vuestro afecto… Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno”.

Y sí, así es ese “héroe”, del que el autor, en su Prefacio, nos dice que quiere convencernos de que lo es, aunque dude de que pueda conseguirlo. Para entender lo que nos quiere decir, hay que fijarse en esta afirmación: “Aunque le llamo `mi héroe´, sé que no es un gran hombre”. Es decir, que lejos de hagiografías inequívocas, Dostoyevski nos presenta un relato en el que se resaltan las virtudes del hombre, sin excluir en ninguna de sus páginas la conciencia de su lamentable pequeñez. Los hermanos Karamazov es una gran novela porque busca la ecuanimidad, todas las perspectivas, las comprensiones, desde una actitud de amor al hombre verdaderamente heroica, desde la superación de sus abrumadoras miserias. @mundiario

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