Macron y Meloni vuelven a frenar el acuerdo UE-Mercosur: el consenso europeo choca otra vez

Francia e Italia, que lideran las reticencias al tratado de libre comercio entre la UE y los países del bloque sudamericano, fuerzan el aplazamiento hasta enero de la firma del pacto impulsado por Alemania y España.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea en Bruselas. /Consejo Europeo
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea en Bruselas. /Consejo Europeo

El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur vuelve a quedarse en la antesala. Tras más de 26 años de negociaciones intermitentes, la esperada firma del tratado se ha pospuesto, al menos, hasta enero. El nuevo aplazamiento responde a una realidad política recurrente en Bruselas: el choque entre la ambición geoeconómica de la UE y las resistencias internas de algunos de sus Estados miembros, encabezadas en esta ocasión por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni.

La presión del presidente francés era un factor asumido desde hace meses. París mantiene una oposición rotunda al acuerdo en su formulación actual por el impacto que tendría sobre su sector agrícola y ganadero, en un contexto de protestas rurales y el desgaste político interno de su figura y el Gobierno del primer ministro Sébastien Lecornu. Más significativa ha sido la evolución de la posición italiana. Meloni, que en el pasado había mantenido un perfil más ambiguo, ha endurecido su discurso en las últimas semanas hasta considerar “prematuro” cerrar ahora el pacto ahora, alegando también la incomodidad política que genera entre los agricultores italianos.

El tratado UE-Mercosur aspira a crear un mercado común de más de 700 millones de personas y a consolidar un flujo comercial estimado en torno a los 22 billones de dólares. Para la Comisión Europea, Alemania y España, el acuerdo es una pieza clave para diversificar socios, reducir dependencias estratégicas y reforzar el papel de la UE en un contexto global cada vez más fragmentado.

La presidente del Ejecutivo, Ursula von der Leyen, ha sido una de las grandes impulsoras del pacto y veía en la firma una oportunidad política relevante en un momento complejo para su liderazgo. Berlín y Madrid comparten ese diagnóstico: abrir el mercado europeo a América del Sur y consolidar reglas comunes de comercio es, para ambos, una inversión estratégica a largo plazo. El aplazamiento, por tanto, supone un revés político de calado para quienes consideran que la UE no puede permitirse más dilaciones.

Macron y Meloni: intereses distintos, resultado similar

Sin embargo, la aritmética europea es implacable. Para que el acuerdo prospere, necesita el respaldo suficiente en el Consejo, y Francia e Italia representan un peso político y demográfico que dificulta cualquier avance sin su visto bueno.

Aunque confluyen en el bloqueo, las motivaciones de París y Roma no son idénticas. Macron reclama salvaguardas adicionales: cláusulas de emergencia, reciprocidad normativa y controles estrictos que garanticen que los productos del Mercosur cumplan los estándares medioambientales y fitosanitarios europeos. Francia argumenta que no se opone al libre comercio, sino a una competencia sudamericana que considera desequilibrada.

Meloni, por su parte, ha insistido en que Italia “no está en contra del acuerdo”, pero necesita tiempo para gestionar las resistencias internas. Según ha explicado el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, la primera ministra italiana se considera capaz de convencer a su sector agrícola, pero pide semanas —o un mes— para hacerlo. Esa petición de tiempo ha bastado para volver a frenar el proceso.

Mercosur, entre la paciencia y el ultimátum

Desde el lado del Mercosur, la frustración es creciente. Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay consideran que han hecho amplias concesiones y advierten de que una nueva dilación podría poner en riesgo definitivo el acuerdo. Lula ha defendido el tratado como una “respuesta de supervivencia” para el multilateralismo y ha subrayado su valor político más allá del intercambio comercial.

El riesgo para la UE es evidente: si el acuerdo se cae tras casi tres décadas de negociación, no solo se perdería una oportunidad económica de gran escala, sino también credibilidad como socio fiable. Varios dirigentes del Mercosur ya han deslizado que, si esta ventana se cierra, difícilmente volverá a abrirse en el corto o medio plazo.

El nuevo aplazamiento del acuerdo UE-Mercosur refleja un dilema estructural de la Unión: cómo conciliar una agenda comercial ambiciosa con las presiones nacionales que emergen en sectores sensibles como la agricultura. La Comisión Europea y los Estados favorables al pacto insisten en que existen mecanismos de protección suficientes. Francia e Italia consideran que esas garantías aún no son políticamente asumibles.

El resultado es un consenso aplazado, una vez más. Enero aparece ahora como la nueva fecha tentativa, aunque sin certezas. Mientras tanto, la UE sigue debatiéndose entre su vocación global y sus límites internos. El acuerdo con Mercosur no está roto, pero cada retraso erosiona su viabilidad y refuerza la percepción de que, en Europa, los grandes proyectos estratégicos siguen dependiendo del pulso entre Bruselas y las capitales. @mundiario

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