Europa y China ponen a prueba su futuro entre tensiones comerciales y la guerra en Ucrania

Von der Leyen advierte del “punto de inflexión” en la relación por el desequilibrio comercial de la UE y exige a Xi Jinping que deje de respaldar a Rusia y pueda “influir” sobre Putin para poner fin a la guerra.
António Costa, presidente del Consejo Europeo; Xi Jinping, presidente de China y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / Consejo Europeo
António Costa, presidente del Consejo Europeo; Xi Jinping, presidente de China y Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / Consejo Europeo

La cumbre entre la Unión Europea y China celebrada en Pekín no ha traído consigo grandes acuerdos, pero sí ha dejado una fotografía clara de la complejidad y fragilidad de una relación estratégica sometida a intensas presiones comerciales y geopolíticas. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, no ha dudado en verbalizar lo que hasta hace poco solo se insinuaba en círculos diplomáticos: la relación bilateral “han alcanzado un punto de inflexión”.

Esta etapa se sustenta en dos pilares fundamentales: el creciente y persistente desequilibrio comercial, y la ambigua posición de China respecto a la invasión rusa de Ucrania. La UE, que desde hace años denuncia obstáculos estructurales al acceso de sus empresas al mercado chino, ve con creciente preocupación un déficit comercial que ya supera los 350.000 millones de euros anuales, agravado por prácticas de subsidios encubiertos, dumping y restricciones selectivas a las exportaciones europeas.

La líder comunitaria ha sido clara: si no hay avances reales hacia una relación más equilibrada y mutuamente beneficiosa, el bloque europeo podría endurecer aún más sus políticas comerciales. La reciente imposición de aranceles de hasta el 45% a los vehículos eléctricos chinos fue solo un primer aviso. “Reequilibrar nuestra relación bilateral es esencial”, advirtió Von der Leyen frente a un Xi Jinping que, pese a las formas diplomáticas, mantiene una postura inflexible.

Por parte del gigante asiático, el mensaje fue menos beligerante pero no por ello menos firme. Xi apeló al respeto mutuo, rechazó lo que calificó como “percepciones sesgadas” sobre el sistema político chino y criticó las comparaciones con los estándares occidentales. Pekín no oculta su molestia por el giro estratégico de Bruselas, que desde 2019 trata a China simultáneamente como socio, competidor económico y “rival sistémico”. Esta etiqueta, aún vigente, marca la pauta de una desconfianza estructural que ningún encuentro bilateral ha logrado revertir.

La frustración de Bruselas con Pekín

Pero si el comercio representa el frente más visible de las tensiones, el conflicto en Ucrania actúa como un telón de fondo inquietante. Von der Leyen ha instado a China a utilizar su “influencia” sobre Rusia para facilitar un alto el fuego y sentar las bases de una negociación seria. También ha denunciado que la cooperación entre empresas chinas y el Kremlin contribuye indirectamente al sostenimiento de la maquinaria de guerra rusa. En términos diplomáticos, ha sido uno de los mensajes más contundentes lanzados desde Bruselas hacia Pekín en lo que va de conflicto.

El presidente del Consejo Europeo, António Costa, que acompañó a Von der Leyen en la visita, subrayó que el compromiso de la UE con China sigue vigente, pero dejó claro que se necesitan “avances concretos” en las áreas de comercio y geopolítica. La cumbre, que inicialmente debía celebrarse en Bruselas, fue finalmente trasladada a Pekín por la negativa de Xi a viajar a Europa, un cambio que ilustra el delicado equilibrio de poder en la relación.

A pesar de todo, ambas partes lograron cerrar un comunicado conjunto sobre cooperación climática y el suministro de materias primas críticas, como las tierras raras. Pero estos acuerdos, aunque positivos, no compensan la falta de progresos en los grandes temas pendientes. Ni el desequilibrio comercial se corrige, ni la posición china sobre Ucrania varía sustancialmente.

La sensación que deja la cumbre es la de una oportunidad perdida para dar un giro significativo a una relación cada vez más tensa. China busca consolidarse como un socio estratégico frente a una EE UU cada vez más proteccionista, pero no parece dispuesta a hacer concesiones sustanciales para reequilibrar su balanza con Europa. Por su parte, la UE enfrenta el dilema de mantener los lazos con una potencia que considera esencial para la estabilidad global, sin renunciar a sus principios ni a la defensa de sus intereses económicos.

A medida que el mundo entra en una nueva fase de fragmentación y competencia geoestratégica, la relación entre la Unión Europea y China se convierte en un termómetro clave del orden internacional. La cumbre de Pekín no resolvió los desencuentros, pero sí dejó claro que ambas partes se encuentran ante decisiones estratégicas cruciales. Si el “punto de inflexión” no se traduce en medidas concretas, el riesgo de una deriva hacia una confrontación comercial y diplomática es más real que nunca. @mundiario

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