Intimismo y corporeidad en el nuevo poemario de Ada Soriano

La poesía de Línea Continua resiste a los desastres de la vida para buscar en el amor un horizonte de exploración simbólica.

Portada del libro Línea continua y retrato de su autora, Ada Soriano. / Mundiario
Portada del libro Línea continua y retrato de su autora, Ada Soriano. / Mundiario

La poesía de Ada Soriano ha estado inspirada siempre por una renuncia al mundo como asidero de la creación poética, siendo el cuerpo y cuanto significa el espacio desde donde todo irradia. En su nuevo poemario, Línea continua, publicado por Ars Poética, su lenguaje adquiere los visos de una voz que ha encontrado en la intimidad del soliloquio una fulgente forma de estar en el lenguaje.

Alteridades, cuerpo, carnalidad, animales, la noche y las heridas se convierten en un recurrente imaginario que, en la poesía de Ada Soriano, bascula entre la fecundidad y la aflicción, como si lo fructífero, lo prolífico, la belleza, por ejemplo, residieran en la revisión de las experiencias como efecto o síntoma sobre la memoria y el sueño: “ Soy consciente de mis viajes, los destellos que siembro en una zanja por donde el agua fluye y crecen flores” (pág. 42). Línea continua acude a la desilusión que actúa como estímulo de los estragos que quedan en la piel, sobre la carne, hirvientes, consecuencia de todo lo vivido sin ambiciones de prosperidad o asombro: “Y me vi palpando el anochecer con las palmas de mis manos. Y me sentí turbada mirando con ojos de Cenicienta, mirándome en mi vestido de gala. Una diadema para la novia que cruza el puente en carroza, dos caballos al paso y zapatos nuevos y confortables, como anillo al dedo.” (pág. 48).

Hay siempre en la poesía de Ada Soriano ese continuo redescubrimiento de las sensaciones como horizonte de exploración poética frente al desasosiego que la contingencia produce, como si la creadora hubiera desistido de buscar el asombro en los referentes que los sentidos aprehenden para buscarlo en la soledad que conlleva el duelo de vivir, de sencillamente vivir: “Soy una alpinista, una peregrina a la deriva confluyendo en el declive de una pendiente. Un cirio en una mano, la otra amarrada a la cuerda. Cada espacio que piso es un acierto o una torpeza que se estanca en algún lugar de la memoria” (pág. 37).

Frente a esa preferencia por la instrospección, hay una serie de poemas que, con una notable presencia del impresionismo pictórico, inciden en la recuperación del deseo. Lejos del estoicismo y la resignación, hay un desvelo por la espera del amante que espera cruzar el umbral que escinde la realidad y el idealismo: “Y en mi sentir, amor mío, presiento tus ojos que caminan hacia mis ojos y me hablan de tu boca, tus labios acercándose a mi noche para besar mis desvelos” (pág. 60). No todo es sometimiento o fraude. Porque, si bien hay una noción de pérdida en todo el poemario. En ocasiones, ese halo de derrota queda subyugado por un ansia de resistir, cuando la presencia del otro devuelve la esperanza, cuando el miedo se torna en un espejismo y un sentimiento auténtico coloca a la escritora en una encrucijada; a veces, el amor puede con todo, con demasiado: “Soy contención y dominio en la intersección de una encrucijada”. @mundiario

Comentarios