De la compra a la invasión: ¿cómo Donald Trump planea hacerse con Groenlandia?

Las reiteradas declaraciones del presidente de EE UU sobre Nuuk son un asunto estratégico que inquieta profundamente a Dinamarca, a la UE y a la propia población groenlandesa, especialmente por sus tácticas de presión económica y de guerra híbrida.
Donald Trump. /  @realDonaldTrump
Donald Trump. / @realDonaldTrump

La idea de que Estados Unidos pueda hacerse con el control de Groenlandia ha pasado en pocos años de la anécdota diplomática a un escenario que se analiza con seriedad en despachos políticos y militares. Donald Trump ha insistido en que la isla es clave para la seguridad nacional estadounidense y este fin de semana ha dejado una frase que resume su enfoque: “por las buenas o por las malas”. Detrás de esa formulación hay una combinación de presión política, precedentes históricos y cálculos geoestratégicos en un Ártico cada vez más disputado.

Groenlandia es un territorio autónomo bajo soberanía de Dinamarca desde hace más de dos siglos, con apenas 55.000 habitantes y una extensión que multiplica por cincuenta la del propio Estado danés. Su valor estratégico se ha disparado por su posición entre América del Norte, Europa y el Ártico ruso, por la presencia de recursos minerales críticos y por el deshielo, que abre nuevas rutas marítimas. En la Casa Blanca, estos factores alimentan la percepción de que Washington no puede permitirse que la isla quede fuera de su órbita.

Uno de los escenarios más extremos que se mencionan en análisis estratégicos es el de una intervención militar directa. Aunque se considera poco probable, la hipótesis no se descarta del todo en círculos diplomáticos europeos tras precedentes recientes de uso de la fuerza por parte de Estados Unidos. Groenlandia cuenta con una presencia militar danesa muy limitada y alberga la base espacial estadounidense de Pituffik, lo que facilitaría una operación rápida para controlar infraestructuras clave. Sin embargo, los obstáculos serían enormes: el clima ártico, la falta de base legal y, sobre todo, el impacto devastador que tendría una acción así en la OTAN, una alianza que formalmente debería proteger ese territorio.

Más plausible para algunos analistas es un escenario de “guerra híbrida” o presión indirecta. En este caso, Washington no recurriría a una anexión abierta, sino a una estrategia gradual de influencia política, económica y social. El apoyo al independentismo groenlandés, la intensificación de la presencia diplomática y el uso de narrativas de seguridad frente a Rusia y China encajan en este enfoque. El paralelismo con Crimea aparece en los debates, aunque con diferencias claras: Groenlandia es parte de una democracia occidental y cualquier paso requeriría, al menos formalmente, el consentimiento de su población.

Si bien Rusia empleó la fuerza militar encubierta y operaciones de desinformación en Crimea/Ucrania, el enfoque de EE UU se percibe como una guerra híbrida que utiliza medios de presión política y económica. Washington ya ejerce presión sobre Dinamarca para que limite la inversión de países rivales (especialmente China) en Groenlandia y para asegurar el acceso exclusivo a sus recursos y bases militares.

EE UU ha ofrecido ayuda financiera, ha abierto un consulado y ha aumentado su presencia diplomática y militar (como en la base aérea de Thule), explotando la dependencia financiera de Groenlandia respecto a Dinamarca y buscando ganarse a la población local. Al igual que Rusia explota las divisiones internas en Ucrania, la Casa Blanca aprovecha la búsqueda de independencia económica de Groenlandia para fomentar una mayor alineación con Washington, lejos de la influencia danesa y europea.

Luego está la opción de la compra directa, planteada por Trump ya en 2019, sigue sobre la mesa como referencia histórica. Estados Unidos construyó buena parte de su territorio mediante adquisiciones: Luisiana a Francia, Alaska a Rusia o las Islas Vírgenes a Dinamarca. En 1946, el presidente Harry Truman ya ofreció comprar Groenlandia, y fue rechazado. Hoy, tanto Copenhague como Nuuk insisten en que “Groenlandia no está en venta”, pero el simple hecho de que se hable de esta vía revela la mentalidad transaccional con la que Trump aborda la geopolítica.

Otro escenario analizado es el de una asociación reforzada sin anexión formal. Un modelo similar a los Acuerdos de Libre Asociación que Estados Unidos mantiene con países del Pacífico permitiría a Groenlandia convertirse en un Estado independiente con fuertes vínculos militares y económicos con Washington. A cambio de apoyo financiero, Estados Unidos obtendría un control decisivo sobre la defensa y, potencialmente, sobre el acceso a recursos estratégicos. Aunque esta opción es legalmente posible, choca con acuerdos ya existentes y con el escepticismo de una población que, si bien mayoritariamente favorable a la independencia, rechaza la integración en Estados Unidos.

En la práctica, el escenario más realista a corto plazo parece ser el del acuerdo político y militar ampliado. El tratado de defensa de 1951 ya concede a Estados Unidos amplias facultades para operar en Groenlandia, construir instalaciones y reforzar su presencia. Desde esta perspectiva, Dinamarca y Groenlandia podrían ofrecer a Trump una “victoria” simbólica: más inversiones militares, mayor control sobre infraestructuras estratégicas o nuevas normas para limitar la presencia china y rusa. Este tipo de solución permitiría reducir la tensión sin alterar formalmente la soberanía.

Asesores cercanos al presidente, liderados por Stephen Miller, argumentan que Washington debe actuar rápidamente para impedir que potencias rivales expandan su influencia en Groenlandia. La “ventana de oportunidad” se vincula al calendario electoral estadounidense, con las elecciones de mitad de mandato en noviembre.

Diplomáticos europeos expresan preocupación por un escenario “escalatorio”, donde EE UU usaría presión militar o política para debilitar los lazos entre Groenlandia y Dinamarca. Fuentes de la prensa británica indican que el presidente pidió al Joint Special Operations Command (JSOC) un borrador de invasión, pero los jefes del Estado Mayor se opusieron firmemente, citando falta de base legal y ausencia de respaldo congresional.

Para distraer al mandatario, asesores militares sugirieron opciones menos controvertidas, como aumentar la vigilancia de "barcos fantasma" rusos —una red de embarcaciones que evaden sanciones occidentales— o explorar presiones sobre Irán.

Por su parte, los diplomáticos europeos han evaluado un "escenario de compromiso" donde Dinamarca formalizaría un acceso militar ampliado de EE UU a Groenlandia, excluyendo presencia rusa o china. Aunque EE UU ya tiene acceso operativo, este acuerdo lo haría explícito legalmente. Aliados europeos creen que cualquier movimiento clave podría ocurrir antes del verano, coincidiendo con la cumbre de la OTAN del 7 de julio, vista como un momento potencial para formalizar un acuerdo.

El debate sobre Groenlandia refleja, en última instancia, la transformación del Ártico en un espacio central de la rivalidad entre grandes potencias. Para Trump, la isla es una pieza geopolítica que no puede quedar al margen de la estrategia estadounidense. Para Dinamarca y la Unión Europea, el desafío consiste en contener esa presión sin provocar una crisis mayor en la OTAN. Y para los groenlandeses, la cuestión de fondo sigue siendo cómo gestionar su futuro político en un contexto en el que su territorio se ha convertido en un activo global. @mundiario

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