Trump y la cruzada para aislar a China: una estrategia comercial global con aliados bajo presión

El presidente de EE UU redobla su ofensiva para marginar a Pekín en el tablero económico internacional, al recurrir a la presión bilateral, la amenaza arancelaria y la exigencia de lealtad con sus socios comerciales.

Donald Trump, presidente de EE UU declara la guerra comercial al mundo. / Casa Blanca
Donald Trump, presidente de EE UU declara la guerra comercial al mundo. / Casa Blanca

La política comercial de Donald Trump rara vez ha destacado por su previsibilidad. Pero detrás del aparente caos que domina sus decisiones económicas, emerge una estrategia cada vez más evidente: aislar a China del sistema global de intercambios y reforzar la hegemonía comercial de EE UU mediante acuerdos bilaterales condicionados. La reciente oleada de negociaciones con decenas de países, desde Japón hasta socios latinoamericanos y europeos, responde a un mismo objetivo: obligar al mundo a elegir bando en la nueva Guerra Fría económica.

Lejos de conformarse con una confrontación arancelaria directa, el expresidente ha decidido ampliar el cerco a China tejiendo alianzas comerciales que excluyan —o al menos condicionen— el acceso de Pekín a los mercados de sus antiguos socios. El mensaje es claro: quien quiera comerciar con EE UU, deberá alejarse de China.

La estrategia ha tomado forma en múltiples frentes. En primer lugar, a través de una nueva ronda de aranceles discriminatorios. China ha sido castigada con un aumento del 125 % en productos estratégicos, sumado a las tasas previas del 20 %, bajo el pretexto del tráfico de fentanilo. A la par, Trump ha dado un respiro parcial a otras economías: exenciones arancelarias para teléfonos móviles, ordenadores y productos tecnológicos, que favorecen a firmas como Apple o Dell —más que a China— y buscan aliviar tensiones internas sin conceder ventajas a su rival asiático.

Mientras tanto, Washington refuerza su tono beligerante. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, fue tajante al afirmar que “la pelota está en el tejado de China” y que Pekín debe ceder si quiere mantener su acceso a los consumidores estadounidenses, a quienes describió como “lo que todos los países quieren: nuestro dinero”.

Más allá del lenguaje agresivo, las señales hacia los aliados son inequívocas. Trump plantea escenarios en los que los países deban elegir entre mantener sus vínculos con China o beneficiarse del comercio con Estados Unidos. En Latinoamérica, donde la Ruta de la Seda ha ganado terreno, el presidente no oculta su voluntad de frenar la expansión china. “Quizá deban elegir”, dijo en una entrevista, refiriéndose a Panamá y otros países que ya han limitado su cooperación con Pekín.

Scott Bessent, el arquitecto de la nueva diplomacia comercial

La estrategia tiene un rostro visible: el secretario del Tesoro, Scott Bessent. Crítico con la política exterior europea —como lo demostró tras su tensa reunión con el ministro de Economía español, Carlos Cuerpo—, Bessent ha asumido un papel clave en este rediseño del orden comercial global. “Han sido buenos aliados militares, pero no perfectos aliados económicos”, dijo al referirse a Europa y Asia, antes de lanzar su propuesta: negociar acuerdos bilaterales que sirvan de base para “abordar a China como un grupo”.

No se trata solo de América Latina o Europa. También el Sudeste Asiático está bajo presión. Vietnam, Camboya, Malasia y Tailandia son señalados por Washington como “puntos de montaje” que permiten a China sortear los aranceles estadounidenses al desarrollarse en estos lugares el ensamblaje final de productos que, en mayor o menor medida, suelen tener componentes chinos. Bessent ha sido directo: el objetivo es acabar con el “transbordo” y el “dumping” chino. El método: cortar el acceso al mercado estadounidense como palanca de negociación.

Una política de alto riesgo con aliados desconfiados

En medio de este proceso, Japón emerge como un actor clave. Trump decidió asistir personalmente a la primera reunión bilateral de negociación arancelaria con Tokio, destacando el encuentro como un ejemplo de “gran avance” en su red social Truth. Japón no es un socio más: se trata del aliado con mayor potencial para ejercer presión sobre China desde dentro de Asia. Ya en los años 80, Trump lo tenía en el punto de mira como competidor; hoy, busca convertirlo en pieza central de su estrategia.

Pero la gran pregunta persiste: ¿puede Trump reconstruir una coalición anti-China cuando ha sido él mismo quien ha erosionado la confianza de sus aliados? Europa ha optado por una estrategia autónoma con respecto a China, mientras que América Latina mira con escepticismo las promesas de Washington, que rara vez se traducen en inversiones tangibles o tan abultadas como las chinas. El caso de España, que ha reforzado sus lazos con Pekín pese a las advertencias de Bessent, es una señal de esa disonancia.

La lógica binaria que propone Trump —estar con EE UU o con China— choca con una realidad global interdependiente. Los países no están dispuestos a perder el acceso al vasto mercado chino, ni a renunciar a inversiones que Estados Unidos no iguala. La presión puede funcionar a corto plazo, pero difícilmente consolidará una nueva arquitectura comercial si no va acompañada de incentivos claros.

¿Una cruzada sostenible?

La cruzada de Trump para aislar a China revela su visión geopolítica: restaurar el dominio económico estadounidense mediante la fuerza del mercado interno. Pero su aproximación coercitiva, basada más en la amenaza que en la cooperación, corre el riesgo de sembrar más resistencia que adhesión. Aislada, China es un desafío formidable; aliada con una red de socios que recelan de Washington, puede convertirse en una potencia aún más resiliente.

La batalla por el liderazgo económico global está lejos de resolverse. Pero si Trump aspira a reconfigurar el orden comercial mundial, necesitará algo más que aranceles y ultimátums: deberá reconstruir puentes, no solo imponer condiciones. De lo contrario, su estrategia podría quedarse en un juego de suma cero donde EE UU también pague el precio. @mundiario

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