Lolita, de Vladimir Nabokov, una de las cumbres de la narrativa del siglo XX

Portada de una de las ediciones de Lolita, y retrato de su autor
Portada de una de las ediciones de Lolita, y retrato de su autor
Sin arrepentimiento ninguno, Humbert trata de explicarse. Le dice al mundo que sus actos han sido movidos por una naturaleza propia imposible de rehusar.
Lolita, de Vladimir Nabokov, una de las cumbres de la narrativa del siglo XX

Si hace poco comentaba El retrato de Dorian Grey, y las intenciones que proclamaba Oscar Wilde, y valoraba su cumplimiento, ahora lo voy a hacer con otra gran novela, Lolita, en la que, fuera de sus páginas, su autor, Vladimir Nabokov, también expresaba su teoría literaria en términos semejantes: “Lolita no tiene rastro moralizante. Para mí, una obra de ficción solo existe en la medida que proporciona lo que llamaré lisa y llanamente placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma”. La diferencia es que aquí el escritor de origen ruso sí que cumple hasta la última página con ese precepto de no caer en el moralismo. Nabokov creó un personaje contumazmente perverso, con el que decía no identificarse en absoluto: “Mi personaje Humbert es un extranjero anarquista, y hay muchas cosas, además de las nínfulas, con respecto a las cuales no estoy de acuerdo con él”.

Lolita ha pasado a la historia como una novela escandalosa —por tratar con cierta explicitud una relación de un adulto con una menor— pero también como una obra con un poder literario excepcional, de una fuerza expresiva indesmayable, ya desde sus primeras palabras: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”. Y es que vamos  a asistir al relato de un hombre cuarentón, que ha centrado los últimos años de su vida en una pasión ineludible que no juzga en ningún momento improcedente, sino que acaso lo que considera que está mal es lo que no le viene bien: el juicio moral de la sociedad, a través de sus ciudadanos más entrometidos y de sus leyes.

Lo que leemos es el relato que Humbert hace de su pasión prohibida. En principio, se dirige a los miembros de un jurado, aunque luego, hacia al final, decide que esas memorias, esa confesión y apasionado homenaje a su adorada Lolita, habrán de llegar a un público mayor, pero con la condición de que ella ya haya fallecido. Es un texto que escribe en la cárcel, lleno de detalles, de datos, de comentarios sarcásticos, de repaso de momentos excitantes, de cumbres gloriosas o simas terribles. Su visión es de una estrechez egoísta en la que caben muchas sutilezas. Solo atiende a las necesidades de su deseo, y todo lo que las importuna son meros obstáculos que no merecen ninguna consideración.

Sin arrepentimiento ninguno, Humbert trata de explicarse. Le dice al mundo que sus actos han sido movidos por una naturaleza propia imposible de rehusar. En sus palabras, también hay un ansia de recuperación de la imagen de esa niña, de hacerla inmortal. Él es un europeo nacido en París, pero sus últimos años los ha pasado en Estados Unidos. Desde un primer momento, aborda el problema que intuimos que lo ha conducido a la cárcel, y que es su singular sexualidad. Aunque nos habla de una juventud de visitas a las prostitutas, y antes de una niñez en la que tuvo una relación amorosa con una niña —Annabel, una niña muerta prematuramente—, pronto pasa a explicarnos su anomalía: “Mientras mi cuerpo sabía qué anhelaba, mi espíritu rechazaba cada clamor de mi cuerpo”. Y es que ya para siempre había descubierto su tendencia sexual fatalmente prohibida, esa atracción por las niñas entre nueve y catorce años; y no por todas ellas, sino por las que él califica de “nínfulas”: “Su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca)”.  Es una atracción que ha de desvanecerse en pocos años, pues: “Dos años más y habría dejado de ser una nínfula para convertirse en una jovencita, y después en una muchacha, ese colmo de horrores”. Y es que él identifica dos sexos que no son el suyo. El de las mujeres, que le atraen poco: “Esa cosa lamentable y chata que es una mujer atractiva”; y el de las nínfulas, que lo enloquecen: “Ah, dejadme solo en mi parque pubescente, en mi jardín musgoso. Dejadlas jugar en torno a mí para siempre ¡Y que nunca crezcan!”

El lenguaje del que dota Nabokov a su protagonista es de una extrema intensidad. Casi nunca flaquea en su capacidad para realizar unas descripciones riquísimas, siempre sorprendentes, y lo hace en lo que considera una lengua mediocre, el inglés, sustituyendo a su idioma natural: “Mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa”. Durante algunos momentos de la novela he sentido que podría estar llegando a un punto en el que necesariamente su intensidad había de decaer, pero, aun en algún momento en que los pasajes de la historia podrían hacerle perder su máximo nivel de interés, el nutrido caudal del lenguaje empleado, la vehemencia de sus expresiones, hacen que no se interrumpa el alto nivel de goce de su lectura.

Humbert nos relata su atracción por esa niña que tiene doce años cuando la conoce: “La primera nínfula en mi vida que por fin estaba al alcance de mis garras angustiadas, dolientes y tímidas”. Considera su deseo como algo que lo dominaba y contra lo que no cabía ni debía luchar: “¿Por qué su modo de andar me excitaba tan abominablemente?” “Por entonces yo estaba en un estado de excitación que lindaba con la locura”. “Sofocaba contra su pecho izquierdo el último latido del éxtasis más prolongado que haya conocido nunca hombre o monstruo”. Son expresiones que manifiestan su lujuria, pero, aunque insinúa movimientos, escarceos, nunca nos presenta la imagen completa, nítida, que nos diría exactamente el alcance de lo que está sucediendo en su intimidad. No hay pornografía sino un erotismo que no se presenta como exento de cualquier otra consideración, sino insertado en ese espacio donde no sabemos si siempre se queda en las puertas de las prohibiciones más terminantes: “Me sentía orgulloso de mí mismo. Había hurtado la miel de un espasmo sin perturbar la moral de una menor. No había hecho el menor daño”. Nos dice Humbert con respecto a su mínima mención del detalle de sus relaciones eróticas: “No me interesa el llamado sexo. Cualquiera puede imaginar esos elementos de animalidad. Una tarea más importante me reclama: fijar de una vez por todas la peligrosa magia de las nínfulas”.

Para estar con su adorada Lolita, es capaz de cualquier cosa, incluso de casarse con su madre, Charlotte, con la que, distraído en el deseo que siente por su hija, no sintoniza sexualmente: “Y cuando por medio de caricias lamentables ardientes, puerilmente lascivas…”. “Lo que yo procuraba recoger con desesperación era el aroma de una nínfula mientras ladraba en el sotobosque de oscuras selvas marchitas”. La relación con ella es solo un medio para estar con su hija, pero sus planes son la de internarla en un colegio. Humbert la odia. Finalmente, sus obstáculos se resuelven cuando muere atropellada, al salir corriendo a la calle tras haber descubierto que su nuevo marido no la ama a ella sino a su hija. Enseguida saca del colegio a su adorada Lolita y se la lleva en una larguísima gira por los Estados Unidos. Ha conseguido apoderarse de su libertad, apartarla de otras tentaciones demasiado posibles en lugares como el internado donde estaba, lleno de chicos púberes como ella. Lolita es caprichosa como corresponde a su edad y a los extremados y anómalos mimos de su padrastro/amante. Finalmente, explotará contra él, se desprenderá de sus garras.

Cuando Lolita desaparece, el mundo privado que ha estado transitando con gozo y con temor, se le desmorona del todo: “Solo deseo dar la impresión general de una puerta lateral que se abre en pleno fluir de la vida, y de una ráfaga de tiempo negro y rugiente que sofoca con el latigazo de su huracán un grito de solitaria desesperación”. Entra en una fase de locura. Se relaciona con una alcohólica, pero lo que quiere es venganza, matar a ese hombre que los seguía por las carreteras, por los moteles, queriendo hurtarle ese tesoro que él quería en exclusiva todo el tiempo.  

Humbert trata de suavizar su desviada sexualidad: “No somos demonios sexuales. No violamos como los buenos soldados. Somos caballeros, tristes, suaves…” Está hablando de algo maravilloso que no conocen otros: “No hay en la tierra otra felicidad comparable a la de amar a una nínfula”. A veces juega con el lector, no pierde un sentido del humor tal vez preservado por su conciencia amoral: “Entonces tomé el revólver… Esa es la tontería que espera el lector. Pero no se me ocurrió siquiera”. A veces, cuando al principio se dirige al jurado, se muestra irreverente: “Frígidas damas del jurado…”. Pero también nutre su relato de expresiones poéticas: “A veces, en la noche monstruosamente caliente y húmeda aullaban trenes con agudeza lacerante y ominosa, mezclando el poder y la histeria en un solo alarido desesperado”. Humbert es un hombre egoísta sin fisuras, un misántropo que ve en cada ser un medio, o casi siempre un obstáculo, una ocasión para destilar sus ácidos comentarios. Solo cuando habla de su Lolita se enternece: “Oh permítaseme ser empalagoso una vez. Estoy cansado de ser cínico”.

Si hay algún arrepentimiento en Humbert, este lo relaciona con una cuestión práctica, no moral. De esta manera, queda herméticamente construido un personaje nada ejemplar, seguro de sí mismo, contrariado por la naturaleza de las personas, por las conclusiones de la sociedad. Lolita se erige así en una novela plenamente coherente, que, más allá de la moral, mantiene un brillante pulso con las resistencias de la literatura. @mundiario

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