Kast asume la presidencia de Chile: entre la promesa de cambio y la incógnita de la moderación
La ceremonia de investidura celebrada en el Congreso Nacional en Valparaíso simbolizó un cambio profundo en el rumbo político del país. José Antonio Kast, abogado de 60 años y líder del movimiento ultraconservador que ha ganado peso en los últimos años, recibió la banda presidencial en un acto que puso fin al mandato del progresista Gabriel Boric. El gesto de incorporar el escudo bordado en la banda presidencial —un detalle institucional que no se utilizaba desde la época del dictador Augusto Pinochet— fue interpretado por algunos observadores como una señal simbólica de la identidad política del nuevo Gobierno.
Durante la ceremonia, Kast optó por “jurar” el cargo en lugar de “prometerlo”, una fórmula que introduce una referencia religiosa explícita al aceptar la responsabilidad “ante Dios”, algo poco habitual en las investiduras presidenciales contemporáneas en Chile. Más allá de ello, el nuevo presidente dejó claro que pretende iniciar su mandato con rapidez. Tras la ceremonia, anunció una agenda inmediata de trabajo y su traslado al Palacio de La Moneda para comenzar el Gobierno que ha descrito como un “Gobierno de emergencia” centrado en seguridad, economía y control migratorio.
Kast llegó al poder tras una victoria contundente en la segunda vuelta presidencial, donde obtuvo cerca del 58 % de los votos frente al 42 % de la candidata comunista Jeannette Jara. El resultado reflejó un cambio en las prioridades del electorado chileno, que en los últimos años ha mostrado creciente preocupación por la seguridad ciudadana, el crecimiento económico y la gestión migratoria. El propio Boric reconoció antes de dejar el cargo que su Gobierno no logró convencer plenamente a la ciudadanía de su capacidad para controlar la delincuencia, pese a haber impulsado numerosas reformas legislativas en materia de seguridad. Ese contexto abrió el espacio político que permitió a Kast construir un discurso centrado en orden público y estabilidad económica.
Aunque Kast es líder del Partido Republicano, una formación fundada por él en 2019, decidió renunciar a su militancia antes de asumir la presidencia. Ese gesto busca proyectar una imagen de unidad dentro del bloque conservador que lo apoyó en la segunda vuelta.
La coalición de derecha tradicional Chile Vamos también ha logrado posicionarse en el Congreso. Parlamentarios de ese bloque fueron elegidos para presidir ambas cámaras legislativas, un movimiento que refuerza la capacidad institucional del nuevo Gobierno especialmente tras sendos pactos con fuerzas de centroizquierda. Por ello, Paulina Núñez de Renovación Nacional (RN) se hizo con la presidencia del Senado y Jorge Alessandri de la Unión Democrática Independiente (UDI) fue elegido para presidir la mesa de la Cámara de Diputados. Sin embargo, el panorama parlamentario sigue siendo complejo. Las derechas no alcanzan la mayoría absoluta, lo que obligará al Ejecutivo a negociar con otras fuerzas políticas para aprobar reformas clave.
La incógnita de la moderación
Uno de los principales interrogantes del nuevo ciclo político es el estilo de gobierno que adoptará Kast. Durante años, su figura ha estado asociada a posiciones conservadoras firmes, incluyendo una visión positiva de ciertos aspectos del legado de Pinochet. Sin embargo, en su discurso de victoria y en los días previos a la investidura, ha insistido en que será “el presidente de todos los chilenos”.
Este equilibrio entre identidad ideológica y pragmatismo político será decisivo para el futuro de su administración. Algunos analistas consideran que un enfoque moderado podría facilitar acuerdos parlamentarios y reducir la polarización. Otros, en cambio, creen que el apoyo electoral que lo llevó al poder está vinculado precisamente a su discurso contundente, lo que podría dificultar un giro hacia posiciones más centristas.
El posicionamiento internacional del nuevo Gobierno también será observado con atención. Kast ha mostrado afinidad con líderes conservadores globales como Donald Trump y mantiene una relación política cercana con el presidente argentino Javier Milei, quien asistió a la ceremonia de investidura y protagonizó uno de los momentos más visibles del evento.
Sin embargo, su llegada al poder también ha generado fricciones diplomáticas. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva canceló su asistencia al cambio de mando después de que se conociera la invitación extendida a Flávio Bolsonaro, hijo de su máximo rival Jair Bolsonaro y actual precandidato a las elecciones presidenciales, y algunas reuniones bilaterales previstas no llegaron a concretarse. Estas señales reflejan que el nuevo Ejecutivo deberá gestionar un equilibrio delicado entre sus alianzas ideológicas y la necesidad de mantener relaciones pragmáticas con los principales actores regionales.
Una oposición que busca reorganizarse
Mientras tanto, la izquierda chilena inicia una etapa de oposición tras cuatro años en el poder. El Partido Socialista, el Frente Amplio y el Partido Comunista han comenzado a debatir cómo articular una estrategia política frente al nuevo Gobierno. El propio Boric ha señalado que, aunque se mantendrá temporalmente alejado del debate político cotidiano, no dudará en defender los logros de su administración si considera que están siendo cuestionados.
La oposición también se enfrenta al desafío de reconectar con sectores sociales que se alejaron del proyecto progresista en los últimos años.
El inicio del Gobierno de Kast representa uno de los momentos políticos más significativos para Chile desde el retorno de la democracia en 1990. La combinación de un programa conservador, un Congreso fragmentado y un contexto internacional complejo convierte este nuevo ciclo político en un experimento de gobernabilidad que será observado con atención dentro y fuera de América Latina.
El interrogante central permanece abierto: si el Ejecutivo más derechista en décadas gobernará desde la confrontación ideológica o desde la moderación pragmática. La respuesta a esa pregunta marcará no solo el rumbo del país durante los próximos cuatro años, sino también el equilibrio político de Chile en el largo plazo. @mundiario




