Trump rompe con Canadá y amenaza con aranceles: la Casa Blanca reactiva su cruzada comercial
La relación comercial entre EE UU y Canadá, históricamente caracterizada por la estabilidad y el entendimiento, ha entrado en una fase de máxima tensión. Donald Trump ha anunciado este viernes el final inmediato de las negociaciones comerciales con Ottawa, alegando la “inaceptable” decisión del Gobierno canadiense de imponer un impuesto digital del 3 % a las grandes tecnológicas estadounidenses. El presidente ha ido aún más lejos: ha prometido comunicar en los próximos días los nuevos aranceles que aplicará a todos los productos canadienses que crucen la frontera.
En su red social Truth, Trump definió a Canadá como “un país con el que es muy difícil comerciar”, y recuperó viejos agravios para justificar su ruptura: desde los aranceles de hasta el 400 % que Ottawa ha aplicado tradicionalmente a los productos lácteos estadounidenses, hasta su reciente “imitación” de la Unión Europea con la tasa digital. El giro, tan abrupto como calculado, no solo pone en jaque el futuro del comercio bilateral, sino que se inscribe dentro de una estrategia arancelaria y geopolítica más amplia, en la que Trump busca reforzar su imagen de líder nacionalista duro y enfrentado a un supuesto orden internacional que considera injusto para EE UU.
La decisión se produce en el marco de una política comercial errática que Trump ha convertido en sello de identidad. El 2 de abril, proclamado como “Día de la Liberación”, el presidente presentó con gran pompa una batería de aranceles “recíprocos”, con tasas de entre el 10 % y el 90 % basadas en el déficit comercial bilateral con cada país. Una fórmula sin sustento económico que pretendía aplicar desde el 9 de abril, pero que tuvo que posponerse al comprobarse el pánico que generó en los mercados. Desde entonces, se impuso una tarifa fija del 10 % mientras se negociaban acuerdos individuales con cada socio… sin apenas resultados.
Trump había prometido “90 acuerdos en 90 días”. A día de hoy, solo puede mostrar un preacuerdo político con el Reino Unido, sin desarrollo normativo ni calendario claro. En este contexto, la ruptura con Canadá sirve para enviar un mensaje claro al resto del mundo, especialmente a Bruselas: si los aliados no aceptan las condiciones de Washington, las consecuencias serán inmediatas y severas. No es solo un pulso comercial, sino una demostración de fuerza que refuerza el relato trumpista ante su electorado más proteccionista.
La tormenta comercial sobre Carney
El nuevo primer ministro canadiense, Mark Carney, se enfrenta ahora a su primera gran crisis exterior. Heredó una relación ya deteriorada por los vaivenes del ex primer ministro Justin Trudeau con Trump y por la implementación del acuerdo T-MEC, que logró sobrevivir gracias a complejos equilibrios políticos. Pero Carney ha apostado por mantener la tasa digital, una medida popular en Canadá que busca asegurar que gigantes como Amazon, Google o Apple tributen por los beneficios que generan en el país. Trump, sin embargo, ha interpretado esta decisión como una afrenta personal y un “ataque flagrante” a EE UU.
El contexto es también revelador: el 9 de julio se agota el plazo autoimpuesto por Trump para cerrar los acuerdos bilaterales prometidos. En palabras del secretario del Tesoro, Scott Bessent, esa fecha “ya no es crucial” y podría extenderse hasta el 1 de septiembre, Día del Trabajo en EE UU. Pero mientras se gana tiempo en algunas mesas de negociación —como la que se mantiene con la Unión Europea—, la ruptura con Canadá busca demostrar que Trump no teme aplicar castigos ejemplares. En su discurso, lo “digital” se convierte en símbolo de sumisión o de desafío.
Más allá del tono incendiario, esta ruptura puede tener consecuencias económicas profundas. Canadá es el mayor socio comercial de EE UU, y sus industrias —automoción, acero, aluminio, energía— están íntimamente entrelazadas con las estadounidenses. La imposición de nuevos aranceles no solo trastocará las cadenas de suministro, sino que puede generar represalias inmediatas de Ottawa. La última vez que Trump lanzó medidas similares, Canadá respondió con aranceles espejo y con un fuerte boicot ciudadano a los productos estadounidenses.
La estrategia arancelaria de Trump
El movimiento también tiene una lectura interna. Trump está utilizando el comercio internacional como un instrumento de presión electoral, fiscal y simbólica. Amenaza a sus socios no solo para reequilibrar la balanza comercial, sino para exigir concesiones estructurales: desde cambios en los impuestos hasta compras masivas de armamento estadounidense, pasando por la retirada de regulaciones contrarias a los intereses de sus grandes empresas. En ese marco, Canadá, como España o la UE en su conjunto, está recibiendo una presión sin precedentes.
Lo ocurrido con Canadá es una advertencia global. Trump no está interesado en acuerdos multilaterales ni en sistemas de arbitraje internacional como la OMC, institución que ha despreciado sistemáticamente. Su modelo es el de la bilateralidad coercitiva: negociaciones uno a uno, con condiciones impuestas desde la Casa Blanca y bajo la amenaza constante del castigo económico. Que el país afectado sea Canadá, uno de los socios más estables y confiables de EE UU, no hace sino reforzar el mensaje.
En un mundo cada vez más polarizado, donde los principios de cooperación multilateral están siendo sustituidos por el lenguaje de la fuerza, Trump reafirma su voluntad de rediseñar las reglas del comercio global a su medida. La luna de miel con Canadá ha terminado. Lo que viene ahora no es solo una guerra comercial, sino una prueba más de que la presidencia de Trump, en su segunda encarnación, no busca aliados sino subordinados. @mundiario





