¿Qué gana España con el ataque de Sánchez a Trump: no sería más realista distanciarse sin aspavientos?

Mientras la mayoría de gobiernos de la UE evita condenar el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán o se alinea con Washington, España emerge como la voz más crítica dentro del bloque europeo, sin ser una gran potencia.

Ilustración de Pedro Sánchez en la UE, donde emerge como la voz más crítica con Trump dentro del bloque europeo. / Mundiario
Ilustración de Pedro Sánchez en la UE, donde emerge como la voz más crítica con Trump dentro del bloque europeo. / Mundiario

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no solo ha abierto un nuevo frente de tensión en Oriente Próximo. También ha puesto al descubierto una vieja debilidad europea: la incapacidad de los Veintisiete para mantener una posición común cuando la crisis internacional afecta directamente a Washington y a la seguridad global. La reacción de los gobiernos de la Unión Europea ante los bombardeos contra Irán revela un mapa diplomático fragmentado en el que destaca, por contraste, la relativa soledad del presidente español, Pedro Sánchez.

España ha sido el país que más claramente ha cuestionado la legitimidad de los ataques. Sánchez ha afirmado que Estados Unidos e Israel “han atacado unilateralmente a Irán” y ha advertido de que la operación vulnera el derecho internacional y aumenta el riesgo de una escalada regional. Madrid incluso rechazó permitir el uso de bases españolas para operaciones ofensivas, un gesto poco habitual en la política de defensa europea y que provocó fuertes críticas desde Washington.

La posición española contrasta con la prudencia —cuando no el apoyo implícito— de la mayoría de los gobiernos europeos. El patrón dominante en la UE ha sido doble: evitar condenar explícitamente el ataque inicial de Estados Unidos e Israel y centrar las críticas en la respuesta militar iraní. De hecho, las instituciones europeas y varios Estados miembros han denunciado los bombardeos de Irán contra países del Golfo como “injustificables”, subrayando el riesgo de desestabilización regional. 

La UE vuelve a mostrar su dificultad histórica para hablar con una sola voz en política exterior

En el núcleo político del continente, Francia y Alemania han optado por una estrategia de equilibrio retórico. París, Berlín y Londres —aunque este último ya fuera de la UE— han instado a Irán a volver a la negociación y han condenado sus represalias, al tiempo que evitan cuestionar frontalmente la operación militar que desencadenó el conflicto.

En el caso alemán, el discurso ha ido incluso más lejos. El canciller Friedrich Merz ha señalado que su gobierno comparte el objetivo estadounidense de poner fin al régimen iraní, situando a Berlín en una línea claramente alineada con Washington.

Otros gobiernos europeos han optado por el silencio estratégico. Italia, por ejemplo, ha evitado tanto condenar como respaldar los ataques y se ha limitado a recomendar a sus ciudadanos abandonar la región. Meloni estuvo cinco días sin decir ni pío.

En Europa central y oriental, donde la relación con Estados Unidos suele ser más estrecha por razones de seguridad, la reacción ha sido todavía más favorable a la narrativa estadounidense. Países como Finlandia, Rumanía, Lituania o Chequia han mostrado comprensión o apoyo a la operación contra Irán, percibido como un actor desestabilizador y aliado de Rusia.

La posición española revela tanto una apuesta por el derecho internacional como el coste político de quedar aislado

El resultado es una Unión Europea dividida en tres grandes grupos. Un primer bloque, encabezado por España y acompañado con matices por algunos países como Irlanda o Eslovenia, insiste en la centralidad del derecho internacional y cuestiona la legalidad del ataque. Un segundo grupo —Francia, Alemania, Países Bajos o los países nórdicos— evita condenar la operación, pero pide contención y diplomacia. Y un tercer grupo, especialmente en el este de Europa, se sitúa más cerca de la posición estadounidense.

Este mosaico diplomático revela hasta qué punto la política exterior europea sigue condicionada por la relación transatlántica. Cuando Washington toma la iniciativa militar, la mayoría de gobiernos europeos prefiere evitar un enfrentamiento directo con su principal aliado estratégico. En ese contexto, la postura española resulta excepcional.

Entre la coherencia y el riesgo

La cuestión es si esa excepción representa aislamiento o liderazgo. Para algunos analistas, la posición de Sánchez responde a una defensa coherente del sistema internacional basado en normas y a la preocupación por una nueva espiral de guerras preventivas. Otros consideran que España corre el riesgo de quedar descolgada de la corriente dominante dentro de la OTAN y de la propia Unión.

En realidad, ambas interpretaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo. La política exterior europea se mueve con frecuencia entre principios jurídicos y cálculos estratégicos. Cuando esos dos planos entran en conflicto, el consenso suele romperse.

La crisis iraní lo demuestra una vez más. Europa comparte un mercado, una moneda en gran parte del continente y una política comercial común. Pero en cuestiones de guerra y paz sigue siendo, en el fondo, una suma de Estados con intereses distintos. Y en ese tablero, la voz española suena hoy más alta que la de muchos socios europeos. Pero también, quizá, más sola. Por eso tiene tanto sentido preguntarnos qué gana España con el ataque de Sánchez a Trump: ¿no sería más realista distanciarse sin tantos aspavientos? @mundiario

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