Más allá de la censura: ¿qué impulsa la ola de protestas y violencia en Nepal?

La caída del primer ministro tras las protestas por la prohibición de redes sociales expuso un malestar estructural acumulado durante años en un país marcado por la corrupción y la inestabilidad política.
Parlamento de Nepal incendiado durante las protestas de la Generación Z. / RR.SS
Parlamento de Nepal incendiado durante las protestas de la Generación Z. / RR.SS

El estallido de violencia en Nepal, que hasta el momento ha dejado al menos 22 muertos y cientos de heridos, no se explica únicamente por la prohibición de redes sociales decretada por el Gobierno, la cual fue revertida poco tiempo después. Detrás de las manifestaciones, encabezadas por jóvenes de la llamada generación Z, se encuentra un profundo malestar ciudadano frente a la corrupción, el desempleo y la incapacidad de la clase política para dar estabilidad al país.

El detonante inmediato fue la decisión de bloquear plataformas populares y obligar a las compañías tecnológicas a registrarse bajo un marco de supervisión estatal, denunciado por las organizaciones de derechos humanos como un intento de censura. La medida fue vista como una amenaza directa a la libertad de expresión y, además, puso en riesgo la comunicación de millones de familias que dependen de las remesas enviadas por trabajadores en el extranjero.

A pesar de no haber sido debatida por completo en el Parlamento, el impacto fue tan inmediato que avivó la movilización de un sector juvenil ya harto de los abusos de poder.

La respuesta del Estado fue durísima. Policía y ejército emplearon gases lacrimógenos, cañones de agua y balas reales contra multitudes que escalaron las vallas del Parlamento y prendieron fuego a edificios oficiales, incluidas dependencias del Gobierno y residencias de políticos. Lejos de contener la crisis, la represión avivó la furia. El primer ministro K.P. Sharma Oli terminó presentando su dimisión, aunque para los manifestantes el gesto no fue suficiente y exigieron renuncias en masa.

La revuelta no surgió de la nada. Desde la promulgación de la Constitución de 2015, Nepal ha tenido tres líderes rotando en periodos cortos: Oli, y los maoístas Pushpa Kamal Dahal y Sher Bahadur Deuba. Este vaivén político ha impedido que el país consolide una gobernanza estable. Para los jóvenes, esa alternancia ineficaz es el reflejo de una élite que protege intereses propios mientras ignora las necesidades de la mayoría.

El desempleo es un factor clave. La tasa oficial ronda el 12,6%, pero entre los jóvenes se estima que llegó al 20% en 2024, según el Banco Mundial. Esa cifra esconde una precariedad aún mayor, ya que la mayoría de los nepalíes trabaja en la informalidad, sobre todo en la agricultura. Cada día, más de mil jóvenes abandonan el país en busca de contratos en el Golfo Pérsico o Malasia, mientras miles más migran a la India como mano de obra estacional. En consecuencia, más de una cuarta parte del PIB nacional depende de las remesas que envían desde el extranjero.

El descontento también tiene una dimensión moral. Los manifestantes señalan a los hijos y familiares de líderes políticos como símbolos de privilegio, compartiendo imágenes en redes de sus lujos y estilos de vida ostentosos. Esa percepción de nepotismo y desigualdad alimenta la sensación de que la democracia, conquistada tras la caída de la monarquía, no ha satisfecho las aspiraciones de una sociedad que esperaba más justicia y oportunidades.

La generación Z, protagonista de las protestas, encarna esa brecha con la vieja guardia política. Jóvenes conectados digitalmente, expuestos a narrativas globales y deseosos de cambios rápidos, chocan con estructuras tradicionales marcadas por el clientelismo. El enfrentamiento violento en Katmandú fue, en gran medida, la representación de ese choque generacional.

El ejército, consciente de la gravedad de la crisis, ha oscilado entre advertencias y llamamientos al diálogo. El general Ashok Raj Sigdel advirtió de que las fuerzas de seguridad “están comprometidas a tomar el control” si la violencia continúa, pero al mismo tiempo invitó a los manifestantes a participar en conversaciones. La ambivalencia refleja el dilema de las instituciones: sofocar el desorden sin perder legitimidad frente a una juventud que ya no teme desafiar al poder.

La revuelta en Nepal ha dejado al descubierto que la raíz de la crisis no es la prohibición de redes sociales, sino un cúmulo de frustraciones sociales, económicas y políticas que estallan periódicamente. El relevo de un primer ministro por otro difícilmente apagará esas brasas, mientras la ciudadanía perciba que sus gobernantes rotan sin ofrecer soluciones reales.

En este escenario, la protesta nepalí no solo representa un rechazo a una medida puntual, sino un grito contra un sistema que muchos sienten agotado. La violencia y la represión han visibilizado un conflicto de fondo: la lucha entre una generación que reclama futuro y una clase política que no ha escuchado a sus demandas. @mundiario

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