Dinamarca entra en alerta estratégica ante el temor de una anexión estadounidense de Groenlandia
La conmoción provocada por la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, a manos de un operativo estadounidense sin el respaldo de organismos internacionales, no ha pasado desapercibida en Dinamarca. El episodio ha actuado como una advertencia de lo que podría suceder en otros territorios estratégicos para Washington. Y para Copenhague, uno de esos territorios es, sin duda, Groenlandia.
Aunque no hubo una amenaza inmediata desde la Casa Blanca, la secuencia resultó inquietante: un presidente estadounidense que materializa lo que durante meses había anunciado. Y eso, trasladado al Ártico, ha despertado un temor latente: que Groenlandia pueda convertirse en la próxima pieza de un ajedrez geoestratégico en el que Trump ha mostrado un interés explícito.
Groenlandia no es un adversario de EE UU. Tampoco lo es Dinamarca. El país nórdico ha sido uno de los socios más leales de Washington dentro de la OTAN durante ocho décadas: ha enviado tropas, apoyado operaciones internacionales y asumido riesgos políticos y humanos. Sin embargo, esa confianza histórica se tambalea ante la posibilidad de que Trump pueda querer emplear fuerza o coerción para expandir la influencia estadounidense sobre la isla.
La primera ministra Mette Frederiksen ha intentado mantener la prudencia, pero en su gabinete preocupa que el clima sea lo suficientemente inestable como para que una provocación o un cálculo erróneo aceleren un conflicto diplomático mayor.
Diálogo urgente para frenar un escenario extremo
La estrategia danesa pasa por identificar y dialogar con los miembros más moderados del equipo de Trump. Entre ellos, el secretario de Estado Marco Rubio, que ya ha aceptado reunirse con representantes daneses en los próximos días. Copenhague trabaja con varios escenarios: desde propuestas económicas que fortalezcan la cooperación en minería y seguridad, hasta la renegociación del acuerdo militar que regula la presencia estadounidense en la base de Pituffik.
Los diplomáticos daneses coinciden en que un gesto de colaboración podría aliviar tensiones, pero reconocen que si Trump persigue la anexión como objetivo político o simbólico, la estrategia de apaciguamiento podría no ser suficiente.
El impacto emocional y político en Dinamarca es profundo. Para muchos ciudadanos, el país vive una especie de shock cultural. Durante décadas, EE UU fue sinónimo de protección, libertad y estabilidad. Hoy, esa percepción está en crisis. Expertos del Instituto Danés de Estudios Internacionales hablan incluso de una “ruptura psicológica” con uno de los pilares del relato nacional del siglo XX.
El giro es tan brusco que ha empujado al país a reforzar su integración europea, superando un euroescepticismo crónico. Bruselas, hasta hace poco un socio secundario, se ha convertido en refugio político ante la imprevisibilidad estadounidense.
Aunque la isla cuenta con una autonomía amplia y un movimiento proindependencia creciente, la idea de una anexión por Estados Unidos es rechazada por el 85% de la población, según los últimos sondeos. Washington ha intentado, sin éxito por ahora, seducir a ciertos sectores groenlandeses con promesas de inversión y oportunidades económicas.
En el pasado, Trump incluso planteó abiertamente la compra de Groenlandia, propuesta que fue recibida con indignación en Copenhague y Nuuk. Tras el precedente venezolano, el temor es que el próximo paso no sea una oferta, sino un hecho consumado.
¿Qué podría hacer Dinamarca? Muy poco
Los analistas que estudian la relación bilateral señalan que, ante una acción unilateral de Estados Unidos, las posibilidades de respuesta danesa o europea serían mínimas. La presencia militar de la OTAN en la zona —incluida la propia base estadounidense en Groenlandia— complicaría cualquier reacción. Un movimiento rápido con fuerzas especiales podría tomar el control de la capital sin necesidad de grandes despliegues.
El escenario, dicen, sería más parecido a la anexión de Crimea en 2014 que a la operación militar en Caracas.
La vía más comentada en círculos diplomáticos consiste en ofrecer a Washington una ampliación pactada de su presencia militar y acceso a minerales estratégicos, a cambio del respeto a la soberanía danesa. Pero nadie sabe si Trump aceptaría un acuerdo que no suponga el control directo de la isla.
Mientras tanto, Dinamarca sostiene la respiración ante la posibilidad de un desenlace abrupto. Europa, atrapada entre una Rusia agresiva y un EE UU impredecible, observa también con creciente inquietud. Y Groenlandia, con su gigantesca superficie helada y su valor estratégico incalculable, se ha convertido una vez más en la pieza más codiciada del tablero geopolítico global. @mundiario



