Concierto del No Mundo, de A.G. Porta: los diferentes planos de una ficción

Una prosa austera, meramente descriptiva, pero que construye muy afinadamente, frase a frase, siempre en presente, la trayectoria de unos personajes que se mueven en lo etéreo, en la soledad.

Portada de la novela Concierto del No Mundo, y retrato de su autor
Portada de la novela Concierto del No Mundo, y retrato de su autor

Acabo de descubrir, gracias a un amigo, a un escritor ya veterano, A. G. Porta (Barcelona, 1954), con numerosos libros publicados; un autor que mantuvo una amistad con Roberto Bolaño y que escribió una novela al alimón con él. Y lo he conocido a través de su excelente Concierto del No Mundo (Acantilado, 2005), una novela relativamente original por su temática, pues en ella experimenta con los diferentes planos o niveles de una ficción. En ese sentido, podría emparentarse con algunas otras, como Niebla, de Unamuno, o como Museo de la Novela de la Eterna, del argentino Macedonio Fernández, en las que a los autores no solo no les importa que sus personajes sean reconocidos en su composición puramente ficticia, y no como personalidades que puedan devenir reales en la mente del inmerso lector, sino que juegan con ese hecho. De la novela del vasco apenas recuerdo su desarrollo, pero sí de que me hizo pensar y que me divirtió; pero de la segunda he de decir que, pese a que encontré a menudo admirable el ingenio profusamente desplegado por el autor, se me atragantó la lectura en bastantes momentos. Esa tan descarada ausencia de verosimilitud, que ni siquiera preservaba en los personajes algún rasgo de arquetipo reconocible, acabó por dejarme frío y desinteresado por una trama que de ninguna manera arraigaba en mí. Pensé que pudiera pasarme lo mismo con esta novela de Porta, pero, tras alguna duda al principio, no fue así; finalmente, terminó por cautivarme.

Y no era fácil del todo. Para empezar, el autor evita los nombres propios. Así, los personajes son: el guionista, la niña, el genio compositor, el joven director, la madre, el padre, la prostituta negra…; y los autores o las obras que se mencionan: el escritor que revolucionó la escritura del siglo XX, la obra capital del filósofo W., refiriéndose a Joyce o al Tractatus de Wittgenstein; o referente a la ciudad en la que se desarrolla la múltiple historia:  la capital del país vecino, aunque sea un reconocible París. Sin embargo, podemos encontrar en los personajes una individualidad bien coherente, pese a las rarezas de los mismos, las extravagancias de una personalidad en muy diferentes grados informada. En el caso de los protagonistas, los conocemos en un detalle que no nos salva de la incertidumbre con respecto a sus futuras acciones, pues se mueven en ámbitos mentales en los que se prioriza la libertad. En cuanto a los personajes secundarios, actúan como comparsas que, sin embargo, expresan una delimitación que nos hace identificarlos con caracteres que, de algún modo, hemos conocido en la realidad, o en el cine o la novela.

Sin solución de continuidad, el hilo del relato cambia de perspectiva, de sujeto, dependiendo de la oscilación entre los dos distintos personajes que ocupan la centralidad de cada momento narrativo. En principio —y lo digo así, porque en este relato nunca caminamos sobre un terreno seguro—, el personaje principal es un guionista, un hombre mayor, jubilado, orgulloso de su mata de pelo, pero profundamente decepcionado de la existencia. Lo seguimos en esas semanas que pasa en un hotel de la “capital del país vecino”, tratando de escribir un guion, inmerso en una soledad patética. Sabemos que periódicamente llama a su mujer, que no le coge el teléfono, y que, cuando se vea acuciado por apuros económicos, llamará a su hijo, que no le hará mucho caso, como tampoco su editor. Sus salidas lo son a un bar en dónde insiste en el infructuoso intento de ligar con la camarera, o al edificio de enfrente donde quiere conocer a la mujer que ve en la ventana, asustándola. Su único contacto físico es con una “prostituta negra” que soporta sus rarezas.

El guion que escribe narra las inquietudes de “la niña”, una adolescente de dieciséis años, que es concertista de piano, pero a la que se le ha metido en la cabeza que debe ser escritora. El relato habla de algo tan disparatado como la existencia de unos cazadores de extraterrestres quienes podrían estar habitando la Tierra sin saber que lo son. Es un delirio de esa chica perdida en una sensación de irrealidad, que trufa su relato con citas del Tractatus de Wittgenstein, en las que cuando el filósofo nombra el Mundo la niña lo traduce por el No Mundo. ¿Y qué es este No Mundo para ella? En algún momento dice que la estructura de la mente es la del No Mundo. “El No Mundo es todo lo que es el caso”, rectificando la cita del filósofo vienés. Y más adelante dirá que: “No Mundo es una forma de llamar a ese pensamiento que todo lo ocupa”. También se acerca a la idea de que la realidad de ese No Mundo sea un juego, o un sueño: “La vida, un juego. De otro modo sería insoportable. Si algo va mal, recuerda la niña, solo logra su pleno sentido como parte de un juego”. 

Pero es que, por otro lado, el guionista que está ideando la vida de esa niña (nunca estaremos seguros de si eso es así siempre, porque, por momentos, se despliegan varios planos de ficción que se interrelacionan, que convergen) está reflexionando, a su vez, sobre el sentido o la magia de su cometido: “A veces se pregunta si no escribe guiones para evitar las vidas de esos personajes que solo existen en sus sueños, personajes que él hubiera querido ser”. El guionista le habla a la niña del “método que utiliza para construir, peldaño a peldaño, una historia. Para ella lo que hace él no es más que justificar el camino”. “Puede que todo sea nada o todo sea un sueño, incluso puede que seamos un sueño, piensa el guionista”.  “Se siente satisfecho de haber avanzado en el discurso interior de la niña. Esa gran explosión de pensamiento que crece por el universo… Lo que le cuesta imaginar es la nada”.

Y es que, a lo que se dedica el narrador, el guionista, y la niña, con sus palabras, en esos tres niveles que asemejan el despliegue de una muñeca rusa, es a elaborar unos personajes que creen obsesivamente en algo que puedan distraerlos de sus reincidencias más acuciantes: “La niña representa esa parte obscena de uno mismo que solo puede verse desde la oscuridad y la decepción de la vida”. Para la niña, hay una realidad mental en la que todo es posible: “He leído que la posibilidad de ser Dios existe. Se consigue superando etapas hasta alcanzar ese punto en que se tiene a mano la posibilidad de crear un mundo propio”. La situación del guionista es la que está más sometida a una plano de la realidad más absorbente, a un escenario terrible que parece querer competir con el que él está elaborando.

Concierto del No Mundo, contrariamente a lo que hubiera previsto si alguien me hubiese contado esa novela como lo estoy haciendo yo ahora, es un relato que me ha resultado muy seductor. Me ha tenido permanentemente intrigado en ese desarrollo establecido por una prosa austera, meramente descriptiva, pero que construye muy afinadamente, frase a frase, siempre en presente, la trayectoria de unos personajes que se mueven en lo etéreo, en la soledad, en la perplejidad, en una imaginación que debe salvarlos de una vida incomprensible y difícil, la que quieren ensanchar y redimir exprimiendo los límites del lenguaje; porque, como dijera ese Wittgenstein que sigue la niña: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. @mundiario

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