El retrato de Dorian Gray o el espejo del alma

Portada de una de las muchas ediciones de "El retrato de Dorian Gray" y retrato de su autor
Portada de una de las muchas ediciones de "El retrato de Dorian Gray" y retrato de su autor. / RR SS.
Al penetrar de nuevo en las páginas de esta novela, pronto redescubrí sus grandes méritos, el denso tejido de momentos sustanciosos de que está conformada.
El retrato de Dorian Gray o el espejo del alma

El tema de El retrato de Dorian Gray —esa imagen pictórica de un joven que irá registrando el paso del tiempo y la degeneración de su alma, mientras su presencia carnal en el mundo permanecerá inalterable— es particularmente célebre. Tras unos cuarenta años desde mi primera lectura, al penetrar de nuevo en las páginas de esta novela, pronto redescubrí sus grandes méritos, el denso tejido de momentos sustanciosos de que está conformada.

Una cosa son los propósitos o la teorización que hace un autor sobre su arte, y otra es cómo definitivamente resulta su obra. En el “Prefacio” a este relato, Oscar Wilde enumera una serie de principios que tienen una clara intención provocativa: “Un libro nunca es moral o inmoral. Está bien o mal escrito. Eso es todo”. Una afirmación con la que yo estaría de acuerdo como directriz tanto para la creación como para una lectura no prejuiciosa. No obstante, esta novela, en la que dos de los tres personajes principales, se expresan o actúan de forma claramente amoral, acaba dando un giro en el protagonista, ese siempre joven y bello Dorian Gray, cuando empieza a verse poseído por la sensación de culpa, de terror incluso, ante las consecuencias de sus actos perversos. Con este derrumbe de la procaz fortaleza de Gray, se nos está indicando lo inevitable de la fatal deriva de una vida envilecida, la que ha sido revelada en ese espejo que es el retrato mágico que releja la sucesiva corrupción del modelo, el terco triunfo de una conciencia moral sobre cualquier intento de esquivarla.

También nos dice Wilde que “ningún artista tiene simpatías éticas”. Es cierto que la narración nos presenta los hechos tal cuales son, evitando un posicionamiento claro, aunque de esa simple cruda mostración —quizá porque la gran mayoría estemos constituidos como seres valoradores— no podemos sacar conclusiones muy diferentes de las morales. Wilde, sin embargo, demuestra ser un buen narrador al evitar la tentación de trasladarnos un inequívoco y simplista mensaje, al originar una red de contradicciones sobre la que poder movernos entre la duda, el asombro y lo reflexivo. Su afirmación de que “todo arte es completamente inútil” tal vez sea cierta si buscamos un objetivo más allá del placer estético, de la observación psicológica o filosófica de unas complejidades humanas concretas. De esta novela no vamos a salir habiendo descubierto ninguna nueva gran sabiduría, pero si habremos gozado de haber podido desnudar a unos hombres bien instalados en su cinismo, en la hipócrita sociedad aristocrática del Londres decimonónico.

De la novela, sin duda, el personaje que me parece más interesante es el de Lord Henry Wotton —o Harry, para sus amigos—. Si la ambientación de la novela nos introduce en la sociedad victoriana, lord Henry es el máximo representante de una inmoralidad que convivía con el oficial puritanismo. Basilio, el pintor, que es el hombre que aquí representa—por contraste al menos—, una cierta nobleza de espíritu, describe así a su “amigo” Harry: “Usted es un hombre extraordinario. Nunca dice nada moral, pero nunca hace nada malo. Su cinismo no es más que una pose. Usted quiere a todo el mundo, lo que equivale a decir que todo el mundo le es indiferente”. Pero, en realidad, lo ve como a un hombre muy peligroso, capaz de pervertir a un joven como Dorian Gray.

Lord Henry defiende a ultranza el esteticismo como valor principal: “La gente dice que la Belleza es a veces superficial. Puede ser, pero, por lo menos, no es tan superficial como el pensamiento. Para mí la Belleza es la maravilla de las maravillas. Únicamente los necios no juzgan por las apariencias. El verdadero misterio del universo es lo visible, no lo invisible”. Y, junto a la Belleza, por supuesto, el hedonismo. Dorian pronto quedará seducido por la actitud vital de ese hombre que hará que, por contraste, un hombre más ético como Basilio le resulte anodino: “Me dice cosas que me aburren. Me da buenos consejos”.

Lord Henry es un hombre casado que casi no ve a su mujer porque ambos asisten a fiestas distintas. Y un hombre misógino: “Tienen instintos maravillosamente primitivos. Las hemos emancipado, pero, a pesar de todo, siguen siendo esclavas en busca de su dueño. Les gusta ser dominadas”. O: “Ninguna mujer es genial. La mujer es un sexo decorativo”. O también: “Es muy inteligente, demasiado inteligente para ser mujer. Carece del indefinible encanto de la debilidad”.

Por otra parte, sus ideas sobre el comportamiento humano pretenden ser un desenmascaramiento de los motivos verdaderos: “La razón de que todos pensemos tan bien de los demás es que nos asustamos de nosotros mismos… Creemos ser generosos porque concedemos a nuestros vecinos la posesión de aquellas virtudes que pueden beneficiarnos”. Una afirmación que a mí me recuerda a las máximas de La Rochefoucauld, aunque las intenciones de este gentleman parecen mucho menos honestas que las del multidisciplinar aristócrata francés. Es como si lord Henry quisiera hacer una “transvaloración de todos los valores”, a lo Nietzsche, pero lejos de toda sistemática, simplemente atendiendo cada demanda de ingeniosidad.  

“Cuando nos sentimos felices, somos siempre buenos, pero no siempre que somos buenos, nos sentimos felices”, dice ese hombre que parece incólume ante los avatares de la vida, perfectamente sordo ante las llamadas de la propia conciencia. Ese hombre que le enseña a Dorian a ser como él, lo instruye en la insensibilidad, en la persecución de frutos desconsiderados. Así, cuando Dorian, enamorado de una actriz, Sibila Vane, finalmente la rechaza porque lo ha decepcionado delante de sus amigos, y esta se suicida por ello, demuestra una indiferencia sin fisuras, ser un alumno aventajado de ese Harry con quien esa misma noche acude a la ópera, como si nada hubiera pasado. Como nos dice el narrador: “Dorian Gray había sido envenenado por un libro (el que le había regalado Lord Henry). Había momentos en que consideraba el mal simplemente como un medio a través del cual pudiera realizar su concepción de la belleza”. Y muchos serán los damnificados por su compañía. Aunque Wilde no se recrea apenas en sus correrías, sabemos que se ha convertido en un hombre al que lo atrae lo sórdido y lo abyecto, el placer puro por encima de cualquier otra consideración. No vive más que en una discutible satisfacción: “Nunca he buscado la felicidad. ¿Quién la necesita? He buscado el placer”.

El lema de Lord Henry es: “Curar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma”. A lo que añade, por si hubiera dudas: “Admito que creo mejor ser bello que ser bueno”. La fortaleza psicológica que practica, para sobrevivir en la vaciedad del ámbito social en el que se prodiga, le impulsa a decir: “Lo único horrible en el mundo es el ennui, Dorian. Ese es único pecado que no tiene perdón. No hay nadie que no cambiase encantado su puesto por el de usted”. Pero esta conversación ya se produce en la fase final, cuando ese hombre eternamente joven en su apariencia, empieza a no soportarse a sí mismo, y por eso le responde: “No hay nadie con quien no quisiera no cambiarlo”.

Lord Henry se mantiene en su cínica y lúdica posición. Basilio le había espetado: “Sacrificaría usted a cualquiera, Harry, por hacer un epigrama”. Pero Dorian sigue desmoronándose. El peso que le ha quedado del asesinato del pintor, la vengativa persecución que siente por parte del hermano de la actriz, lo van mermando: “Quisiera poder amar…Pero parece que he perdido la pasión y he olvidado el deseo. Estoy demasiado concentrado en mí mismo. Mi propia personalidad se ha convertido en una carga para mí”. La moraleja que quizá hubiera querido evitar Wilde está muy clara y proviene de una frase del Evangelio que se cita en el relato: “¿De qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma?” Y Dorian —de algún modo, no explícitamente, pero derivado de su fuerte deseo— había vendido su alma al diablo. Había deseado que el tiempo de su vida no lo dañara en su aspecto, convirtiéndolo en un patético reflejo del incólume cuadro. Lo que no había previsto es que ese retrato se iba a convertir en una denuncia de su vida, que cada rasgo modificado de su rostro iba a corresponderse con la decadencia de su alma.

Hacia el final del relato, Dorian, corroído por su remordimiento, está a punto de confesarle a su amigo el crimen que cometió. Le sugiere que el desaparecido Basilio pudiese haber sido asesinado. Pero la respuesta de Lord Henry abunda en ese mundo paralelo, irresponsable, en el que vive: “Basilio, ¿para qué iba a ser asesinado? No era lo bastante inteligente para tener enemigos”. Y cuando Dorian llega más lejos en la sugerencia de que podría haber sido él el autor del crimen: “No está en un usted, Dorian, cometer un crimen. Lo siento si hiero su vanidad al decirle esto”.

Finalmente, Lord Henry, el hombre inmutable, se atreve a confesar alguna vulnerabilidad: “Tengo mis penas, Dorian, que ni siquiera usted conoce. La tragedia de la vejez no es que uno sea viejo, sino que uno ha sido joven”. Pero Dorian ha entrado en barrena. Y es que ahora ya lo sabe demasiado: “El alma es una terrible realidad. Puede ser comprada, vendida, cambiada. Podemos envenenarla y hacerla perfecta. Hay un alma en cada uno de nosotros”. @mundiario

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