Portugal ante las urnas: elecciones anticipadas en un país atrapado en el laberinto democrático

Lisboa encara este domingo unos comicios legislativos adelantados que podrían definir, o enquistar aún más, el modelo de gobernabilidad en un país cada vez más fragmentado políticamente.
Pedro Nuno Santos, líder del Partido Socialista y Luís Montenegro, primer ministro de Portugal. / Mundiario
Pedro Nuno Santos, líder del Partido Socialista y Luís Montenegro, primer ministro de Portugal. / Mundiario

Portugal se ha convertido en una anomalía electoral dentro de la Unión Europea. El país que en 2015 sorprendió al mundo con una alianza inédita de izquierdas —la llamada geringonça— celebra este domingo sus quintas elecciones legislativas en menos de una década, las terceras en apenas tres años y medio. En esta ocasión, lo hace inmerso en una especie de marejada institucional: marcada por escándalos de corrupción, el ascenso de la ultraderecha, una gobernabilidad casi imposible y un electorado hastiado. Lejos quedó la imagen de una democracia estable que tanto sedujo a Bruselas.

La situación es sintomática: desde 2019, ningún Ejecutivo portugués ha conseguido agotar su legislatura. El país se ha “italianizado”, como reconocen muchos analistas, y solo Bulgaria, con seis elecciones entre 2021 y 2024, supera su récord de visitas a las urnas. La diferencia es que, mientras Sofía nunca fue un ejemplo de estabilidad, Lisboa sí lo fue. Y su caída en esta dinámica revela algo más profundo: la democracia portuguesa sufre un desgaste sistémico, aunque sus fundamentos económicos sigan sólidos.

En un contexto internacional cargado de tensiones —la guerra en Ucrania, los ecos de Donald Trump y los tambores de aranceles desde Washington—, la campaña electoral portuguesa ha optado por la introspección. El debate entre Luís Montenegro (Alianza Democrática) y Pedro Nuno Santos (Partido Socialista) pasó de puntillas sobre los grandes retos globales. La política lusa parece haber girado sobre sí misma, cautiva de sus propios escándalos domésticos, como la caída del Gobierno anterior por un caso de conflicto de intereses o la investigación sin consecuencias de su predecesor, António Costa.

Esa miopía, sin embargo, no impide que Portugal esté en el ojo del huracán europeo. Lo que ocurra este domingo tendrá implicaciones que trascienden sus fronteras. En juego no solo está la gobernabilidad del país, sino también la normalización de la ultraderecha —encarnada en Chega— y el posible desmantelamiento definitivo del bloque progresista que una vez supo reinventarse frente a la austeridad.

La sombra de Ventura y el voto útil

Chega, liderado por André Ventura, sigue su ascenso sin freno. Las encuestas le otorgan en torno al 17 %, frente al escueto 7 % de hace tres años. El crecimiento del partido ultra portugués —hermano ideológico de Vox— se cimenta en un discurso de mano dura contra la inmigración, pero también en una estrategia hábil: capitalizar el hartazgo ciudadano y presentarse como única alternativa a los partidos tradicionales, señalados por una corrupción transversal.

El problema de Ventura es el cordón sanitario que le rodea. El PSD de Montenegro ha reiterado su rechazo a pactar con Chega, pese a que, sin sus escaños, un Gobierno de derechas es casi imposible. Y eso, paradójicamente, refuerza la idea de Ventura como víctima del sistema, lo que podría llevarle a superar el 20 % en las urnas.

Montenegro, por su parte, ha coqueteado con endurecer su discurso sobre inmigración, en un intento de arañar votos en ese electorado volátil que duda entre la derecha tradicional y la ultraderecha. El giro, sin embargo, parece más oportunista que ideológico. Mientras promete subir pensiones y salarios públicos, recurre también a un discurso que refleja las nuevas tendencias europeas: partidos conservadores que viran para no perder el paso frente a los ultras.

La izquierda fragmentada y el dilema socialista

En la otra orilla, el Partido Socialista no logra sobreponerse a la caída de Costa. Santos, su sucesor, arrastra el estigma del desgaste y una izquierda cada vez más atomizada. El Bloco de Esquerda, Livre y el Partido Comunista no logran articular un frente coherente. Peor aún: se disputan el mismo espacio simbólico que la geringonça dejó vacante tras su disolución.

El PS tiene claro que no alcanza la mayoría solo. Pero a diferencia del pasado, esta vez no hay condiciones para una alianza progresista. La desconfianza mutua, la competencia interna y el recuerdo de las traiciones parlamentarias han convertido cualquier pacto de izquierdas en un castillo de naipes.

Las encuestas apuntan a un empate técnico entre el PSD y el PS. En el mejor de los casos, la derecha podría sumar con los liberales, si Iniciativa Liberal mantiene su 6 % actual. Pero se quedarían lejos de la mayoría absoluta. La izquierda, salvo sorpresa, tampoco tiene capacidad de formar gobierno. Portugal se dirige, de nuevo, a un Parlamento fragmentado y a una aritmética complicada.

El presidente Marcelo Rebelo de Sousa ha advertid deo que no propondrá a nadie como primer ministro sin un apoyo parlamentario claro. Eso abre la puerta a una parálisis política o incluso a nuevas elecciones, el escenario que más teme la ciudadanía. La democracia portuguesa necesita certezas, no otro ciclo de comicios anticipados que profundicen el desencanto. @mundiario

Comentarios