Rusia busca preservar su presencia militar en Siria tras el cambio de poder en Damasco
La abrupta salida de Bachar el Asad del poder en Siria ha puesto a Rusia en una encrucijada estratégica. Con el futuro del país árabe en manos de nuevas autoridades, el Kremlin busca asegurar la continuidad de sus bases en Tartús y Jmeimim, enclaves esenciales para su proyección militar hacia África y Oriente Próximo. Este cambio de rumbo ha llevado a Moscú a adoptar un lenguaje más conciliador, refiriéndose a los antiguos enemigos como "opositores" en lugar de "terroristas", en un claro intento de mantener el control sobre su infraestructura militar.
Según declaraciones recientes de Dmitri Peskov, portavoz del presidente Vladímir Putin, el Kremlin considera este momento como un periodo de "incertidumbre", mientras evalúa las implicaciones del cambio político en Damasco. Aunque los detalles de las negociaciones permanecen en secreto, informes del The Wall Street Journal sugieren que Rusia recibió garantías de Turquía e Irán en conversaciones trilaterales realizadas a principios de diciembre para proteger sus instalaciones militares durante la transición política siria.
Las bases estratégicas de Rusia en Siria
El puerto de Tartús y el aeródromo de Jmeimim son pilares fundamentales para las operaciones rusas en la región. La relación militar entre Rusia y Siria se remonta a 1971, cuando el entonces presidente Hafez el Asad permitió a la flota soviética establecer un punto de apoyo en Tartús. Décadas más tarde, la instalación se transformó en una base de vital importancia durante la guerra civil siria, facilitando el envío de armas y tropas a Damasco. En 2017, Moscú asumió el control completo del puerto, ampliando sus capacidades para albergar hasta 11 buques, incluidos los de propulsión nuclear, en virtud de un acuerdo de 49 años con el régimen de Bachar el Asad.
Por su parte, la base aérea de Jmeimim, creada en 2015, se convirtió en el epicentro de las operaciones rusas en Siria. Desde allí, el Kremlin coordinó ataques aéreos masivos y desplegó miles de efectivos, incluidos mercenarios del Grupo Wagner, para combatir a las fuerzas opositoras. Estas instalaciones son cruciales no solo para la logística militar en Oriente Próximo, sino también como punto de escala para los aviones que transportan tropas y suministros hacia África, donde Rusia mantiene intereses económicos y estratégicos.
La caída de Bachar el Asad ha obligado a Rusia a revisar su narrativa oficial. El Kremlin, que anteriormente describía a los opositores como "terroristas", ahora adopta términos menos agresivos para mantener un diálogo abierto con las nuevas autoridades sirias. Sin embargo, la pérdida de influencia en Siria plantea serios desafíos logísticos para Moscú. El cierre del estrecho del Bósforo y las restricciones en puertos europeos, derivadas de la guerra en Ucrania, hacen que Tartús sea el único puerto disponible para las operaciones navales rusas en el Mediterráneo.
Además, los corredores aéreos que atraviesan Irán y Siria son fundamentales para las misiones rusas en África. Sin el apoyo de estas bases, la movilización de armas y personal hacia países como Libia, Mali o la República Centroafricana sería significativamente más compleja y costosa.
El futuro de Rusia en la región
La prensa oficial rusa ha comenzado a reconocer las limitaciones del Kremlin para mantener una política exterior de superpotencia. La desaparición del Grupo Wagner tras la muerte de su fundador, Yevgueni Prigozhin, y su absorción por las Fuerzas Armadas rusas, ha alterado el control sobre los recursos económicos que esta compañía gestionaba en Siria. Ahora, el Kremlin enfrenta la tarea de mantener su influencia en un país clave para sus intereses globales, a la vez que lidia con las restricciones derivadas de su conflicto con Occidente.
Con un panorama cada vez más incierto, la presencia rusa en Siria pende de un delicado equilibrio entre mantener su infraestructura militar y adaptarse a un nuevo orden político en la región. @mundiario



