Estados Unidos relaja su pulso arancelario con China, pero Pekín exige el fin del castigo comercial
En la compleja partida geopolítica que enfrenta a Estados Unidos y China, los aranceles comerciales se han convertido en piezas clave de una estrategia que combina diplomacia, presión económica y retórica proteccionista. La reciente decisión del Gobierno estadounidense de liberar de impuestos a una serie de productos tecnológicos de fabricación china —como teléfonos inteligentes, ordenadores, microprocesadores y maquinaria de semiconductores— ha sido recibida con cautela por Pekín. Aunque el gesto ha sido valorado como un primer movimiento hacia la desescalada, desde el Ministerio de Comercio chino se insiste en que las exenciones puntuales no resuelven el fondo del problema.
La guerra comercial entre ambas potencias, iniciada durante la presidencia de Donald Trump, ha dejado una estela de incertidumbre y distorsiones en el comercio internacional. Lejos de lograr su supuesto objetivo —proteger la industria estadounidense y corregir los desequilibrios en la balanza comercial—, las medidas arancelarias han encarecido productos esenciales, frenado cadenas de suministro globales y generado una creciente tensión en las relaciones bilaterales. La administración de Joe Biden, si bien ha suavizado ciertos aspectos, mantiene aún el grueso de las medidas heredadas de su predecesor.
Pekín ha sido contundente en su diagnóstico: considera que la política arancelaria de Washington es errónea, ineficaz y perjudicial no solo para China, sino para el conjunto del sistema económico internacional. Según el Gobierno chino, las cargas impositivas impuestas por Estados Unidos —que alcanzan hasta el 145% en determinados casos— han perjudicado el desarrollo de empresas multinacionales, generado costes adicionales para los consumidores y obstaculizado la recuperación económica global tras la pandemia.
La eliminación parcial de aranceles representa, sin duda, un alivio para empresas como Apple o Nvidia, cuyos productos dependen en gran medida de componentes fabricados en China. De mantenerse los gravámenes, los precios de muchos dispositivos tecnológicos habrían experimentado un encarecimiento drástico, afectando directamente al consumidor final. No obstante, desde una perspectiva estructural, la medida no cambia la situación de fondo: sigue vigente una lógica de confrontación arancelaria en la que cada parte busca imponer sus condiciones estratégicas.
China ha aprovechado esta coyuntura para lanzar un mensaje político más amplio. Más allá del alivio técnico que suponen las exenciones, Pekín reclama el desmantelamiento total del sistema de aranceles adicionales impuesto unilateralmente por Estados Unidos. Insiste en la necesidad de retomar un marco de entendimiento basado en el respeto mutuo y la resolución dialogada de disputas, advirtiendo que la actual deriva proteccionista no ofrece salidas sostenibles ni para Washington ni para sus aliados.
En este contexto, la exención puntual se percibe como un gesto táctico, probablemente orientado a calmar tensiones internas en Estados Unidos, donde sectores industriales y tecnológicos vienen presionando para aliviar los sobrecostes derivados del conflicto comercial. Pero, desde la óptica china, solo una retirada total de las medidas permitiría restablecer la confianza necesaria para una cooperación económica sólida y equilibrada.
La pugna entre Estados Unidos y China está lejos de resolverse. El alivio arancelario de estos días podría interpretarse como una tregua parcial en una confrontación que tiene raíces más profundas: el pulso por la supremacía tecnológica, la soberanía industrial y la hegemonía en un nuevo orden internacional cada vez más fragmentado. La economía global, mientras tanto, sigue siendo la gran perjudicada. @mundiario



