Entre Putin y Netanyahu: Trump improvisa geopolítica

El presidente de EE UU recurre de nuevo al lenguaje de las amenazas y los plazos artificiales para abordar dos de los mayores conflictos globales: la guerra en Ucrania y la catástrofe humanitaria en Gaza.
Keir Starmer, primer ministro de Reino Unido; y Donald Trump, presidente de EE UU. / X.
Keir Starmer, primer ministro de Reino Unido; y Donald Trump, presidente de EE UU. / X.

Donald Trump sigue haciendo de la política internacional un espectáculo de declaraciones altisonantes, amenazas comerciales y escenografía cuidadosamente medida. Esta vez, su escenario ha sido Escocia, donde, entre campos de golf y cenas privadas, ha protagonizado una peculiar cumbre informal con el nuevo primer ministro británico, Keir Starmer. El trasfondo de esta reunión no podía ser más grave: la guerra en Ucrania, la crisis humanitaria en Gaza y las tensiones comerciales aún sin resolver entre Estados Unidos y el Reino Unido.

En su estilo inconfundible, Trump ha optado por el ultimátum como herramienta diplomática. A Vladímir Putin le ha dado apenas “10 o 12 días” para poner fin a la guerra en Ucrania o, de lo contrario, afrontar una nueva batería de sanciones en forma de aranceles. Nada nuevo en su repertorio. Ya lo había hecho antes con Corea del Norte, Irán o incluso con la propia China. Lo peculiar esta vez es que el margen de tiempo otorgado es tan arbitrario como irreal: ¿acaso espera Trump que una guerra de más de dos años se resuelva por arte de magia en menos de dos semanas?

La advertencia a Rusia no deja de ser una repetición de amenazas pasadas, esta vez revestidas de frustración. “Putin me ha decepcionado”, ha dicho, aludiendo a supuestos momentos en los que un acuerdo de paz parecía cercano. Pero esos gestos de aparente firmeza chocan con la falta de una estrategia real y, sobre todo, con una visión coherente del papel que quiere jugar Estados Unidos en Europa del Este. Aranceles a cambio de paz: una lógica mercantilista aplicada a un conflicto bélico que ha costado decenas de miles de vidas y millones de desplazados.

Pero si en Ucrania Trump presume de dureza, en Gaza su discurso se vuelve más ambiguo, aunque no menos revelador. Por primera vez, ha deslizado una crítica —tímida pero significativa— al Gobierno de Netanyahu, al asegurar que los niños palestinos “parecen muy hambrientos” y que Israel debería abordar el conflicto “de manera diferente”. Son palabras que contrastan con su habitual respaldo incondicional al Ejecutivo israelí, y que podrían interpretarse como un leve giro en su retórica. Sin embargo, siguen lejos de una condena clara o de una propuesta concreta para aliviar el sufrimiento de la población civil.

Keir Starmer, en cambio, ha optado por un tono mucho más directo. Ha hablado de “catástrofe humanitaria” sin ambages y ha insistido en la necesidad de un alto el fuego inmediato. La diferencia de enfoques entre ambos líderes es notoria, y aunque Trump ha elogiado públicamente al primer ministro británico, su coincidencia parece más fruto de una cortesía estratégica que de una verdadera sintonía ideológica.

Resulta irónico que, en esta visita privada disfrazada de diplomacia informal, Trump se haya comportado como el anfitrión, a pesar de estar en suelo británico. Recibiendo a Starmer en sus propiedades escocesas, el presidente estadounidense ha querido transmitir la imagen de un líder que dicta las reglas del juego, incluso fuera de casa. Pero lo que subyace bajo esa puesta en escena es una política exterior cada vez más personalista, basada más en impulsos que en principios, más en gestos mediáticos que en resultados efectivos.

Ni en Gaza ni en Ucrania hay señales de que las amenazas de Trump vayan a traducirse en soluciones reales. La política de los plazos y los aranceles difícilmente puede sustituir al compromiso diplomático, la presión multilateral o la negociación seria. Y aunque el presidente de EE UU se esfuerce en proyectar autoridad, lo cierto es que sus palabras parecen tener cada vez menos eco entre los actores clave de ambos conflictos.

Tampoco en el terreno comercial su estilo logra despejar las incógnitas. El Reino Unido sigue lidiando con un esquema arancelario impuesto por EE UU que penaliza sectores clave como el acero o la automoción. Starmer ha viajado con la intención de suavizar esas condiciones, pero la disposición real de Washington a ofrecer concesiones sigue siendo dudosa. A pesar de la aparente buena sintonía entre ambos dirigentes, las diferencias estructurales persisten, y es poco probable que una jornada en los greens escoceses baste para resolverlas.

El encuentro en Escocia ha servido para confirmar lo que muchos ya intuían: Trump sigue creyendo que la política internacional se puede manejar con la lógica del negocio privado, a base de castigos, premios y ultimátums. Pero ni Putin es un proveedor díscolo ni Gaza un problema que se solucione con declaraciones vagas. Mientras tanto, el mundo asiste con inquietud a la forma en que el presidente estadounidense administra —o desordena— los equilibrios globales. @mundiario

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